Sánchez y la estrategia del desgaste diluido

Pedro Sánchez

En política, un gran escándalo puede derribar a un gobierno, pero muchos escándalos encadenados, paradójicamente, pueden fortalecer su capacidad de resistencia. Dicho de otra manera, un hecho aislado concentra la atención pública, monopolizando titulares, permitiendo a la oposición fijar un relato único y sostenido en el tiempo para acabar acumulando la presión y, por ende, intensificando el desgaste.

Sin embargo, cuando las polémicas se suceden sin pausa, al foco no se le otorga respiro alguno provocando que nunca permanezca el tiempo suficiente en ninguna de las causas. Ante tal escenario, la indignación se fragmenta y el análisis se diluye, a la una velocidad incapaz de frenar la depuración de las responsabilidades. El Gobierno de Pedro Sánchez, y él cómo máxima expresión, ha vivido en ese terreno durante, prácticamente, todos sus años de mandato.

Los indultos a los condenados por el procés, los cuales marcaron un punto de inflexión institucional, afectaron directamente al principio de igualdad ante la ley. Sin embargo, antes de que el debate se asentara del todo, llegó la reforma de la sedición y la rebaja de la malversación, desplazando así la polémica.

Después vino la ley del solo sí es sí, con sus efectos jurídicos no previstos y las excarcelaciones de violadores que generaron alarma social, pues no era poca cosa aquello de poner en la calle a delincuentes de semejante delito. Pero lo que durante semanas fue el eje central del desgaste, volvió a moverse.

A continuación, los pactos parlamentarios con EH Bildu, la inclusión de condenados por terrorismo en listas municipales y el debate sobre la memoria democrática, que dieron paso veloz a la amnistía negociada con el independentismo catalán, abriendo un nuevo frente de enorme calado constitucional. Se habló de quiebra del principio de igualdad, de ruptura de consensos básicos, de tensión institucional sin precedentes. Pero de nuevo, y en paralelo se fueron apareciendo casos de presunta corrupción y controversias que afectan al entorno socialista o a decisiones del Ejecutivo. Cada uno con entidad propia y con más potencial explosivo que el anterior, pero ninguno con tiempo suficiente para convertirse en detonante.

La concatenación constante ha generado un efecto político muy concreto que bien podría definirse como «El desgaste concentrado derriba. El desgaste distribuido acostumbra».

Cuando la polémica se convierte en paisaje permanente, deja de percibirse como excepcional. Y de ahí a la adaptación de la ciudadanía y la dispersión de la atención hay un solo paso. Llegados a este punto, Sánchez no necesita ganar cada batalla narrativa. Le basta con evitar que una de ellas se convierta en definitiva.

La derivación constante del foco impide profundizar hasta el final en ninguno de los asuntos. La conversación pública salta de un tema a otro antes de que se consolide una conclusión política clara, provocando que en lo concerniente a la rendición de cuentas dependiente del ciclo mediático, la responsabilidad pierde densidad.

Nos encontramos ante la resistencia por saturación, y la conversión de la excepción en rutina. De asumir que el ruido constante genera menos impacto que el silencio roto por un único estallido.

El riesgo de este modelo no es sólo electoral. Es institucional. Porque cuando todo es polémico y nada es cierre, la memoria pública se acorta y la exigencia se debilita. Y un gobierno puede sobrevivir a la acumulación. La pregunta es qué le ocurre a la calidad democrática cuando la acumulación sustituye a la responsabilidad.

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