La no tan moderna guerra híbrida
Imagino que, igual que yo, estaréis hartos de oír hablar de «guerra híbrida» en relación con la invasión de Ceuta por parte de más de 80.000 inmigrantes ilegales el pasado 30 de julio, de los que más de 10.000 se han quedado en la ciudad. Se repite constantemente que esta invasión forma parte de la estrategia de «guerra híbrida» con la que Marruecos intenta, a medio y largo plazo, robarle a España dos ciudades que jamás fueron suyas, ni tampoco han sido nunca colonias, sino que siempre han formado parte de España desde la fundación de nuestro país. Muchos de vosotros habréis buscado información para saber si tenéis que apuntaros ya a algún cursillo de uso de armas de fuego y supervivencia o, por el contrario, podéis seguir con el macramé y las clases de pádel.
La «guerra híbrida» es un concepto del siglo XXI con el que se define una forma de conflicto que combina métodos militares convencionales con tácticas no convencionales, como, por ejemplo, ciberataques, desinformación, propaganda, presión económica, insurgencia, terrorismo, inmigración, amaños electorales, etc., con los que se pretende debilitar al adversario de manera difusa, sin una declaración formal de guerra. Se ponen como ejemplos más comunes la actuación de Rusia en Crimea y el Donbás a partir de 2014, la guerra de Ucrania y la crisis migratoria entre Bielorrusia y la Unión Europea de 2021. Y a poco que hayáis leído algo de historia, os habréis dado cuenta de que esta moderna «guerra híbrida» es más antigua que el hilo negro.
En el capítulo III del libro El arte de la guerra, escrito en el siglo V antes de Cristo por el general, estratega militar y filósofo chino Sun Tzu, ya se explica que «luchar y vencer en todas las batallas no es la excelencia suprema; la excelencia suprema consiste en quebrar la resistencia del enemigo sin combatir. […] La mejor forma de combatir es atacar los planes del enemigo; la siguiente, atacar sus alianzas; la siguiente, atacar su ejército; y la peor de todas, atacar ciudades amuralladas».
En el siglo IV a.C., Filipo II de Macedonia dijo: «No hay fortaleza inexpugnable si puede entrar en ella un asno cargado de oro», convirtiéndose en un maestro del soborno, con el que conseguía que le abrieran las puertas de las polis griegas comprando a políticos y oradores. En la Guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), los atenienses debilitaron a Esparta fomentando sus revueltas internas. Aníbal fue un maestro de la propaganda para debilitar las alianzas de Roma. Jugurta, rey de Numidia, sobornó sistemáticamente a senadores y magistrados romanos para que no le declararan la guerra o le dieran condiciones ridículamente favorables, llegando a decir que «en Roma todo está en venta». Hasta el mismo Julio César usó a su favor la división entre las tribus galas, recurriendo con frecuencia al soborno, las promesas y el chantaje político hacia sus líderes para romper coaliciones y asegurar lealtades.
Vamos a suponer que las autoridades de Marruecos hubieran usado un programa espía, como, por ejemplo, el famoso Pegasus, para robar varios gigabytes de información de los teléfonos móviles de Pedro Sánchez y Fernando Grande-Marlaska, y que estuvieran usando esa información para chantajearles y conseguir así que no reaccionaran de ninguna forma cuando nos enviaran a 80.000 invasores, disimulando entre ellos a sus terroristas, delincuentes excarcelados, violadores y todo lo peor que pudieran sacar de sus cárceles, haciendo así que la vida en Ceuta fuera una pesadilla de la que los españoles comenzaran a pensar en huir. Evidentemente, esto sería lo mismo que hicieron en la Antigüedad Aníbal, Julio César y el rey de Numidia, aplicando el manual de la guerra de Sun Tzu: «Quebrar la resistencia del enemigo sin combatir». La «moderna» guerra híbrida es tan antigua como la humanidad. La diferencia es que antes, a los traidores, cuando se les pillaba, se les tiraba desde lo alto de las murallas, mientras que, ahora, presumen en TikTok de su lista de canciones favoritas.