Dos historias para inspirar (y enmendar) a David Uclés

David Uclés, Guerra Civil, II república
  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

Me he interesado por La península de las casas vacías, de David Uclés (Siruela), atraído por algunas de sus declaraciones públicas. En primer lugar, su voluntad de evitar una visión maniquea de buenos y malos sobre la Guerra Civil, y, en segundo término, su intención de contar la totalidad del conflicto.

Mis expectativas eran elevadas. Tanto como profundas han sido mis decepciones, pues tales propósitos, a mi juicio, son fallidos. Con todo, Uclés tiene madera para llegar a poseer una voz narrativa propia.

No me pareció tan personal, por el contrario, la voz dedicada a los acontecimientos históricos, que viene a hilar un compendio de no pocos tópicos y falsedades sobre los dos bandos de la Guerra Civil.

Con habilidad apunta el autor que no se tome su novela como fuente, sino como ficción histórica. Parece una manera poco sibilina de escurrir el bulto ante quienes señalen sus falsedades históricas.

Podría alabarse la imaginación de Uclés al asegurar, por ejemplo, que Azaña «salvó a los monjes agustinos de su colegio en El Escorial (sic) nada más estallar el conflicto» (página 252). Aunque quizás habría sido más acorde con el realismo mágico que el autor reivindica, imaginar a Azaña poniendo su pecho ante una colmena de fusiles y ametralladoras para defender a los 66 frailes detenidos en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y después asesinados por fuerzas del Gobierno republicano en Paracuellos de Jarama.

En verdad, Azaña no puso el pecho ni movió un dedo por ellos, salvo por el padre Isidoro Martín, su profesor preferido, que pudo salvarse al ser conducido a la frontera francesa por dos agentes de policía, según cuenta Juan Ignacio Luca de Tena en su libro Mis amigos muertos.

Hay una gran distancia entre una falsedad engarzada libérrimamente en una obra literaria y la misma falsedad expuesta por historiadores contra toda exigencia de rigor y veracidad. El dilema se produce cuando la novela replica la falsedad de unos historiadores ya desmentida sobre personas reales, con nombres y apellidos.

Me centraré en la mención al capitán Carlos de Haya, al que la novela señala como el militar que planeó el corte de las comunicaciones de Málaga, afirmando que «gracias a él fue hacedero» el bombardeo sobre la población civil que huía por la carretera de Almería en febrero d 1937 (página 298).

En un artículo en Libertad Digital del 8 de febrero de 2023 demostré que esta falsa imputación contra Haya se debía a un error en la consulta de una documentación del Archivo Histórico del Ejército del Aire por parte de María Isabel Brenes y Andrés Fernández, autores del estudio más completo sobre la Desbandá: 1937. Éxodo Málaga Almería (Aratispi).

El error está relacionado con un informe de Haya donde proponía un bombardeo de precisión en un punto de la carretera de Málaga a Almería para cortarla como vía de comunicación y aprovisionamiento, sin ningún propósito de atacar a civiles indefensos. Ese bombardeo aéreo, tal y como lo planteó Haya un mes antes de la caída de Málaga, nunca se produjo.

Los citados historiadores ven en aquella propuesta de corte «quirúrgico» una operación aérea masiva para hostigar la salida de refugiados de Málaga. Se basan únicamente en que el supuesto destinatario del informe de Haya sería el «Excelentísimo Sr. General del Aire», cuando el objeto de aquella concreta remisión es en realidad otro documento: una queja de servicio presentada por el aviador tres meses antes.

La historia de la familia Haya en aquellos trágicos días es realmente novelesca: la esposa del aviador, Josefina Gálvez, formó parte de la «Desbandá» como prisionera de los frentepopulistas, viajando en el coche del gobernador civil de Málaga, el socialista Luis Arráez. Su encarcelamiento provocó la muerte por hambre de uno de sus gemelos recién nacidos, Aquiles, que no pudo sobrevivir sin la leche materna.

Al llegar a Valencia, milicianos de la FAI pusieron a Josefina Gálvez ante el paredón con otros prisioneros. Se desmayó al sonar las descargas, que no la alcanzaron. Los victimarios la dejaron allí, entre cadáveres, creyéndola muerta. En mayo de 1937 fue canjeada por el periodista Arthur Koestler.

Una vez terminada la guerra, la ya viuda de Haya, agradecida al socialista Luis Arráez por el buen trato dispensado durante su cautiverio, le ayudó para que intentara pasar a Gibraltar. El 19 de diciembre de 1939 le llevó en coche con el chófer de su padre desde Málaga, donde estaba escondido, hasta La Línea de la Concepción.

Arráez fue descubierto en el Campo de Gibraltar cuando Josefina Gálvez y él solicitaban el pasaporte para cruzar la frontera. Arráez llevaba el salvoconducto y la cédula del chófer de los Gálvez, proporcionados por la viuda de Haya. Juzgado en abril de 1940, el fiscal pidió para él tres penas de muerte. Fue fusilado en Alicante tres meses después. Su familia nunca olvidó el gesto de la viuda de Haya.

El noble corazón de Josefina Gálvez no se detuvo ahí. Al acabar la guerra, los franquistas apresaron al teniente Francisco Viñals, el piloto republicano contra el que Haya sostuvo su último combate en Teruel, el 21 de febrero de 1938, un día después de enterrar a su madre en Bilbao.

Ya sin munición, Haya colisionó su caza «Chirri» contra el «Chato» de su adversario, que perseguía a un compañero de su escuadrilla. Viñals pudo hacer un aterrizaje forzoso, pero no Haya, que murió al estrellarse su avión. Su viuda identificó sus restos en julio de 1939.

Caído en desgracia antes de morir por sus críticas al mando, pese a haber sido el piloto personal de Franco y el mejor aviador de su bando, su viuda denunciaría que esperó cuatro años a tener autorización oficial para enterrarle, coincidiendo con la concesión de la Laureada, cuyo expediente se extravió hasta tres veces.

En abril de 1945, los restos de Haya fueron finalmente trasladados a petición de la Benemérita al Santuario de Santa María de la Cabeza, en Andújar (Jaen), a cuyos defensores, guardias civiles, había aprovisionado desde el aire durante el asedio arrojando las cajas de víveres, como recuerda Uclés, atadas a las patas de pavos vivos.

Hasta entonces, según denunció su viuda, los restos de Haya estuvieron olvidados durante años en una covacha que hacía de depósito de cadáveres en La Puebla de Valverde (Teruel), con la bandera rojigualda de percalina que envolvía sus despojos roída por las ratas del río Guadalaviar. Puro realismo mágico, David.

Juzgado en Valencia en octubre de 1939, el teniente Viñals fue acusado del asesinato de Haya. El fiscal pidió la pena de muerte. Se requirió a la viuda del aviador para que testificara. Para sorpresa del tribunal militar, según cuentan los historiadores David Íñiguez y David Gesalí, Josefina Gálvez declaró que su marido no había sido asesinado, sino que pereció en combate aéreo, lo mismo que podría haber muerto Viñals.

Este testimonio salvó la vida de Viñals, que saldría de la cárcel dos años después. A sus 91 años, el viejo piloto republicano pudo expresar entre lágrimas su gratitud por aquel gesto a Mirentxu, la hija del matrimonio Haya, en un encuentro en 2006 al que pertenece la imagen que ilustra este artículo.

Por sectarismo e ignorancia, en los últimos años se ha borrado o manipulado la figura de un gran pionero y genial inventor aeronáutico como fue Carlos de Haya, creador del primer «horizonte artificial» operativo que permitió los vuelos nocturnos, a causa de una breve página de su biografía como fue la Guerra Civil, donde tuvo que elegir bando de acuerdo con sus ideas como tantos españoles, con su familia prisionera del enemigo.

También se ha desdeñado la humanidad de Josefina Gálvez con quienes nunca consideró adversarios sino compatriotas, a pesar de todo. Y, por último, se ha olvidado el sacrificio de sus nietos, los hermanos Héctor y Christian, pilotos de nuestro Ejército del Aire caídos en acto de servicio en 1987 y 1995, respectivamente.

Hoy, en medio de los resonantes triunfos de David Uclés, un acicate para tantos jóvenes que sienten la pasión de escribir, quiero dejar constancia del honor de la familia Haya como acicate también para los que buscan la verdad. Vaya con ello mi abrazo más afectuoso a los hijos del matrimonio, hoy nonagenarios, que siguen felizmente entre nosotros: Mirentxu y Héctor de Haya Gálvez.

Lo último en Opinión

Últimas noticias