El protocolo sanchista

El protocolo sanchista
  • Clara Zamora

Se abre el telón y aparece Begoña en la peluquería haciéndose la manicura para lucir perfecta en el próximo acto oficial, al que debe acudir como legítima mujer del presidente del Gobierno. La esteticista le dice: “Hoy la veo especialmente nerviosa”. Tras un incómodo silencio, la aludida decide explicar el motivo de esa tensión que acumula. Los centros de belleza pueden llegar a ser extraños cubículos de confidencias aislantes, exclusivas y destructivas. Para ser convincente, toma sus palabras de la lección de protocolo que recibió de su marido tras aterrizar en Moncloa, lección inspirada por el redondo cerebro institucional.

No pretendo darte un cursillo de protocolo, querida, pero lo cierto es que nos están pillando en nuestras formas para romper barreras. Me preocupa que lo que ayer quedaba como torpeza cazurril, ahora toma sus verdaderas formas. Se está descubriendo que nuestro particular ceremonial busca presidir todo acto al precio que sea. Lo único que importa es la estabilidad creciente de nuestra corporación. El objetivo es derribar barreras entre los de arriba y los abajo. Es un nuevo concepto de protocolo que tiene como aspecto esencial la consecución de buenos resultados para flexibilizar las precedencias y normativas vigentes, así como los usos y costumbres tradicionales.

La esteticista, haciendo un enorme esfuerzo intelectual, sonríe amablemente y le dice: “Ah, por eso da igual el nivel de ridículo que se haga, lo importante es que se os vea a la altura de la monarquía, dando la mano como los reyes, en el centro de todas las reuniones, etc., ¿es así?”. Muy seria, la mujer del presidente afirma, explicando que el protocolo de ayer, aquel que pretendía reflejar el poder de las autoridades, su fortaleza frente al mundo y la sociedad mediante un pomposo ceremonial y una rígida etiqueta, está obsoleto. Begoña se ha ido relajando, empieza a desahogarse. Continúa: Todo está perfectamente planeado, los ridículos espantosos que llevamos acumulados mi marido y yo están planificados al milímetro por la nueva normativa de protocolo orquestada por el gran experto en tratamientos y honores de la naturaleza humana, el equipo del gran jefe del Gabinete de Presidencia.

Se basa en el humor materialista que se encuentra en su ley de la naturaleza bruta, una visión lúcida, sin posibilidad de ser rebatida. La norma que lo regula todo es la siguiente: “No importan el nivel de ridículo que hagas, ni el grado de pérdida de dignidad que alcances; lo trascendente es esa imagen que se quedará grabada en el populacho, en la que aparecerás junto a la máxima autoridad en cada caso, supliéndola si es posible”. La cuestión de fondo es la influencia en la opinión pública para el mejor funcionamiento de la institución que Pedro y yo presidimos. Es la teoría de la representación en el estudio del principio de publicidad y sus distintas manifestaciones.

Me preocupa seriamente lo que me van a pedir que haga el próximo día 16, en el homenaje nacional, junto a los reyes. Pedro, como me ve muy perjudicada, se ha ido a Lisboa para librarnos de la misa en La Almudena; pero al homenaje del Ejecutivo, como es obvio, no podemos faltar. Está previsto en el Patio de la Armería del Palacio Real, allí todavía no nos hemos estrenado en nuestros excitantes éxitos exóticos. Son capaces de decirnos que nos caigamos en un ataúd, que es parte del plan orquestado para ser también el muerto en el entierro. Me temo cualquier cosa. Lo de ponernos al lado de los monarcas a saludar a los invitados va a quedar en una minucia. Sé que necesitamos nuestro protocolo para la puesta en práctica de los planes, pero me pilla todo esto muy baja de moral.

La esteticista, que aprecia a Begoña, siente lástima por lo que cree que ha comprendido. Muy emocionada, pone rodilla en tierra para hacerle un besamanos. Torpemente, como sin darse cuenta, tira todo el carro con las lacas de uñas, esmaltes, barnices, nitrocelusosas, toluenos, formaldehídos, todo cae al suelo, que se pinta de los colores más variados. Viendo el resultado, sonríe y le dice: “A esto se refería, ¿lo he comprendido bien?”. La mujer del presidente se queda fascinada por la perspicacia de aquella joven esteticista. Le propone ser su camarera mayor. Ambas se abrazan fraternalmente, algo nuevo acaba de nacer. Se cierra el telón; aplauso cerrado, unánime, de aprobación total.

Lo último en Opinión

Últimas noticias