La Generalitat invisible

La Generalitat invisible
  • Valentí Puig

La Generalitat, en manos del independentismo más centrífugo, ha entrado en la fase previa a la autodestrucción, al aislamiento y la anomia. Solo con el liderato de una sociedad “start up” se podría confiar en un futuro creativo. Recuperar la credibilidad institucional en Cataluña- ahora en manos de ayuntamientos que sí saben lo que hacer con el Coronavirus- va a requerir una voluntad constructiva de la que carece esa Generalitat a la vez invisible y opaca, involutiva y cerrada. La célebre sociedad civil –tan ausente en los momentos críticos- tiene hoy una gran tarea que cumplir. Hay razones para la incertidumbre porque el Coronavirus y su impacto económico, si no se ha perdido todo sentido común, son algo de mucho mayor volumen que los agravios simbólicos del nacionalismo, más de escenificación que de calado. La Generalitat pretende dividir lo que la respuesta al virus, por un efecto natural, ha unido. A los CDRs que incendiaron Urquinaona no se les ha visto como voluntariado sanitario ni a los “consellers” de la Generalitat donando sangre.

Entretanto, el PdeCAT ha desaparecido, Puigdemont desvaría incluso más, de ERC no se sabe por dónde anda, el PSC está en La Moncloa y el constitucionalismo no se ensancha. De nuevo sólo se manifiestan satélites enloquecidos como una Assemblea Nacional que acusa a Madrid de propagar el virus y pide la retirada del ejército imperial cuando resulta que en la calle se aplauden la actuación de unidades militares como la UME. De cada vez más acorde con la televisión de Ceaucescu, TV3 persiste en dislocar la sociedad catalana. En realidad, decir que existen dos sociedades catalanas no es exacto porque en estos momentos, salvo núcleos del activismo independentista, solo hay una, plural, desasosegada y muy alejada de los pronunciamientos de Quim Torra desde una Generalitat por completo disfuncional y con un gobierno autonómico que ni tan siquiera logra disimular sus relevantes incompetencias. Todo aquello que, en los momentos estables de Cataluña ha representado la Generalitat, como ocurrió con Tarradellas, puede quedar en nada cuando se frene la pandemia y se tengan que concertar las formas de salir lo antes posible de la crisis económica.

Pero no es cierta la división de Cataluña en dos bandos enfrentados porque cuando las cosas se ponen tan difíciles la mayoría ciudadana sabe que lo que es malo para España es malo para Cataluña y al revés. Cuando la Generalitat reclama las competencias que por ley pueden ser gestionadas de modo centralizado, como así está ocurriendo, ¿le importa eso a alguien en la Cataluña real? Mientras las contradicciones y deslealtades de la Generalitat no cesan, la ciudadanía está, y de forma admirable, siguiendo las normas y objetivos del estado de alarma, como en toda España y, prácticamente, en todo el mundo. Por eso hay quien se pregunta si es mejor una Generalitat del todo invisible o visiblemente disfuncional.

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