Pedro Sánchez como líder

Pedro Sánchez como líder
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  • Valentí Puig

Haber hecho su travesía del desierto cuando renunció al acta de diputado le habrá llevado a creer que puede caminar sobre las aguas. Pedro Sánchez atravesó el desierto en un Peugot 407. Luego venció en las primarias, convocó elecciones, le falló su aritmética electoral y ahora busca reinventar una geometría parlamentaria que, según van las cosas, pudiera ser dañina para el país y, concretamente, para el PSOE.

Un partido siempre ansioso por evitar la guerra interna que vivió en los años treinta difícilmente quedará intacto si la llegada de Pedro Sánchez al poder se hace de espaldas al gran consenso constitucional en el que el PSOE participó lealmente. En realidad, no logramos saber qué tipo de líder es, según las tipologías de toda naturaleza. Inicialmente, sería un líder que se maneja bien en la línea de sombra entre la oportunidad y el oportunismo.

No es el primer político de esa segunda década del siglo que basa su tránsito de convicciones en la escenificación del ego. Puede ser el líder leve que un buen día se abraza a Pablo Iglesias o presentarse como político de piel mutante que tantea los riscos de la plurinacionalidad y cruza los jardines de Pedralbes antes de echar la última palada de tierra en la nueva tumba de Franco.

Ahora mismo, ¿está más a la altura de las urgencias la sociedad española o el “statu quo” político? Nadie parece haber optado definitivamente por no coquetear con otras elecciones generales, sin dar ya prioridad a la escuela, despensa y siete llaves al sepulcro del Cid. Eso es la política de los chuches, del bótox y las noches de Netflix confundiendo “Juego de tronos” con la gestión de las sociedades complejas.

Eso es la España bloqueada, sin lideratos con visión estratégica. La ludopatía política de Sánchez tiene secuestrado al PSOE, sin más réplica que el llanto y chirriar de dientes de las últimas figuras “senior”. Tal como van las cosas, Pedro Sánchez se arriesga a que en el futuro se le pueda aplicar la descripción que Churchill hizo de Lord Beresford. Era uno de esos oradores de quien se podía decir que antes de levantarse del escaño para hablar no saben lo que van a decir; cuando hablan, no saben lo que están diciendo; y, cuando se sientan, no saben lo que han dicho.

Sánchez parece salir ganando con la inacción, con los simulacros, con decir y no resolver. Es tan ahorrativo con la verdad que esa es su característica más destacable, como por ejemplo confirman por una parte Rajoy y por otra Pablo Iglesias.  Entregarse tanto a la fortuna, a la buena estrella puede hacer que la prudencia parezca innecesaria. Pero sin prudencia, la política pierde credibilidad y confianza. La sensatez política, en fin, no es una cuestión de tener buena percha.

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