Educación canina

Borja Capponi, experto adiestrador canino: «A los perros hay que mimarles de manera relajada y equilibrada, si lo haces con excitación puedes crearle ansiedad»

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Consejo de un adiestrador canino para mimar a un perro. Imagen de Magnific.

El adiestrador canino Borja Capponi ha explicado uno de los errores más habituales a la hora de relacionarse con un perro: mimarlo de forma excesivamente efusiva cada vez que busca contacto visual. Según detalla, ese gesto, que parece inofensivo, puede terminar generando ansiedad en el animal.

El adiestrador desarrolla la idea a partir de lo que él llama «anclaje de ojos», un patrón que se forma cuando el perro aprende que mirar a la cara de su dueño desencadena automáticamente comida o caricias. Muchos dueños repiten ese gesto sin darse cuenta, convencidos de que solo están demostrando afecto.

Qué es el «anclaje de ojos» y por qué genera ansiedad

«Cada vez que el perro te mira la cara, tú le vas a proporcionar estimulantes, ya sea a través de la comida o a través de acariciarle mucho, muy efusivamente», explica Capponi en un vídeo de su canal de YouTube. Esto no significa, aclara, que haya que dejar de tocar o de dar cariño al perro, sino hacerlo de otra manera.

«Que no quiere decir que no se le acaricie, ni que se le toque, ni que se le dé cariño, por supuesto que sí, pero siempre de una manera equilibrada, relajada, sin demasiada excitación, porque eso al perro le va a provocar ansiedad», señala en el vídeo.

Con el tiempo, ese gesto repetido deja de ser un simple detalle puntual y se convierte en una respuesta casi automática que el perro espera cada vez que cruza la mirada con su dueño.

El efecto «máquina tragaperras»

Para ilustrar lo que ocurre después, el adiestrador recurre a una comparación muy gráfica: «Siempre pongo el ejemplo de la máquina tragaperras. Cuanto más juegas, más quieres. Cuanto más le das al perro, más te va a pedir, más te va a exigir».

Ese mecanismo, según Capponi, convierte al dueño en una especie de fuente constante de estímulos de la que el perro depende cada vez más, hasta el punto de reclamar atención en momentos en los que la persona ya no tiene ganas de dársela.

Cuanto más impredecible resulta la respuesta del dueño, más insistente se vuelve el perro para conseguirla, de forma parecida a lo que ocurre con cualquier recompensa que llega de manera irregular.

El problema, añade, es que el perro no entiende ese cambio de humor. Esa incomprensión mutua es, para el adiestrador, el origen de buena parte de la tensión que muchos dueños interpretan como un perro «pesado», cuando en realidad responde a una dinámica que el propio dueño ha ido reforzando sin darse cuenta.

Cómo dar cariño a un perro sin caer en ese error

La solución que propone Capponi no pasa por eliminar el afecto, sino por dosificarlo con calma. Acariciar, hablarle o premiarle con comida puede seguir formando parte de la relación diaria, siempre que no se convierta en una respuesta automática cada vez que el perro busca la mirada de su dueño.

El adiestrador insiste en que el objetivo debe ser transmitir equilibrio y no solo estímulo: un perro que recibe cariño de forma relajada, sin sobreexcitación constante, tiene menos motivos para desarrollar ansiedad o para exigir atención de manera insistente en cualquier momento del día.

Mantener ese mismo criterio entre todos los miembros de la casa ayuda además a que el perro no reciba señales contradictorias: si unos refuerzan la efusividad y otros la calma, el animal tarda mucho más en asimilar la pauta que se le quiere transmitir.

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