Un independentista ejemplar

Un independentista ejemplar
  • Carlos García-Mateo

Luce un lazo amarillo en su solapa y se diría que tiene el don de la ubicuidad. Voy a tomar café en una terraza y allá está, hablando amistosamente -en castellano- con el camarero ecuatoriano. Si luego entro al banco por cualquier asunto, espera turno en la cola. Comenta con la señora que tiene delante: “¡La Caixa no es lo que era!” Lo veo en la peluquería, haciéndose la manicura. Le tratan como el señor que es. Su apellido sobrevuela la sala, colmado de atenciones: “¿Una copa de cava, Sr. B.?”, “¡Qué moreno está, Sr. B.!” Coincido también con él en algún restaurante predilecto.

Me saluda educado y comentamos el tiempo cuando coincidimos en el ascensor. Es vecino mío. Ha colgado una bandera en su balcón a favor “de los presos políticos”. El balcón de un piso de propiedad de trescientos metros cuadrados, en una finca regia cercana a Diagonal. La heredó de su padre, arquitecto catalán que hacía obra pública en los años cincuenta y sesenta. Su padre se empeñó en que estudiara derecho, le montó un despacho y cartera de clientes. Hasta que se jubiló a los cincuenta y cinco con la sensación cumplida de haber trabajado suficiente.

El lazo en la solapa es una cosa nueva, un distintivo de última hora en la familia B. Su abuelo se escondió varias veces, durante las turbulencias de los años treinta; cuando el Frente Popular, con los anarquistas y en los meses de Companys. Después, a la llegada de Franco, la familia recuperó posición y propiedad. También prosperidad. Fueron décadas de sosiego, de la certeza que procura el orden. Después, la democracia, sistema más asilvestrado, causó una cierta inquietud. Todos aquellos fantasmas de la guerra con sus siglas recuperadas. Pero llegó Pujol y salvó el orden en el nuevo régimen. Le ofrecía a B. las mismas seguridades burguesas con el suave añadido del reconocimiento patriótico. ¿La independencia de Cataluña?, le preguntaban al Honorable President. Contestaba automáticamente: “Eso no toca.”

El cuento, décadas más tarde, es conocido. Por obra y gracia del catalanismo, al que seguían yéndole bien las cosas, se inició el llamado procés. Y nuestro héroe, el Sr. B., se puso el lazo amarillo en la solapa, amén de asistir a todas las históricas citas que desde 2012 vienen celebrándose en Barcelona. En cierto modo, podría parecer que el Sr. B. es un actor devorado por su reciente papel. Además de actuar, cosa imprescindible en el mantenimiento de una ideología, el indepe arquetípico posee una idea no ficticia del funcionamiento de las cosas. No tiene una acción que pueda comprometer su modo de vida. Sigue declarando a la Agencia Tributaria y demás. En esto, hay una diferencia sustancial respecto a los veinticinco políticos catalanes procesados, numéricamente el 0’002 % del electorado independentista, teniendo en cuenta las últimas elecciones. Así es la aventura liberadora. No ha habido ningún pueblo detrás dispuesto a incómodos compromisos.

Afloran las contradicciones, sobre las que los periodistas sesudos suelen incidir. Al Sr. B., independentista ejemplar, eso se la trae al pairo. Sonríe por dentro (¡es un burgués!) ante las vestiduras rasgadas, los acaloramientos y los altos listones de la moral y la decencia que azuzan los enemigos de Cataluña. Hay una ironía en todo, pero no deja de ser intrascendente. Puede estar en misa y repicando; se puede llenar la boca de agravios hacia España y largarse entonces unos días a Madrid, donde se come fenomenal. El tema de la coherencia, hoy tan demodé, no causa aflicción alguna en nuestro protagonista. Un independentista ejemplar, un postmoderno ejemplar.

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