A trabajar con el bastón
En esta tierra nuestra donde el sol parece un funcionario fijo y el mar ejerce de notario perpetuo de la belleza, hemos confundido durante demasiado tiempo el bienestar con la hamaca. Baleares vive de cara al turismo, sí, pero también vive, o debería vivir, de espaldas a la resignación. Porque hay algo profundamente desmoralizador en esa idea de que somos un decorado caro al servicio de otros, una postal con camareros agotados y jóvenes condenados a compartir piso hasta los cuarenta.
A trabajar con el bastón no es una metáfora geriátrica ni una ocurrencia castiza. Es una actitud. Es levantarse incluso cuando el cuerpo duele y la administración pesa como una losa húmeda. La posición de Vox, tan denostada en los salones donde se bebe kombucha importada, lo que propone no es otra cosa que recuperar el pulso de la responsabilidad individual y colectiva. Y en Baleares eso significa algo muy concreto: menos tutelas ideológicas y más dignidad productiva.
Aquí hemos aceptado con naturalidad que la temporada alta decida nuestro calendario emocional. Si hay reservas, sonreímos; si no, suspiramos. Pero una sociedad no puede vivir permanentemente en modo oferta especial. Necesitamos diversificar, fortalecer el tejido empresarial local, proteger al pequeño comerciante que ve cómo las grandes cadenas, tan globales como impersonales, se llevan el beneficio mientras el trabajador se queda con el recibo de la luz.
Trabajar con el bastón es también defender que el esfuerzo tenga recompensa. Que quien madruga para abrir su bar en Inca o su taller en Manacor no se sienta sospechoso de prosperar. Que la administración no sea ese primo lejano que siempre aparece para pedir, pero nunca para ayudar. En Baleares, la presión fiscal y la burocracia han acabado por convertir la iniciativa en una carrera de obstáculos. Y luego nos preguntamos por qué nuestros jóvenes se marchan a la península o a Alemania.
En Vox insistimos, con una mezcla de terquedad y convicción, en la necesidad de recentrar prioridades: seguridad jurídica, apoyo a la familia, defensa de nuestras tradiciones y control de una inmigración que, sin orden ni planificación, tensiona servicios públicos ya saturados. Decir esto en voz alta provoca miradas escandalizadas, como si uno hubiera criticado la sobrasada en una comida popular. Pero el debate no debería dar miedo. Lo que da miedo es el silencio complaciente.
Baleares no puede permitirse ser únicamente un parque temático con acento mallorquín. Somos historia, somos cultura propia, somos lengua y también somos España. Esa doble pertenencia no debería vivirse como una contradicción sino como una riqueza. Trabajar con el bastón implica sostener esa identidad sin complejos, sin pedir perdón por existir ni por querer prosperar dentro de un marco común.
Hay quien caricaturiza estas posiciones como nostalgia en blanco y negro. Sin embargo, lo verdaderamente antiguo es perpetuar un modelo donde la política se limita a gestionar inercias. Moderno es exigir eficacia. Moderno es pedir que el dinero público se invierta con rigor. Moderno es entender que la solidaridad no está reñida con el orden.
Quizá la imagen del bastón incomode porque recuerda la fragilidad. Pero también es símbolo de apoyo, de resistencia, de continuidad. Baleares necesita apoyarse en sus propias fuerzas para no depender eternamente de subvenciones, modas turísticas o discursos bienintencionados que no pagan facturas.
A trabajar con el bastón, pues. Con dignidad, con disciplina y con una idea clara: esta tierra no es un decorado, es un hogar. Y los hogares se sostienen trabajando, no esperando a que otros decidan por nosotros.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca