Un tsunami silencioso llamado Vox

Vox-Abascal
Santiago Abascal en un acto de campaña (Foto: EFE).

La espiral del silencio, teoría alumbrada por la politóloga y socióloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann, ha muerto. Internet en general y las redes sociales en particular han hecho trizas la teoría que predominó la política moderna: ésa que sostenía que las masas tienden a ponerse de lado de la corriente de opinión mayoritaria por miedo al aislamiento. ¿Por qué en España ha habido más gobiernos de izquierda que de derecha en 42 años de democracia? Pues lisa y llanamente porque la mayor parte de los medios de comunicación está en manos de izquierdosos militantes que son los que generan la opinión publicada que a su vez es la que fragua la opinión pública. El buenismo, la corrección política y el pensamiento único eran hasta ahora instrumentos infalibles para domesticar a la ciudadanía. Consecuencia: el PSOE ha gobernado casi 25 de estos 42 años de bendita libertad.

Google, Facebook, Twitter, Instagram y el sinfín de redes sociales que navegan por la red acabaron con los consensos básicos, marcados por ese miedo cerval a apartarte del rebaño. El núcleo duro, que es como Noelle-Neumann definía a quienes se negaban a ser sociológicamente ovejas y decían “no” al consenso mayoritario, es cada vez mayor. La imprevista e imprevisible elección de Trump en Estados Unidos, la alucinante irrupción de un Bolsonaro que ha pasado de ser un apestado a convertirse en presidente de Brasil, el locoide fenómeno Salvini en Italia o el “sí” al Brexit en Reino Unido constituyen fenómenos impensables e imposibles hace no tanto.

Vox también ha destrozado la espiral del silencio a la que le sometió durante cuatro años el Partido Popular de Soraya, temeroso de que le robase votos por el ala derecha. Moncloa llamaba compulsivamente a periódicos, radios y televisiones para que se hiciera luz de gas con Abascal, Ortega Smith, la gran Rocío Monasterio y el resto de la jerarquía verde que hasta hace bien poco cabía enterita en un Smart. Sobra decir que OKDIARIO siempre dijo “no” porque aquí no se veta a nadie.

Pero las brutales subidas de impuestos decretadas por ese vampiro llamado Cristóbal Montoro, que fue más allá incluso de lo que recogía el programa de IU en 2011, y sobre todo y por encima de todo la puesta en libertad del hijo de Satanás (Bolinaga) que tuvo encerrado 532 días en un zulo de dos por dos por dos a Ortega Lara fueron el caldo de cultivo silencioso que creó Vox. La corrupción y el 155 de pitiminí de Rajoy (con la puntita no bastaba, Mariano) hicieron el resto del trabajo al partido fundado por Santiago Abascal en 2014. La habilidad en forma de querella a los golpistas del 1-O de Ortega Smith, uno de los tres mejores oradores de la política española, permitió al partido alumbrado en el Centro Riojano de Madrid disparar exponencialmente sus expectativas electorales. La acusación popular que no quisieron los exquisitos chicos populares y ciudadanos se la apropió Vox en una sisa de manual que provocaría las delicias del mejor carterista de Madrid.

Con Vox, partido al que no votaré porque soy un liberal y no un conservador, nadie ha entendido nada. Es más, siguen sin entender nada. Sostienen sin enmienda alguna que es la extrema derecha cuando simple y llanamente son de derechas, ideológicamente son cuasiclónicos del PP de Aznar. La clave de su éxito reside en que piensan lo mismo que el españolito de a pie y no lo edulcoran con eufemismos ni estereotipos. Son directos, claritos y carecen de esos mieditos que han hecho del Partido Popular de Mariano Rajoy un partido desdibujado intelectual y moralmente. Sin olvidar otro nada insignificante detalle: la gente está hasta las pelotas del lenguaje de mierda de los políticos al uso, que emplean los mismos imbéciles recursos retóricos para no llamar a las cosas por su nombre y para contentar a los creadores podemitas de opinión.

Que no es extrema derecha lo demuestra el hecho de que formaciones como el Frente Nacional son intervencionistas o estatistas en lo económico y los de Abascal abanderan planteamientos liberales que harían las delicias de la Escuela de Chicago, Ronald Reagan o el mismísimo Milton Friedmann. Se oponen a ese aborto que defiende compulsivamente Marine Le Pen y dicen “no” a la inmigración “ilegal”, algo que no distingue la lideresa francesa, que propone no dejar entrar un solo extranjero más, además de echar a muchos de los que ya están.

Y más les ignoran, más les difaman, más suben. El Centro de Investigaciones Socialistas, perdón, Sociológicas, les asignó un diputado en las elecciones andaluzas y el 3% de los votos y dos semanas y media después las urnas le otorgaron 12 actas y el 11% del respaldo popular. Lo del último barómetro nacional del CIS, que parece elaborado tras una fumada masiva de marihuana, los sitúa en el 6% de intención de voto. Otra locura más que provocará el efecto contrario al que buscan. Nadie con dos dedos de frente se cree que unas siglas que se anotaron un 11% en una comunidad tradicionalmente de izquierdas como Andalucía obtenga en el conjunto de España casi la mitad (un 6%).

El pinochesco Tezanos, que CIS tras CIS comete un delito de malversación de caudales públicos de libro, olvida cuestiones perogrullescas. Como que Vox es algo más que una formación política. Los de Abascal representan un movimiento transversal en toda regla, que va más allá de las ideas preconcebidas. El rechazo a la inmigración ilegal, al golpismo catalán, a la blandenguería con los independentistas, el deseo de jibarizar la Administración, el ansia de que nos bajen los impuestos y el rechazo a la dictadura de género son cuestiones que unen a muchísimos españoles. Almas que antaño votaban al PP, al PSOE, a Ciudadanos o a Podemos y que ahora optan por Vox porque hablan y piensan como ellos. Porque son claritos, van al grano y no emplean la jerga vomitiva de los políticos profesionales. Ya se vio en Andalucía: al menos el 30% de los sufragios verdes provino de antiguos votantes del PSOE y de Podemos. Compatriotas como mi taxista de Calviá que optaron durante un lustro por Podemos pero que ahora se irán al otro lado tras certificar que el “honrado”, “austero” y “amigo de los desheredados” Pablo Iglesias se compraba por 700.000 euros un casoplón de 1,1 millones de euros con piscinaco, casa de invitados y vistas privilegiadas al Parque de la Cuenca Media del Guadarrama que, por cierto, es donde está ubicado.

El linchamiento mediático y los cordones sanitarios de este mes de enero han provocado un efecto bumerán al punto que yo creo que en estos momentos Vox está muy por encima de lo que nos creemos, de lo que dicta el lugar común y la opinión publicada. Para muestra, un botón: en la reciente convención del PP en Madrid no se hablaba de ideas, ni siquiera de liderazgo, tampoco de las felonías sorayiles. Sólo una palabra salía de los labios de los hombres y mujeres reunidos para disparar el efecto Casado: “Vox”. Vox, Vox y requeteVox. El canguelo era más que palpable. Máxime tras la exhibición de fuerza de Abascal en Zaragoza, donde llenó hasta la bandera el Palacio de Congresos dejando a 1.000 personas en la calle. Las comparaciones son odiosas pero algunas degeneran en escandalosas: las que trazaba la cúpula popular entre el acto de presentación de los candidatos madrileños, que se celebró en un cine de barrio, y el reventón de Vox en Zaragoza.

Un servidor mira a su alrededor, alrededor mayoritariamente de centroderecha, alrededor que votó siempre PP y desde hace tres años alterna esta opción con la de Ciudadanos, curiosea, se atreve a preguntar qué papeleta meterá en las municipales y en las generales y la respuesta es casi unánime: “Vox”. Sólo mis padres, el arriba firmante y pocos más nos mantendremos donde siempre estuvimos, o con Casado o con Rivera, que en el fondo viene a ser lo mismo. Los tsunamis son silenciosos. Sólo te das cuenta que ha llegado cuando te ves arrollado por una ola de 15 metros que te deja sin conocimiento. Noelle-Neumann ya no está de moda.

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