El rapto de España

El rapto de España
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Desde que Isócrates alzara en sus discursos la retórica como forma también innoble de envilecer las relaciones humanas y Platón las elevara a categoría de diálogos, la palabra siempre ha sido el salvoconducto del buen gobernante. Supone un artefacto de indudable categoría para quien considera que las soluciones se acercan en la convergencia del relato. En el contexto actual, la división es muy notable entre quienes piden diálogo a toda costa incluso con aquellos que no admiten dicha palabra en su diccionario y quienes avalamos que dar alas al sectarismo ‘odiológico’ de los Torra, Puigdemont y Cía solo alimentaría más confrontación social.

España vive hodierno secuestrada bajo la lógica demoscópica del acuerdo, esa paradoja política que obliga a parlamentar con aquellos cuya dialéctica solo entiende de calibres del 35. Como Europa bajo el manto de toro con el que Zeus la sacó de lo que hoy es el Líbano hasta Creta, la nación más antigua del continente, presidida por Pedro Sánchez, el primer presidente fotopolítico de la gestocracia, vive sumergida bajo la aplicación del falaz sacramento del diálogo, raptada de toda ensoñación de libertad e igualdad conjunta. Llegará un día en que entendamos que no hay nada que dialogar con quien no respeta las opiniones ajenas, agrede la discrepancia, violenta la disidente y acosa al diferente. Y no habrá nada malo en ello. Hemos llegado al extremo de tener que aceptar que el totalitarismo es un actor más en el terreno de la palabra.

Quien esto escribe no recuerda, en esa memoria de la infancia que todo lo retiene y registra, como afirmaba Proust, un día sin peticiones de negociación con aquellos que no creen en la fuerza de la palabra, sino en la política de hechos consumados. Desde ETA hasta los nacionalismos periféricos, con especial profusión en ese PNV que sigue recogiendo las nueces de los árboles que otros mueven y de un nacionalismo catalán que perdió el norte el día en que salió a la luz todos sus excesos corruptos. Aplicar el consenso  sin exigencias supone reconocer la debilidad de un Estado supeditado al chantaje permanente. Asistimos a la versión 2.0 del talante de Zapatero. A diferencia de aquel, Sánchez tiene más deudas que pagar y obligaciones que cumplir.

La Constitución nos exige lealtad hasta su reforma, guardando y haciendo guardar sus preceptos de obligado cumplimiento por todos, en especial por las autoridades públicas. Si Torra como subordinado del Estado y representante de este en Cataluña hace continua dejación de funciones y llama a “atacar” y luego “acusar” a la fuente de su legitimidad como President, la respuesta por parte de quien preside el Gobierno debe ser contundente y proporcional al desafío. Pero, al igual que sucedió con Zapatero, Sánchez huye del necesario patriotismo constitucional para abrazar el federalismo asimétrico maragalliano, más asimétrico y más desigual que nunca, que prioriza los privilegios de los insolidarios que buscan la ruptura y no la defensa de la igualdad y la libertad de todos los españoles.

Hagamos un paralelismo histórico. Torra desea suerte a los Comités de Defensa de la República en su lucha contra el Rey de España. Como hacía Ernst Röhm con sus SA (Sturmabteilung), esas tropas de asalto que tenían como finalidad proteger al Führer como los fascios de combate protegían en Italia al Duce de sus enemigos. Torra llama a atacar al Estado español, como hacía Hitler a sus tropas para derrocar la legítima República de Weimar a la que acusaba de todos sus males. Por su parte, Himmler ideó el señalamiento del disidente en función de ideología, llamando a asaltar y acosar sus sedes políticas. Como hacen los CDR bajo manto del separatismo político. Estamos en ese punto de la historia en el que quienes agreden se hacen los ofendidos y los agredidos tienen que justificar que se aplique la ley.

No hay medias tintas con el totalitarismo ni diálogo que valga mientras no se respete el marco común de convivencia. Si queremos salir de este secuestro, hay que cortarle la cabeza al ciempiés, de raíz. Y eso se consigue aplicando el Estado de Derecho en su totalidad. Pero me temo que España seguirá como rehén de sus enemigos por la inacción de quién debería ser el principal responsable de su liberación: el Presidente de los ochenta y cuatro escaños.

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