La amnistía con la que Sánchez se perdona las urnas

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Ya he contado alguna vez que mi interés por la Guerra Civil española nació de la curiosidad que despertaron en mí los libros que tenía mi padre sobre la materia en su biblioteca. Lo hicieron a edad ciertamente temprana, sobre todo los de fotografías, como aquel inolvidable España en llamas, de Bernardo Gil Mugarza, con una impecable selección de imágenes y de textos escritos mayoritariamente por sus protagonistas o testigos.

En aquellas fotografías me era reconocible el mismo paisaje de nuestras vidas, sobre todo los de Madrid capital o la sierra de Guadarrama, como lo eran aquellos rostros desconocidos de españoles de otra época. Aunque no formaran parte de mi álbum familiar, sabía que sin ellos no iba a ser capaz de entender de manera cabal aquel álbum familiar.

No podía ser de otra manera. Todos los españoles mantenemos una memoria genética, singular, única, de aquel conflicto fratricida. Todas esas memorias forman un inmenso océano de historias inasequibles al maniqueísmo, frente a la pretensión de reducirlas y marcarlas con el timbre burocrático de una «memoria oficial» como ya hizo el franquismo.

Elías Canetti expresó «la aversión que siento ante todos los que se toman la libertad de intervenir quirúrgicamente en los recuerdos, hasta que se parezcan a los recuerdos de los demás». No cabe duda de que los españoles hemos sufrido desde comienzos de siglo una vasta operación política destinada a extirpar quirúrgicamente de nuestras conciencias esos álbumes familiares que se venían todos ellos explicando, completando, conmoviendo y hasta perdonando recíprocamente.

En su lugar se ha tratado de injertarnos un ejemplar del BOE donde se impone la cancelación de aquel marco generoso donde cabían todos los álbumes familiares del pasado, sin culpas ni reproches, sin odios ni venganzas. En ese marco se cimentó un proceso democrático ejemplar, de renuncia recíproca a los maximalismos de cada parte para construir entre todos los nuevos espacios de encuentro. Ese fue el formidable legado que las generaciones pasadas, algunas enfrentadas en las trincheras, dejaron para la paz y la convivencia de las generaciones futuras.

El verdadero trasfondo de la concordia y reconciliación propiciadas en la Transición fue el reconocimiento y la restauración mutuos de la legitimidad, de la derecha hacia la izquierda y de la izquierda hacia la derecha, para ser ambas protagonistas en condiciones de igualdad en la España de la libertad, del pluralismo y de la alternancia democrática.

La trayectoria de colisión con el Estado de derecho que persigue el proyecto de Pedro Sánchez tiene como última finalidad desarticular los mecanismos de la alternancia democrática basada en el reconocimiento recíproco de legitimidad entre las distintas opciones políticas, de derecha a izquierda.

Así, el sanchismo alardea de amnistiar a los golpistas antes que transigir con la presencia en el poder del que ha sido tu par en la construcción de la España democrática. Y esto sustentado en la inmunda premisa de que sus siete escaños le dan a Puigdemont más legitimidad para poner de rodillas el Estado de derecho que sus 137 diputados a Feijóo para reivindicar su triunfo en las urnas del 23J.

El ataque a la división de poderes y la independencia judicial no obedece más que a la voluntad de levantar un muro de impunidad a sus tropelías y las de sus aliados, a las pasadas, pero también a las futuras. No habrá casos de corrupción que desgasten al gobierno porque sencillamente se tratará de desgastar antes las actuaciones judiciales que los persigan, como se hace con los graves delitos perpetrados por los socios de Sánchez en Cataluña.

Las cesiones fiscales pretenden hacer entrar por el aro del socialismo fiscal obligatorio a los ciudadanos del resto de las regiones para que les paguemos la fiesta a los independentistas. No habrá otra política fiscal que la confiscatoria, sin posibilidad de ofrecer a los ciudadanos rebajas de impuestos que crean riqueza y empleo como en Madrid.

Los pactos de Sánchez representan el fin del sistema político que enterró definitivamente las dos Españas. En realidad, no le mueve otra meta que resucitarlas. Al igual que a sus socios independentistas les interesa que haya dos Españas porque es la mejor garantía de que al final no haya ninguna.

La investidura de Sánchez supone de hecho la auténtica vuelta atrás a la España en blanco y negro, sin matices, frente a la España real, vital, creativa, auténticamente diversa y plural. Sánchez pretende arreglar el «problema» de Cataluña convirtiendo a toda España en el «problema». Ya lo ha dicho la presidenta de Junts, Laura Borràs: «El conflicto ha dejado de ser entre catalanes. Ahora el conflicto es entre españoles». Es decir, Borràs admite que los catalanes tienen ahora no uno sino dos «conflictos» gracias a una amnistía que supuestamente pretendía que no tuvieran ninguno.

El proyecto político de Sánchez es una España sometida a la uniformidad política, económica, social, judicial o cultural, salvo en las regiones donde se impongan los proyectos identitarios y excluyentes –también uniformadores, al fin y al cabo– de sus socios.

En la «diversidad» de la que habla Sánchez no cabe nada ni nadie aparte del falaz progresismo de la izquierda redentorista y del rancio tribalismo de los nuevos ultramontanos. Su propósito es darnos el cambiazo de la España constitucional por la puerta de atrás esgrimiendo el condepumpidismo alternativo.

Si Sánchez está seguro de contar con el respaldo de millones de votantes para llevar adelante este proyecto, tiene una oportunidad magnífica: volcar todos los puntos de sus acuerdos de investidura en un programa electoral, al contrario de lo que hizo el 23J, cuando renegó de ellos por inconstitucionales incluso días antes de las elecciones, y presentarse a una nueva cita con las urnas, que es lo que también le ha pedido Javier Sáenz de Cosculluela en su dignísima carta de despedida como militante del partido.

Si no lo hace, quedará definitivamente claro que Sánchez aprobará la ley de amnistía para perdonarse a sí mismo la prueba de someter a las urnas sus enjuagues antidemocráticos.

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