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Científicos que cartografiaban un naufragio encontraron 300 agujeros de hasta 8 metros en un radio de 100 metros: ahora creen que fueron excavados por peces

Naufragio y agujeros
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
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Un equipo de investigadores estaba cartografiando los restos del Althea II, un naufragio situado a unos 40 metros de profundidad cerca de Bundaberg, cuando encontraron unas 300 depresiones de aproximadamente ocho metros de diámetro y dos metros de profundidad en el fondo marino. Lara Picton, estudiante destacada de Geología en la Universidad Tecnológica de Queensland, explicó que los agujeros se distribuían hasta unos 100 metros del pecio en todas las direcciones.

Su forma prácticamente circular contrastaba con la superficie relativamente plana del lecho marino, haciendo que las depresiones fueran muy fáciles de identificar. Además, las imágenes obtenidas mediante una cámara sumergida desde el buque mostraron una gran presencia de vida marina. Este hallazgo reforzó la hipótesis de que los animales podrían haber desempeñado un papel importante en la formación de estas estructuras.

Un anillo alrededor de Althea II

El origen de las cavidades está relacionado con la bioturbación, un proceso mediante el cual los organismos marinos remueven y redistribuyen los sedimentos del fondo. Peces y crustáceos modifican el lecho marino mientras buscan alimento, excavan madrigueras o construyen refugios donde descansar. Estas actividades, que forman parte de su comportamiento habitual, terminan transformando el entorno en el que viven.

Maddison Cross, doctoranda en Biología Marina en la Universidad de Sunshine Coast, explicó en el informe de CSIRO que los organismos responsables se comportan como «ingenieros de ecosistemas», capaces de modificar considerablemente la forma del fondo oceánico. Las imágenes captadas por las cámaras submarinas respaldan esta posibilidad, aunque todavía no permiten establecer con certeza cómo se originó cada una de las depresiones.

Durante las observaciones, Cross detectó en varias ocasiones ejemplares de perca de roca de manchas doradas utilizando algunos de estos agujeros. A partir de estas observaciones, el equipo de investigadores plantea la posibilidad de que los grandes peces depredadores podrían excavar o modificar las depresiones para utilizarlas como escondites y puntos desde los que sorprender a sus presas.

Esta hipótesis encaja con la alimentación de la perca de roca de manchas doradas, que, según la información de Fishes of Australia, consume principalmente pequeños cangrejos y peces. Sin embargo, los investigadores todavía deben determinar si estos animales son los responsables directos de la formación de los agujeros o si simplemente aprovechan unas estructuras que ya existían. También queda por explicar por qué todas las depresiones tienen un tamaño similar.

Los hallazgos se documentaron durante una expedición realizada en septiembre de 2026 a bordo del Investigator, un buque de investigación operado por CSIRO, la agencia científica nacional australiana. En el viaje, que cubrió la ruta desde Brisbane hasta Fiyi, participaron 20 estudiantes universitarios australianos del programa de formación CAPSTAN. Durante la travesía, los jóvenes participaron en estudios de naufragios que combinaban la biología marina con la investigación de la historia marítima.

Resuelto un misterio de hace 74 años

Ben Arthur, jefe de la expedición de CSIRO, recuerda otro caso en el que las características del fondo marino ayudaron a localizar un barco desaparecido. Se trata del SS Macumba, un buque mercante hundido por aviones japoneses frente a la costa norte de Australia el 6 de agosto de 1943. Su ubicación permaneció desconocida durante 74 años, hasta que una expedición logró encontrarlo en 2017.

Finalmente, un biólogo detectó unas depresiones circulares cerca del límite de la zona estudiada. La posibilidad de que aquellas marcas estuvieran relacionadas con una estructura sumergida llevó a un técnico especializado en acústica a solicitar una maniobra más amplia. El Investigator cambió entonces su recorrido y pasó sobre los restos del naufragio.

Esto puso de manifiesto que las señales biológicas y las alteraciones del sedimento pueden aportar información útil para localizar estructuras que no son fáciles de identificar mediante otros métodos. En lugar de limitarse a buscar directamente el barco, los investigadores pudieron utilizar las características de su entorno como una pista adicional.

«En agosto de 1943, Japón avanzaba implacablemente en el Pacífico. Un año antes, se había producido el primer ataque en suelo australiano. La población vivía con miedo constante, y con razón. El 6 de agosto de 1943, dos aviones japoneses abrieron fuego contra el buque mercante de acero SS Macumba, de 2500 toneladas , y su escolta, el HMAS Cootamundra . A pesar del fuego antiaéreo de ambos buques, la sala de máquinas del Macumba fue alcanzada.

Tres tripulantes murieron en el ataque. El cuerpo del ingeniero jefe, William Alfred Lane, nunca fue recuperado. Los supervivientes fueron rescatados y el Macumba quedó hundido. Si bien se conocía la ubicación del ataque, ninguna búsqueda anterior había logrado encontrar los restos del naufragio. Hasta ahora. Setenta y cuatro años después, intrépidos investigadores han resuelto este misterio marítimo», explica CSIRO.

Finalmente, cabe señalar que los estudios del fondo marino pueden ayudar a los especialistas en patrimonio marítimo a evaluar el estado de conservación de los barcos hundidos y detectar posibles riesgos medioambientales, como fugas de combustible. De este modo, las alteraciones del lecho marino podrían aportar información útil tanto para localizar naufragios desconocidos como para conocer mejor su estado y sus posibles efectos sobre el ecosistema.

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