Rajoy se va para quedarse

Rajoy se va para quedarse

A Rajoy siempre se le ha categorizado como un hombre previsible, que es el eufemismo que utilizaban los suyos para no decir fiable y la crítica usada por los contrarios para no llamarlo perezoso y facilón. Este martes ha dicho basta, en un adiós diferido que demoró a conciencia para demostrar que hasta en la muerte uno controla su tiempo. En la España que resiste y vence, Rajoy era un presidente con una auctoritas especial: cosía el ovillo de la política con esa mirada de gallego apacible, sin los tejemanejes de aprendiz que el poder produce entre bambalinas. Ponderaban su desparpajo en las distancias cortas, una virtud sin fuste cuando tu trabajo depende de llegar a distancias lejanas.

Se sentía cómodo en los discursos técnicos, suelto en los debates y brillante en las réplicas. No le importaba que el contrario llevara la iniciativa del mensaje porque a Rajoy le ponía eso de jugar al contragolpe. Instaló como Mourinho el ‘por qué’ como forma martirológica de saberse víctima de una injusticia. Que no busquen razones en Génova. Su adiós es una huida hacia la permanencia. Dimite como presidente del PP acorralado por la sombra de tanto barón ambicioso y agotado por las  sentencias, más mediáticas que reales, que le hacían culpable de un pasado que no ha dejado de estar presente desde que en Azores Aznar fundó el tripartito del mundo.

Nadie de quien le acompañó en el Gobierno en estos años debería sustituirle. La senda de sus acompañantes terminó también ayer. Un Gobierno amortizado no tiene más recorrido que la entrevista que le hará la historia. Se abre una nueva etapa para un partido con vocación de gobierno, pero al que se le hace cuesta arriba gobernar. Prefieren liderar la resistencia del escaño, donde comunican mejor sus ideas y sus ambiciones. La no dimisión de Rajoy hace una semana fue táctica: no provocar un Gobierno de Sánchez con más apoyos aún. Su dimisión ayer es estratégica: frenar el crecimiento de Ciudadanos. Con su renuncia a la presidencia se acaba una forma de hacer política y se abre en el PP un periodo de incierta renovación. Para un partido de costumbres, navegar en lo incierto será como aprender una lengua antigua, que nunca se termina de dominar del todo.

Ya no importan las caras cuando a la mitad de tus compañeros les da vergüenza darla. Se trata de volver al principio de los principios. Y a la manera de Fraga, sin tutelas ni tutías. En el horizonte del PP está la defunción o la reconvención. El postmarianismo será más duro que aquella salida de Aznar. Porque Rajoy consiguió convencernos a todos de que era imposible vencer la impasible resistencia de gestor perfumado que asistía impasible a los acontecimientos desde la comodidad de su sillón. Deja el liderazgo del PP tras cuatro décadas en las que se le ha olvidado que un día fue registrador de la propiedad, una paradoja en la España de okupas y desahucios. Lo deja porque piensa en el partido, dice, y porque detrás de todo emerge 2020, una odisea en el espacio de la derecha. Cruzar el Rubicón de la nada o el retorno a la Ítaca de los 80. Complejo panorama que ya no será más problema suyo. Porque a Rajoy lo echaron, pero él decidió cuando había que irse.

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