Marruecos en el claroscuro de un fin de reinado

Marruecos en el claroscuro de un fin de reinado
Diego Buenosvinos

Dicen algunos politólogos que en política lo importante es el estilo: los gestos, las imágenes, las liturgias que se repiten hasta que se vuelven caricatura. Y hoy, cuando Marruecos entra en el cuarto de siglo de Mohamed VI, el estilo ya es un espejo roto.

El monarca aparece un día encorvado, fatigado, incapaz de arrodillarse en la oración solemne; y al siguiente, rejuvenecido sobre una moto acuática en Cabo Negro. Dos estampas que condensan el hermetismo de un reino: la fragilidad del hombre y la obstinación del poder. Fin de reinado, escriben los franceses a través de Le Monde, y el término flota como una bruma sobre Rabat.

Mientras tanto, el príncipe heredero Moulay Hassan, a sus veintipocos, muestra una compostura que sorprende a los diplomáticos: habla poco, sonríe lo justo, maneja con madurez de veterano las ceremonias. Hay quien dice que está más allá de su edad, como si llevara el peso de la dinastía tatuado en la frente. Discípulo precoz de la monarquía, obligado a estudiar la sucesión mientras su padre aún respira.

Y ahí está España, atrapada como siempre en las arenas movedizas del Estrecho. Pedro Sánchez entregó el Sáhara a Rabat con una carta furtiva —un gesto que aún duele en el Congreso y en el Polisario—. Lo hizo entre rumores de que su teléfono había sido pinchado con Pegasus, esa joya de espionaje que huele a incienso marroquí y a despacho de la NSA en EEUU. En Moncloa aún tiemblan al recordar los informes técnicos que certificaron la intrusión.

En la peor época para España —cuando subían las pateras, caían los fondos europeos y se incendiaba la política interior—, Marruecos jugaba su carta maestra: abrir o cerrar la frontera como quien abre o cierra un grifo. Ni más ni menos.

Mohamed VI es un monarca que quiso ser modernizador, pero se quedó en reformista a medias: algunas aperturas sociales, mucho cemento, autopistas, y una desigualdad que se disimula tras los resorts de Marrakech. Su salud es ahora tema de susurros; su sucesión, la pesadilla de las élites que se disputan palacios como fervor.

Pero Rabat continúa cosechando triunfos diplomáticos: el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental en 2020, arrancado a cambio de normalizar relaciones con Israel.

Pero cinco son las claves de Marruecos, según Breaking History (Jared Kushner):

Acuerdo Marruecos–Israel (2020): Kushner describe cómo Rabat fue pieza central en los Acuerdos de Abraham. A cambio de normalizar con Tel Aviv, consiguió de Donald Trump el reconocimiento histórico de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Un aliado estratégico de EEUU: Para la Casa Blanca, Marruecos era un puente hacia África y un socio fiable en seguridad, logística y lucha antiterrorista.

La carta del Sáhara: Kushner relata la presión marroquí para que Washington avalara su plan de autonomía en el Sáhara. Fue el premio gordo diplomático.

El rol del rey Mohammed VI: Kushner lo pinta como un monarca pragmático, obsesionado con blindar su legado en torno a la cuestión saharaui.

Consecuencias regionales: el pacto tensó las relaciones con Argelia, que rompió relaciones diplomáticas con Rabat en 2021, y colocó a España en una incómoda disyuntiva que aún resuena.

Marruecos es hoy un teatro de espejos: un rey cansado, un príncipe precoz, un pueblo dividido entre orgullo y carencia. España, al otro lado del mar, juega al funambulismo: concede, se indigna, traga. Y Kushner, desde sus memorias, nos recuerda que en esta partida el Sáhara es la única ficha que importa, que ha importado y que nos han quitado por la cara gracias a Sánchez.

Todo lo demás —salud real, pateras, espionaje— son fuegos artificiales en un reino que, como dicen los sabios, sabe que la política es la continuación del teatro por otros medios.

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