El Carnaval vuelve a recorrer Madrid entre pasacalles y desfiles
En Madrid, el Carnaval no irrumpe de golpe. Se va notando poco a poco. Primero en los escaparates, después en los disfraces que aparecen antes de tiempo y, finalmente, en la calle, cuando la música empieza a ocupar espacios que el resto del año sirven para caminar deprisa. Durante varios días, la ciudad se transforma y cede protagonismo a los pasacalles, los desfiles y las celebraciones populares que marcan esta fiesta.
No es un Carnaval encerrado en recintos. Aquí el centro de todo está al aire libre. Lugares como Madrid Río, el entorno de Matadero Madrid o la Casa de Campo se convierten en puntos de encuentro donde vecinos y visitantes coinciden sin demasiadas reglas, más allá de dejarse llevar por el ambiente.
Un desfile que invita a sumarse sobre la marcha
El arranque del Carnaval llega con el gran desfile. Comparsas, compañías de teatro de calle y músicos avanzan en un pasacalles que no exige seguirlo entero. Hay quien lo espera desde el inicio y quien se lo encuentra a mitad de camino, casi por casualidad. Esa forma abierta de vivir el desfile es parte de su encanto.
Carrozas, personajes imposibles y disfraces llenan el recorrido mientras el público se reparte entre aceras, puentes y explanadas. El pregón, que acompaña a esta jornada, sirve como señal clara de que la fiesta ha comenzado, aunque en realidad muchos ya llevan horas celebrándolo.
Domingo de tradiciones que no desaparecen
El domingo el Carnaval baja un punto el volumen y se acerca más a la tradición. El manteo del pelele sigue siendo uno de los actos más reconocibles. Familias y niños rodean a un muñeco de trapo que vuela de un lado a otro entre risas y música. Es un gesto sencillo, casi ingenuo, pero que se repite año tras año sin perder público.
Ese mismo día, las chirigotas y grupos carnavalescos toman protagonismo. Sus letras, cargadas de humor y crítica, conectan con la esencia del Carnaval como espacio para reírse de lo que normalmente se dice en serio. El público escucha, responde, comenta. No es un espectáculo distante, sino algo que se construye en directo.
Barrios que celebran a su manera
El Carnaval también se desplaza fuera de los grandes recorridos. En distintos distritos, la fiesta adopta un formato más pequeño, más cercano. Pasacalles de barrio, concursos de disfraces y actividades infantiles ocupan plazas y centros culturales, con una participación más vecinal.
En estos espacios, el Carnaval se vive de otra forma. No hay grandes escenarios ni multitudes, pero sí una sensación de comunidad que refuerza el carácter popular de la fiesta. Cada barrio adapta la celebración a su tamaño y a su gente.
El Entierro de la Sardina, entre ironía y despedida
El cierre llega con uno de los actos más singulares del calendario festivo madrileño. El Entierro de la Sardina recorre la ciudad en una procesión que mezcla parodia, tradición y música. El camino termina en la Casa de Campo, donde la quema simbólica pone fin al Carnaval y marca el inicio de un tiempo distinto.
No es un final solemne. El tono sigue siendo festivo, incluso algo burlón. Disfraces, canciones y gestos exagerados acompañan una despedida que, en el fondo, también forma parte de la celebración.
Una ciudad que se permite parar y jugar
Durante el Carnaval, Madrid se permite romper su rutina. La calle deja de ser solo un lugar de paso y se convierte en un espacio para quedarse. Pasacalles y desfiles no solo ofrecen espectáculo, también cambian la forma de moverse por la ciudad durante unos días.
No hace falta disfrazarse para participar. Basta con estar ahí, mirar, escuchar y dejarse llevar por una fiesta que, sin grandes alardes, sigue encontrando su sitio en la vida madrileña.
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