El primero de los debates sin Abascal

El primero de los debates sin Abascal

Las empresas demoscópicas aseguran que esta última semana decidirán su voto muchos de los 4 millones de indecisos que no lo han hecho aún y es posible que algunos de ellos estuvieran anoche entre los casi 9 millones de espectadores que vieron un debate que consiguió un 43,8% de ‘share’. Dicen que los debates no suelen hacer ganar muchos votos, pero que sí pueden servir para perderlos. Yo nada de esto lo tengo muy claro. Pienso que no hay tantos indecisos, creo que la gente miente a los encuestadores y supongo que los pocos que hay no deben estar muy interesados en pasar la noche viendo un debate que, en realidad, no es más que una concatenación de monólogos que cada líder dirige a su parroquia para decirles lo que estos desean escuchar. No creo que muchas personas decidan su voto por algo tan absurdo.

En el de ayer lo que los españoles escuchamos más claramente fue el miedo a Santiago Abascal. La Junta Electoral Central, que tiene por objetivo “garantizar la transparencia y la objetividad del proceso electoral”, retorció los preceptos legales en beneficio de aquellos que se sienten amenazados por su voz, aduciendo que el suyo no es un grupo político significativo, lo que contradice su propio criterio de 2015. Los magistrados y catedráticos de mayoría progresista que la conforman excluyen a VOX a pesar de los resultados de las elecciones andaluzas y pese a las previsiones de todas las encuestas, con lo que limitan la posibilidad de recibir una información necesaria para ese 40% de ciudadanos que aún no habrían decidido su voto. Prohibir un debate a cinco tanto a la televisión pública como a la privada es una decisión que se parece más a la censura de las dictaduras, que a la transparencia y objetividad que debería perseguir este organismo.

Aunque VOX no estuvo del todo ausente ya que fue mencionado en repetidas ocasiones por un Pedro Sánchez que pretende venderse como única alternativa al centro y la derecha que él trata como si fueran un bloque homogéneo, el ‘trifachito’ de Colón. El dr. Cum Fraude centró todas sus intervenciones en mostrase más podemita que Pablo Iglesias y vendió su Gobierno de los últimos 10 meses como el auténtico heredero del 15-M. Pero no pudo ocultar su mal carácter y que se le notara iracundo hasta con el presentador cuando se daba cuenta de que le estaba yendo mal. No negó que fuera a indultar a los golpistas catalanes o sea, confirmó que lo hará. Y se mostró favorable a pactar con Podemos, con Ciudadanos, con los golpistas y con cualquiera que le permita seguir montado en el Falcon.

Iglesias fue ninguneado toda la noche por los demás debatientes que ni se dirigían a él, ni respondían sus preguntas, ni siquiera se molestaron en echarle en cara su casoplón galapagueño. Se presentó vestido de aparcacoches ilegal -sólo le faltaba la gorrilla-, y se pasó los 100 minutos con las manos metidas en los bolsillos del pantalón cuando no estaba en jarras, arremangado, malencarado, enfadado, abroncando continuamente a los televidentes y leyendo esa Constitución española que tantas veces ha despreciado.

Casado mostró un perfil bajo sin querer arriesgar ni siquiera cuando las mentiras de Sánchez le afectaban directamente. Y Rivera estuvo brillante, conciliador con el PP y agresivo contra un PSOE al que acusa de haberse entregado a los golpistas. Fue el único que intentó debatir sin conseguirlo, porque nadie le seguía, e insistió una y otra vez en que en esta ocasión no piensa pactar con Pedro Sánchez, lástima que sea tan difícil creerle. Hoy veremos la segunda parte de lo mismo, otra vez sin Abascal. Es urgente cambiar esa mala Ley Electoral que nos impide estar bien informados.

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