Historia antigua

Giro radical en la historia de la Península Ibérica: un estudio afirma que los romanos no conquistaron Lusitania

Lusitania
Ilustración de soldados romanos conviviendo con indígenas en el valle del Tajo. Foto: ilustración propia.
  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La conquista romana de la Península Ibérica ha sido explicada tradicionalmente como un proceso militar progresivo, sustentado en campañas y derrotas indígenas. Sin embargo, nuevas investigaciones están revisando ese esquema y, en particular, Lusitania se ha convertido en un espacio central para replantear lo que se creía popularmente.

Lejos de una ocupación inmediata y total, distintos indicios apuntan a una dinámica prolongada de contactos, tensiones y pactos. El análisis de fuentes arqueológicas y epigráficas ha permitido reconstruir un panorama más complejo, en el que la presencia romana convivió durante décadas con estructuras políticas y sociales locales.

¿Por qué historiadores afirman que los romanos no conquistaron Lusitania?

El trabajo publicado en la revista Hispania Antiqua y firmado por el investigador Eduardo Sánchez Moreno, de la Universidad Autónoma de Madrid, analiza el periodo comprendido entre el final de la guerra de Viriato, en el 139 a.C., y la conclusión del conflicto sertoriano, en el 72 a.C.

Su propuesta se aleja del esquema clásico de vencedores y vencidos y plantea un modelo de relación más inestable y negociado. La investigación se centra en la cuenca extremeña del río Tajo, una zona situada en los márgenes septentrionales de la antigua Hispania Ulterior.

Según el autor, este espacio no funcionó como una frontera rígida, sino como una tierra media, un concepto tomado del historiador Richard White. En ella coincidieron romanos, itálicos, lusitanos, vetones y otros grupos desplazados, alternando episodios de conflicto con intercambios económicos y acuerdos puntuales.

Este planteamiento cuestiona la idea de una conquista cerrada y definitiva en Lusitania, subrayando la persistencia de autonomías locales bajo supervisión romana y la ausencia de un control territorial absoluto durante décadas.

Una revisión de los estereotipos indígenas que marcaron la historia de Lusitania

Uno de los ejes del estudio es la crítica a la imagen transmitida por las fuentes grecorromanas sobre los pueblos del occidente peninsular. El tópico del supuesto bandolerismo lusitano ha condicionado durante siglos la interpretación histórica, reduciendo a estas comunidades a actores desorganizados y sin capacidad política.

La investigación sostiene que lusitanos y vetones formaban sociedades estructuradas, con asentamientos fortificados como oppida y castros, dirigidas por aristocracias guerreras y con instituciones propias.

Existían asambleas, magistraturas y redes de intercambio a larga distancia que conectaban Lusitania tanto con el Mediterráneo como con el Atlántico.

Desde esta perspectiva, las campañas militares en el valle del Guadalquivir o la alianza con Sertorio no se interpretan como incursiones aisladas, sino como decisiones estratégicas insertas en un marco de conectividad militar y diplomática. La participación indígena aparece así ligada a intereses propios y no como mera reacción a la presión romana.

El papel que tuvo la arqueología frente al silencio de las fuentes

El estudio reconoce las limitaciones de los textos clásicos, escasos y cargados de prejuicios. Autores como Apiano o Plutarco ofrecen relatos fragmentarios que apenas iluminan la realidad cotidiana del territorio. Frente a esa opacidad, la arqueología y la epigrafía se han convertido en herramientas clave para reconstruir el pasado de Lusitania.

El hallazgo más relevante es el Bronce de Alcántara, fechado en el 104 a.C. Este documento recoge la deditio del pueblo de los seanocos ante un gobernador romano y demuestra la existencia de negociaciones formales.

En el acuerdo se establecía la entrega de prisioneros y caballos, pero también la restitución de tierras, leyes y edificios, siempre bajo la autoridad de Roma. Se trata de un sometimiento pactado, reversible y con amplios márgenes de autonomía.

A ello se suma la identificación de campamentos, fortines y materiales itálicos dispersos por el territorio, lo que apunta a una presencia militar orientada tanto al control como a la vigilancia, más que a la ocupación masiva.

La importancia del yacimiento de Villasviejas del Tamuja para el hallazgo

El yacimiento de Villasviejas del Tamuja, en Cáceres, ocupa un lugar central en el estudio. Identificado con la ceca de Tamusia, muestra una ocupación prolongada que se intensifica entre finales del siglo II y comienzos del I a.C. En ese periodo se refuerzan las defensas y se documenta una notable diversidad material.

La necrópolis de El Romazal I ofrece ajuares con armas de tradición celta junto a objetos de prestigio itálico-romanos, como arreos de caballo y utensilios de baño. Esta combinación sugiere la coexistencia de población local con contingentes foráneos, posiblemente tropas auxiliares integradas en el asentamiento.

Otros indicios refuerzan esta lectura: grafitos con escritura mixta, monedas bilingües y posibles pactos de hospitalidad. Todo ello refleja un espacio híbrido, donde identidades y lealtades se negociaban de forma constante.

En este contexto, Lusitania aparece como un territorio compartido, marcado por la presión militar romana, pero también por la capacidad de decisión de las comunidades locales.

El estudio concluye que entre el 139 y el 72 a.C. no hubo una conquista romana lineal en Lusitania, sino un proceso prolongado de interacción, pactos y reajustes. Esta reinterpretación propone abandonar la idea de una ocupación inmediata y asumir un escenario que fue mucho más complejo.

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