Guerra

El pacto secreto que puso fin a una guerra brutal

Muchas guerras terminan con pactos entre las partes, y en ocasiones con un pacto secreto. Este es el caso que vemos aquí.

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Primera Guerra Mundial
El pacto secreto fin guerra.
Francisco María
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Al abordar la Primera Guerra Mundial, es normal visualizar infinitas trinchera, barro, frío e millones de muertos; fue un conflicto prolongado, agotador y casi imposible de detener para algunos países. Pero hubo instantes irrepetibles en la contienda: la guerra no terminó por la gran ofensiva, ni por la victoria, sino por decisiones que se tomaron en despachos cerrados, alejados de aquel frente, entre los cuales resalta la firma del Tratado de Brest-Litovsk en 1918, un pacto lleno de silencio e inquietud y que remataba la participación de Rusia en la guerra.

El argumento de la firmas del tratado no fue un acuerdo heroico ni un pacto del que alardeaba la gente; al contrario, fue entendido por muchos de aquellos hombres como una humillación.

Aun así, logró algo que parecía impensable: detener una guerra brutal en el frente oriental cuando todo indicaba que la violencia solo podía ir a más.Guerras

Un imperio al borde del colapso

En 1917, Rusia estaba al límite. El Imperio ruso llevaba años soportando derrotas militares, una economía en ruinas y una población cada vez más cansada de sacrificios sin sentido.

Los soldados empezaron a desertar, las ciudades padecían hambre y el sistema de tipo político, sencillamente, no funcionó más. Al frente del nuevo régimen estaba Vladímir Lenin, un líder que entendía muy bien una cosa: si Rusia permanecía en guerra, la revolución no sobreviviría.

Para Lenin la prioridad no era tanto ganar territorio o salvar el orgullo nacional como mantener vivo al nuevo Estado. La guerra había dejado de ser un asunto internacional y se había convertido en un problema interno que amenazaba con acabar con lo que acababa de nacer.

Negociaciones discretas en territorio enemigo

Las conversaciones de paz comenzaron en diciembre de 1917 en Brest-Litovsk, una ciudad controlada por Alemania. El simple hecho de negociar allí ya mostraba la debilidad rusa. No era una mesa entre iguales, sino un diálogo marcado por la urgencia y la presión.

El encargado de liderar las negociaciones fue León Trotski, una de las figuras más carismáticas del nuevo régimen. Trotski intentó jugar una carta arriesgada: alargar las conversaciones todo lo posible. Su esperanza era que, mientras tanto, estallaran revoluciones socialistas en Alemania y Austria-Hungría, lo que cambiaría por completo el equilibrio de poder.

De ahí nacía su famoso principio de «ni guerra ni paz». Era muy bonito en teoría, pero en la práctica sonaba muy bien pero colocaba a Rusia en una situación bastante inaudita, ya que mientras estaban cara a cara en la mesa los ejércitos alemanes estaban listos para avanzar.

La amenaza militar y la imposición forzada

No funcionó la táctica de Trotski. En febrero de 1918 Alemania perdió la paciencia y lanzó una segunda ofensiva por el frente oriental. El resultado fue casi instantáneo: las defensas rusas se vinieron abajo y la tropa alemana avanzaba fácilmente.

Este golpe dejó claro que Rusia no tenía margen para seguir negociando. En reuniones internas, muchas de ellas mantenidas con gran discreción, Lenin defendió aceptar las condiciones alemanas, aunque fueran durísimas. Para él, perder territorios era grave, pero perder el control del país entero habría sido mucho peor.Estrategias de guerra

Por último, el 3 de marzo de 1918 se llevó a cabo la firma del Tratado de Brest-Litovsk. Con este pacto, Rusia oficialmente renunció a su participación en la Primera Guerra Mundial. Una elección que se llevó a cabo bajo una presión muy fuerte, sin festejos y con muchas incertidumbres internas.

Un coste territorial devastador

Las condiciones del tratado fueron especialmente severas, ya que Rusia se vio obligada a renunciar a aproximadamente un tercio de su población y a importantes regiones que poseían una gran importancia para su economía. Territorios como Finlandia, Polonia, Ucrania, Estonia, Letonia y Lituania pasaron a estar en el control de otro país junto con zonas muy extensas de cultivo y de industria.

Más allá de las cifras, el impacto fue psicológico. Para muchos revolucionarios y viejos aliados, el tratado significó una traición a los ideales socialistas y una humillación nacional. No es casual que buena parte del proceso se desarrollara con un gran silencio y que fecundas discusiones internas no se llegaran a hacer públicas de forma inmediata.

El nuevo Estado soviético sobrevivió, sí, pero a costa de una profunda división política y moral.

El fin de una guerra… y el inicio de otra

Desde el punto de vista militar, Brest-Litovsk cumplió su objetivo principal: detener los combates en el frente oriental. Alemania pudo trasladar tropas al frente occidental, lo que influyó en la fase final de la guerra.

Sin embargo, para Rusia la paz exterior no trajo calma. Muy pronto estalló la Guerra Civil Rusa, un conflicto igual de violento que enfrentó al Ejército Rojo con fuerzas contrarrevolucionarias. El país pasó directamente de una guerra internacional a una lucha interna por su propia supervivencia.

En ese sentido, el tratado cerró un capítulo, pero abrió otro aún más complejo.

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