40 Aniversario del 23-F

23-F: la noche que el Rey salvó la democracia con el cortocircuito de Sabino a Armada

Los dos quisieron salvar al Rey, pero sólo uno lo hizo apostando por el respeto inquebrantable a la Constitución

Armada acabó condenado a 30 años de cárcel; Fernández Campo recibió del Rey el título de conde de Latores con Grandeza de España

23-F
Juan Carlos I, Alfonso Armada y Sabino Fernández Campo

Hace 40 años, tal día como hoy, un 23 de febrero, los tanques llegaron a la Zarzuela y el entonces Rey de España, Juan Carlos I, los recibía con el alivio de la liberación: “¡Menos mal que habéis llegado, Sabino me tenía secuestrado!”. La historia real del 23-F no guarda ningún parecido, pero es así como alguna vez se presentó en forma de pesadilla a Sabino Fernández Campo (1918-2009), según relata el periodista Manuel Soriano en Sabino, la sombra del Rey (Temas de Hoy, 2008), una biografía del secretario general de la Casa de Su Majestad el Rey durante aquellos acontecimientos.

La noche del 23-F fue un combate entre dos consejeros y amigos del monarca. A un lado, el preceptor y primer secretario general del Rey, Alfonso Armada (1920-2013), y sus más de veinte años de amistad con Juan Carlos I. Enfrente, Sabino Fernández Campo, quien le había sucedido en el cargo en 1977 y sería después Jefe de la Casa del Rey. Dos hombres separados por una visión opuesta de cómo debían gestionarse las turbulencias en aquella España de democracia recién estrenada, pero sumida en una importante crisis política y social.

18:23 horas del 23 de febrero de 1981. Un pelotón de guardias civiles, con el teniente coronel Antonio Tejero al mando, irrumpe en el Congreso de los Diputados mientras se vota la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Adolfo Suárez, uno de los pilotos de la Transición, había dimitido días antes como presidente del Gobierno. En el Palacio de la Zarzuela, el Rey se dispone a jugar un partido de squash.

«Ni está, ni se le espera». La respuesta de Sabino al general Juste fue el primer cortocircuito del consejero del Rey a las pretensiones de Armada

Si lo que estaba en marcha era una sublevación militar, primordial era conocer el ambiente en la División Acorazada Brunete, acuartelada en una de las entradas a Madrid. Sabino, militar de profesión, telefonea al jefe de la División, el general José Juste Fernández. Queda desconcertado cuando, tras un breve diálogo sobre la situación, Juste le pregunta: “Y ahí, en la Zarzuela, ¿qué vais a hacer?”.

El diálogo posterior entre Juste y Fernández Campo deja una de las frases que pasaron a la historia de aquella tarde-noche del 23-F.

¿Está Alfonso Armada ahí, en la Zarzuela?
– No, aquí no está.
¿Pero le estáis esperando?
– No, ni está ni le esperamos.
Ah, eso cambia la situación.

Según Manuel Soriano, “Sabino no era consciente de la trascendencia de su respuesta”, pero había dado el primer golpe para detener la sublevación. Son las 18:45 horas de la tarde.

Mientras, en su despacho, el Rey habla por teléfono con el teniente general José Gabeiras, jefe del Estado Mayor de Tierra, que tenía a su número dos, Alfonso Armada, al lado. Gabeiras pone a Armada al aparato y el Rey pide información de lo que está pasando al que había sido desde 1959 su amigo, preceptor y jefe de la Casa de Su Majestad. Está Armada ofreciéndose a informar al monarca en persona desplazándose a la Zarzuela cuando entra Fernández Campo acelerado y pide al Rey, con gestos ostensibles, que deje un momento de hablar y le escuche. Le informa y le deja un consejo: “Tened mucho cuidado porque el general Juste acaba de decirme que en la División Acorazada hablan del general Armada como jefe de todo esto y creen que van a venir aquí. No sería aconsejable que viniera bajo esa confusión”.

Es la segunda ocasión de la tarde en la que Fernández Campo cortocircuita la intentona golpista de involucrar al Rey. Armada está en boca de todos. Hasta Jaime Milans del Bosch le pedirá al Rey, ya de madrugada, que hable con su preceptor antes de retirar los tanques de Valencia.

A las nueve de la noche, Fernández Campo mantiene una amplia conversación telefónica con quien le había precedido en el cargo, que era además quien le había propuesto. Tras un análisis catastrofista de la situación por la que atravesaba España, Armada acaba revelando su plan: presentarse en el Congreso en nombre del Rey para negociar con Tejero, liberar al Gobierno y a los diputados y formar un Gobierno de concentración con representantes de todos los partidos y un presidente independiente, cargo que él se ofrecía a ocupar, naturalmente como un sacrificio más en su hoja de servicios a España.

Armada reveló el plan a Sabino: ir al Congreso para negociar un Gobierno de concentración con un presidente independiente, cargo que él se ofrecía a ocupar

El Rey presencia la conversación. Sabino deja las cosas claras a Armada: cualquier iniciativa sería exclusivamente a título personal y le advierte de que no utilice el nombre del Rey para nada. Pese a todo, Armada decide desplazarse al Congreso. Son las 23:45 horas de la noche y Gabeiras, según testigos presenciales, despide a su subordinado cuadrándose ante él con un: “A sus órdenes, presidente”.

Quince minutos antes, un equipo de TVE había llegado a la Zarzuela para grabar el mensaje del Rey. Hacen dos copias para evitar que los golpistas puedan interceptar el mensaje en el regreso a Prado del Rey. Toda España lleva conteniendo la respiración con la oreja pegada al transistor desde los disparos de Tejero hasta que, a las 01:12 horas de la madrugada, Juan Carlos I, con uniforme de capitán general, pone fin a la pesadilla: “La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la Patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretenden interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum”.

La placenta del 23-F

La democracia estaba a salvo y el Rey salía indemne de una tóxica intimidad con Armada que mantuvo hasta las vísperas del 23-F. El ex secretario general de la Casa de Su Majestad formaba parte de lo que Javier Cercas denominó en Anatomía de un instante (Mondadori, 2009) como “la placenta del golpe”: el clima propicio que se había creado para poner fin a Suárez, contra el que todos conspiraban. “Tengo el apoyo de los socialistas”, le llegó a confesar Armada a Sabino, según cuenta Soriano en su libro.

Pese a que llevaba años fuera del servicio al Rey, Armada mantenía una relación estrecha con el monarca. En octubre de 1980 Armada había enviado a Sabino un documento secreto para que lo conociera el Rey con una fórmula para deshacerse de Suárez: una moción de censura con un candidato independiente, civil o militar. En enero de 1981, Armada y el Rey se vieron dos veces en Baqueira, donde según la versión de algunos golpistas el monarca le habría confesado estar harto de Suárez.

Con todo, la cita más importante tuvo lugar apenas diez días antes del 23-F. Armada había tomado posesión como número dos del Ejército de Tierra el 12 de febrero y el Rey le citó para una reunión en la Zarzuela el 13, con la oposición de Fernández Campo, que tuvo que modificar la agenda del monarca para hacerle hueco. Se desconoce de qué hablaron. Ninguno de los dos nunca ha revelado detalle alguno sobre aquel encuentro. Juan Carlos I denegó el permiso a Armada de darla a conocer como prueba que le favoreciera en el juicio.

El 23-F pasó a la historia como el día en el que Juan Carlos I se ganó el trono por su defensa de la democracia. Pero aquel día fue también el de la victoria del consejero que se mantuvo fiel a la Constitución frente al que defendía dar un golpe de timón sin respeto a las reglas constitucionales. “Los dos quisieron salvar al Rey -escribe Soriano- pero uno lo hizo apostando por la democracia ratificada en referéndum y el otro por una jefatura del Estado que decidiera gobiernos al margen de la soberanía popular”.

Armada acabó en la cárcel, condenado a 30 años. Sabino recibió del Rey el título de conde de Latores, con Grandeza de España, “por su larga y brillante trayectoria de servicios destacados, militares y civiles al Estado”.

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