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Lilian y David, matrimonio y dueños del restaurante con el mejor cachopo de Madrid: «Aquí no existe marido y mujer»

Matrimonio, restaurante
David Fernández y Lilian Domínguez, en el interior del Mesón La Alhambra Sidrería.
  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Muchas veces, la idea de abrir un negocio en familia genera más dudas que certezas. Verse todo el día, dentro y fuera del local, tomar decisiones rápidas, convivir con roces y con cansancio constante puede convertirse en un reto. Y, según la familia, ese camino puede acabar funcionando o transformarse en una auténtica pesadilla.

La restauración familiar es, quizá, el ejemplo más repetido. El padre en la barra, la madre en la cocina, los hijos en la sala. Una escena reconocible en muchos pueblos y barrios. Funciona cuando hay orden, límites y una idea clara de hasta dónde llega cada uno. Cuando no, el conflicto se vuelve parte de la rutina.

En Valdemorillo, un matrimonio ha encontrado una fórmula sencilla y eficaz. Son los dueños del restaurante con el mejor cachopo de Madrid y lo tienen claro desde el primer minuto de servicio: «Aquí no existe marido y mujer».

Este es el secreto del matrimonio que está detrás del restaurante con el mejor cachopo de Madrid

David Fernández y Lilian Domínguez están al frente del Mesón La Alhambra Sidrería, en la Plaza Doña Ana de Palacio. El local abrió sus puertas en el año 2000 y, con el paso del tiempo, se ha ganado una fama que va más allá del municipio gracias a su cachopo, uno de los más buscados de la Comunidad.

La división del trabajo es clara. David se mueve por la sala, atiende mesas, charla con los clientes y controla el ritmo del servicio. Lilian manda en la cocina. Lleva 13 años entre fogones, los mismos que lleva junto a su marido, aunque el restaurante abrió sus puertas mucho antes. Parte de lo que sabe lo aprendió de su suegra, con raíces asturianas, que le enseñó recetas, técnicas y oficio.

Este matrimonio tiene una norma. En el restaurante trabajan como compañeros, sin roles personales, y los problemas del local no salen de la puerta, según explican a okdiairo. «Cada uno lleva su parte y, si algo sale mal, lo hablamos y buscamos cómo mejorar», señalan.

«Si existiera marido y mujer, pelearíamos cada día», asegura Lilian. Dentro del restaurante funcionan como un equipo profesional, sin mezclar lo personal con el servicio. Esa separación, reconocen, no siempre resulta fácil, pero la consideran imprescindible para que el negocio siga funcionando.

La norma es sencilla: «Cuando salgamos de aquí, se acabó. No llevamos el restaurante a casa». Una manera de proteger la convivencia tras jornadas largas y de evitar que los problemas del local se cuelen en la vida familiar.

El equilibrio se sostiene, sobre todo, en la relación que mantienen fuera del trabajo. «Estar juntos casi 24 horas sólo funciona si nos llevamos bien», reconocen.

Al preguntarles qué es lo que más les gusta de trabajar juntos, Lilian habla de la base de todo. «Lo más bonito de trabajar es el amor. Si no hay amor, no existe trabajo». David, por su parte, apunta a la convivencia constante: «Estar casi 24 horas juntos». Ella sonríe y lo remata: «Si no existe amor no se puede trabajar».

El consejo de este matrimonio para quienes quieren emprender juntos

Cuando se les pregunta qué consejo le darían a una pareja que quiere emprender junta, David apunta a la necesidad de ser aventurero y asumir riesgos.

Lilian añade matices desde su experiencia. «Hace falta dedicación, motivación y muchísimo amor», explica a okdiario. También advierte que montar un restaurante no es tan simple como comprar y vender. Hay un proceso, aprendizaje y decisiones que pesan. Por eso, quien empiece debe hacerlo con ilusión, pero con los pies en el suelo.

Aun así, no cierran la puerta a nadie. Si alguien quiere intentarlo, que lo haga sabiendo dónde se mete. El trabajo es duro, las horas se alargan y la vida familiar se resiente. Aun con todo, cuando un cliente se va contento y promete volver, compensa.

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