Lecciones de la guerra híbrida: de la Marcha Verde a la invasión de Ceuta
Hassan II convirtió una histórica reclamación desde la independencia de Marruecos en 1956 en un movimiento patriótico
Las primeras noticias sobre el cruce por más de 200.000 marroquíes de la frontera entre el reino alauita y la entonces provincia española del Sáhara occidental a las 12 horas del 6 de noviembre de 1975 fueron tan confusas como las que han acompañado estos días a la invasión de Ceuta y Melilla.
Aquellas caravanas de civiles marroquíes que invadieron el Sáhara no iban solas, pues junto a ellas marchaban unidades militares, lo que añadía la máxima tensión a la situación. La ONU, partidaria de la descolonización, había hecho sin fortuna un urgente llamamiento a Hassan II, padre del actual monarca Mohamed VI, para que detuviera la Marcha Verde cuando esta ya había cruzado la frontera española cuatro horas antes.
El monarca alauita había anunciado el 16 de octubre anterior aquella entrada masiva en territorio español si el dictador Franco no aprobaba su cesión a Marruecos. El Sáhara era la provincia española número 53, sus ciudadanos eran españoles y contaban con representantes en las Cortes franquistas, cuyas deraas, sus atuendos tradicionales del desierto, añadían una nota exótica entre los escaños.
El monarca alauita supo jugar sus cartas con grandes reflejos, pues ese mismo día 16 de octubre manipuló en su favor un dictamen de la Corte Internacional de La Haya que negó la existencia de vínculos de soberanía marroquí sobre el Sáhara, por más que reconociera antiguos vínculos de vasallaje al sultán de Marruecos por parte de tribus saharauis. Si bien lo cierto es que, como recuerda mi buen amigo José María Ortiz, un viejo dicho de «los hijos de la nube» afirma que al sur del Draa, al sultán ni se le reza ni se le paga tributo.
Así, Hassan II, sordo a la legalidad internacional, convirtió lo que había sido una histórica reclamación desde la independencia de Marruecos en 1956 en un movimiento patriótico y de legitimación de su poder que acrisoló el país de norte a sur y de este a oeste.

Tras sucesivos atentados que habían puesto en riesgo su vida, el rey encontraba en la doctrina imperialista de Allal El Fassi y el partido Istiqlal la válvula de escape para su maltrecho régimen, al tiempo que enviaba lejos al Ejército que amenazaba su trono.
«Hassan II convirtió lo que había sido una histórica reclamación desde la independencia de Marruecos en 1956 en un movimiento patriótico»
Pero la Marcha Verde también se produjo, como todo el mundo sabe, en un momento de debilidad física y política de la España franquista. El 17 de octubre, un día después del anuncio de la Marcha Verde, el general Francisco Franco, que había sufrido un infarto el 15, presidió un consejo de ministros en el que tuvo monitorizadas sus constantes por su equipo médico desde una sala contigua.
Cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Pedro Cortina, expuso la amenaza de Hassan II de que invadiría con 350.000 civiles el Sáhara para adueñarse de él si los españoles no se lo cedían, el ritmo cardíaco del dictador se aceleró. Sobre todo cuando Cortina le dijo que el rey de Marruecos había asegurado que él mismo le había prometido cederlo a Marruecos, lo que este negó asegurando que nunca habían hablado del Sáhara.
El deterioro de la salud de Franco ya era irreversible. El 30 de octubre, traspasaba sus poderes al príncipe Juan Carlos. El 3 de noviembre, tres días antes de la invasión, sería operado a vida o muerte por una gravísima hemorragia gástrica en la enfermería de El Pardo, con un apagón de por medio, como relató magistralmente la gran Victoria Prego en uno de los capítulos de la serie documental La Transición.
El oportunismo de Hassan II se demostró una baza triunfal, apoyada fundamentalmente por la voluntad de EEUU y Francia de que el territorio saharaui no cayera a través de Argelia en el área de influencia soviética. El 14 de noviembre, España firmaba en Madrid con Marruecos y Mauritania el acuerdo tripartito en el que se comprometía a abandonar el territorio saharaui antes del 28 de febrero de 1976.
Entre mis recuerdos de infancia conservo el de los reportajes gráficos de la prensa de entonces sobre el despliegue de las fuerzas de la Legión en el desierto a la espera de la aparición de aquella multitud. No por nada, a aquel despliegue se le llamó la Operación Marabunta. Aquellas imágenes de los legionarios con gorra sahariana y siroquera entre las dunas, a la espera de la aparición de aquellas masas de enfervorizados patriotas marroquíes con sus banderas al viento, evocaban en nuestra imaginación infantil las escenas épicas de Beau Geste.
«La invasión de Ceuta y Melilla por decenas de miles de marroquíes no es un hecho improvisado, como tampoco lo fue la Marcha Verde»
La épica no es precisamente uno de los atributos de la guerra híbrida, aunque en estos días se haya producido la trágica muerte en el mar de decenas de personas que trataban de llegar a la costa española. La invasión de Ceuta y Melilla por decenas de miles de marroquíes no es un hecho improvisado, como tampoco lo fue la Marcha Verde.
Ambos pueden considerarse ejemplos de guerra híbrida pues comparten el uso de civiles con fines de expansionismo, así como el aprovechamiento de la debilidad o las debilidades del adversario. En el caso de lo sucedido estos días, puede haber habido también un trabajo operativo esencial en redes sociales, mediante reclamos eficacísimos capaces de movilizar en pocas horas a estas multitudes.
El objetivo que se persigue no es sólo alentar unos días de caos en las ciudades autónomas españolas. Marruecos ha demostrado siempre ser un paciente cazador de sus presas. Ceuta y Melilla están bajo su punto de mira en una estrategia nada larvada ni subliminal que afecta a la vida misma de sus habitantes.
Estas invasiones tienen el propósito de acrecentar poco a poco la brecha e ir calibrando la reacción del Gobierno de Pedro Sánchez, capaz de expresar escándalo por lo sucedido al tiempo que sus ministros asisten a recepciones oficiales en fechas solemnes de la embajada del reino alauita. Y, no menos importante, forjar paso a paso en el escenario internacional el convencimiento de que España nunca estuvo allí.
Marruecos tiene ahora a su favor un Gobierno como el de Sánchez, que también duda de que España esté en algún sitio, ni siquiera en su propio territorio peninsular, como acaba de demostrar al renunciar a la reivindicación de nuestra soberanía sobre Gibraltar. Por no hablar de las permanentes concesiones de Sánchez a sus socios, que odian tanto a España que son capaces de dejarla cuatro años en sus manos.
Pedro Corral es periodista, diputado del PP en la Asamblea de Madrid y autor de ‘Cómicos en guerra’