Arqueología

Investigadores españoles analizan ADN medieval en Antequera y descubren algo insólito sobre sus ancestros

ADN, descubrimiento, historia, ciencia
Ilustración realista de ADN antiguo emergiendo de restos óseos medievales.
  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

El ADN es una de las pruebas que, más allá de aportar datos concretos, permite reconstruir la historia familiar de quienes vivieron hace siglos. En este caso, este rastro genético ha servido para analizar dos enterramientos medievales en Antequera, junto al dolmen de Menga.

Según el estudio Genetic and historical perspectives on the early medieval inhumations from the Menga dolmen, Antequera (Spain), liderado por Marina Silva, el análisis ha logrado perfilar la ascendencia de uno de esos individuos y encajarla en la diversidad propia de la sociedad andalusí entre los siglos VIII y XI.

Qué cuenta el ADN medieval de Antequera sobre sus ancestros

Los restos corresponden a dos varones adultos enterrados en el atrio del dolmen, datados por radiocarbono entre los siglos VIII y XI. El desafío estaba en que la conservación era muy mala. El ADN llegó muy degradado y en cantidades mínimas, algo habitual en yacimientos del Mediterráneo.

No obstante, el equipo pudo recuperar un perfil genético útil en uno de ellos (Menga1) gracias a una técnica de enriquecimiento de SNP pensada para muestras en las que apenas queda material aprovechable.

Ese perfil encaja con otros genomas medievales de la Península, pero añade matices claros: además de componentes ibéricos, aparecen aportes vinculados al norte de África y al Levante. En los linajes uniparentales, el cromosoma Y apunta a un linaje frecuente en Europa occidental (R-P312), mientras que la línea materna muestra un haplogrupo (V34a) que también se detecta en poblaciones actuales del norte de África.

El estudio apunta, además, que algunas mutaciones coinciden con las detectadas en un individuo mozabita actual de Argelia. Por otro lado, la segunda muestra (Menga2) se quedó a medias, pues los autores detectaron señales de contaminación y una cobertura demasiado baja como para extraer conclusiones sólidas.

Cómo se rescató información de un ADN casi destruido

Como se ha mencionado anteriormente, uno de los mayores retos con los que se encontraron los investigadores fue la calidad del material genético. La mayor parte de los fragmentos de ADN medía menos de 30 pares de bases y el contenido humano útil quedaba por debajo del 1% en el cribado inicial.

Con ese panorama, el genoma completo no existía, por lo que el equipo recurrió a bibliotecas de ADN de cadena simple y a la captura dirigida de alrededor de 1,2 millones de posiciones del genoma, la conocida «1240k», un método que exprime al máximo lo poco que sobrevive.

A partir de ahí, los análisis sitúan a Menga1 cerca de individuos de época romana tardía y medieval hallados en España e Italia, en una gradación que se acerca a poblaciones norteafricanas.

El resultado no apunta a un linaje «puro» ni a una etiqueta sencilla, sino a una biografía genética propia de Al-Ándalus, marcada por la mezcla y los contactos entre comunidades distintas.

En este caso, esa diversidad aparece ligada a un espacio con una larga carga simbólica, junto a un monumento neolítico que siguió teniendo sentido para las personas que lo frecuentaron muchos siglos después. Todo ello refuerza la idea de continuidad humana en el paisaje de Antequera a lo largo del tiempo.

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