Jubilación

La psicología dice que las mujeres de 65 años que dejan de coger el teléfono a familiares no lo hacen por rencor ni enfado: practican la «selección socioemocional»

Mujer, psicología, familia
Recreación de una mujer mayor disfrutando de un momento de tranquilidad en casa.
  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Cuando se trata del contacto con la familia, lo que muchos dan por hecho es que menos llamadas significa menos cariño, y se puede caer fácilmente en el reproche o el malentendido. Pero esa lectura, casi siempre, se queda corta.

Dentro de esto, se puede encontrar una explicación mucho más profunda y humana: no se trata de rencor ni de enfado, sino de un mecanismo psicológico llamado «selección socioemocional», que aparece con fuerza a partir de los 65 años.

Qué es la selección socioemocional

Ese comportamiento responde a la Teoría de la Selectividad Socioemocional (TSS), desarrollada por la psicóloga de la Universidad de Stanford Laura Carstensen. El fenómeno no refleja enojo, se trata de una reorganización de prioridades motivacionales impulsada por la percepción del tiempo.

A partir de los 60 o 65 años, la psicología documenta cambios específicos en la gestión del tiempo y los vínculos. El horizonte temporal se percibe más limitado, y al notar que el futuro es más corto, las personas dejan de priorizar metas de largo plazo, como acumular contactos o tolerar interacciones superficiales. Se produce también una maximización del bienestar, ignorando activamente las conversaciones que generan conflicto, quejas recurrentes o demandas innecesarias de energía.

Estudios recientes indican además que los adultos mayores experimentan soledad aguda justo en la hora posterior a colgar una llamada, y para evitar ese contraste emocional abrupto con el silencio de su hogar, prefieren espaciar los contactos. Entre los 55 y 65 años se desarrolla, además, una alta tolerancia al silencio autónomo, y ya no existe la necesidad social de llenar cada vacío con explicaciones o charlas triviales.

La teoría de Laura Carstensen divide los objetivos humanos en dos grandes categorías. En la juventud, con un horizonte amplio, las metas orientadas al conocimiento tienen alta prioridad, buscando información, nuevas conexiones y redes amplias para el futuro, mientras que las orientadas a la emoción tienen baja prioridad, tolerando interacciones incómodas si abren puertas laborales o sociales.

En la madurez, con un horizonte más acotado, esto se invierte: las metas de conocimiento pasan a un segundo plano, descartando lo que no aporta utilidad o significado inmediato, mientras que las metas emocionales ganan protagonismo, buscando optimizar el estado de ánimo, la paz mental y los lazos seguros.

Cuando una mujer de esta edad restringe el uso del teléfono con ciertos familiares, no busca castigar. Practica una regulación emocional preventiva, y elige invertir su energía disponible únicamente en interacciones que le garanticen reciprocidad, afecto real y tranquilidad inmediata.

Por qué la psicología recomienda aplicar esto conscientemente

La selección socioemocional no es un proceso que se planifique con un manual. Ocurre de forma orgánica y subconsciente a medida que envejecemos. Sin embargo, si se desea aplicar de manera consciente para proteger la paz mental y regular las emociones, existen acciones prácticas concretas.

Un primer paso es filtrar los círculos sociales: evaluar qué personas dejan agotado mentalmente después de hablar con ellas, reducir la red periférica alejándose de conocidos superficiales o lazos que solo se mantienen por costumbre, y priorizar la calidad, enfocando toda la energía disponible en un grupo muy pequeño de personas que brinden afecto seguro y apoyo real.

Gestionar la disponibilidad también resulta fundamental: silenciar el teléfono y no responder llamadas ni mensajes de inmediato si no se tienen ganas o si se sabe que la conversación será conflictiva, eliminar la obligación de dar largas justificaciones sobre por qué no se estuvo disponible, y evitar interacciones vacías, como la charla trivial o los grupos de mensajería que solo comparten quejas o negatividad.

Por último, ayuda cambiar el enfoque del tiempo: vivir en el presente en lugar de hacer planes a largo plazo con personas nuevas, invirtiendo ese tiempo en disfrutar el aquí y el ahora con quienes ya se quiere, y aprender a ver la soledad elegida como un refugio de bienestar, en lugar de un vacío que hay que llenar con ruido social.

Cómo aplicar estos límites con familiares sin generar conflictos

Aplicar la selección socioemocional con familiares cercanos requiere una estrategia que combine firmeza y amabilidad. El objetivo no es romper la relación, sino regular la frecuencia y el tipo de interacción para proteger la energía propia, reduciendo al mínimo el dramatismo familiar.

Una primera estrategia es establecer «ventanas de disponibilidad», eligiendo un día y una hora específica de la semana para hablar con ese familiar, en lugar de dejar de responder para siempre. Una frase útil sería: «Hola, ahora mismo no puedo hablar, pero te llamo con calma el domingo y nos ponemos al día». Esto educa al familiar sobre cuándo hay disponibilidad real, eliminando la ansiedad de la respuesta inmediata.

Otra opción es cambiar las llamadas por mensajes escritos, ya que el teléfono en tiempo real exige demasiada energía inmediata y expone a reproches directos. Cuando llamen, se puede esperar un par de horas y responder con un mensaje corto y afectuoso, como: «Vi tu llamada, no te preocupes que todo está bien por aquí. Hoy ando sin mucho ánimo de hablar, pero te mando un abrazo fuerte». Así se demuestra que no hay rencor, pero se mantiene el espacio propio protegido.

También ayuda utilizar la técnica del «ancla de tiempo»: si se decide aceptar una llamada o visita, conviene poner una hora de finalización antes de empezar, avisando de un compromiso inmediato apenas comience la interacción, con una frase como: «Qué bueno escucharte, tengo exactamente 15 minutos porque tengo que salir a caminar, cuéntame cómo estás». Esto da el control para despedirse sin que parezca un desplante repentino.

Por último, conviene desviar los temas conflictivos, actuando como un cortafuegos: si la conversación se desvía hacia quejas, chismes o reclamos que agotan la paz, se puede redirigir con amabilidad pero de forma tajante, sin alimentar el drama ni intentar debatir, por ejemplo diciendo: «Entiendo que te moleste esa situación, pero prefiero que hablemos de cosas más alegres hoy. ¿Cómo va tu jardín?». Esto establece un límite invisible sobre lo que se está dispuesto a tolerar en el propio espacio mental.

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