Un presidente deslenguado y suertudo

En la pasada legislatura, el Partido Socialista orquestó una batalla de asedio y desgaste contra el gobierno del Partido Popular y, en concreto, contra el ministro de Justicia, Rafael Catalá, denunciando casi a diario las injerencias del Ejecutivo en la fiscalía. Exigieron comparecencias y dimisiones a troche y moche, además de quemar en la hoguera la reputación de cualquiera que se pusiera por delante. En una comparecencia en la comisión de Justicia del Congreso de los Diputados, Catalá se defendía intentando convencer a sus señorías de que “el Gobierno al que pertenezco jamás ha dado órdenes ni instrucciones ni recomendaciones ni consignas ni ha impuesto ninguna exigencia de ninguna clase al Ministerio Fiscal”. La Unión Progresista de Fiscales clamaba por el daño que se estaba haciendo a la institución y aseguraba que “si hace unos meses alguien hubiera insinuado que la situación de la fiscalía, rodeada de escándalos y de tormentas perfectas, iba a ser la que contemplamos, nadie lo hubiera creído”.

Ayer, Pedro Sánchez se fumó un puro con la credibilidad del Ministerio Publico: “¿De quién depende la fiscalía? Pues ya está”. Los cuatro fiscales del Tribunal Supremo que actuaron en la causa del procés, y que con extraordinaria decencia y dignidad exhibieron su autonomía (a diferencia de lo que hizo la Abogacía del Estado), recordaron al insigne candidato del Partido Socialista cómo es el desempeño de sus responsabilidades, “en el ámbito de la autonomía funcional del Ministerio Fiscal y con sujeción a los principios constitucionales de legalidad e imparcialidad”. Más allá del daño que Sánchez haya podido hacer a la Justicia española, de las consecuencias que puedan tener sus palabras en el proceso de extradición de Puigdemont y en el discurso independentistas, ¿dónde están todos aquellos que en el pasado exigían dimisiones?

Pero Sánchez es un tipo con suerte. Cuando ayer el infierno se abría ante él, el sumario de los CDRs emergió como una tabla de salvación que hacia escampar el chaparrón que caía sobre La Moncloa. Aunque se esperaba para uno de estos días, el feliz alumbramiento vino con dos panes bajo el brazo: por un lado, desviaba la atención de la opinión pública sobre el garrafal despotismo  presidencial y, por otro, allanaba el camino electoral de una Esquerra, barnizada de moderación, que se perfila como socio estratégico del sanchismo en la próxima legislatura. Reconozco que no me gustan los juegos de azar, nunca he creído ni en la suerte ni en las casualidades.

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