Así no, Majestad
No soy sospechoso. Fui de los que saludó con infinito optimismo la llegada al trono de Felipe VI en junio de 2014. Más que nada, porque sabía de qué pie cojeaba Juan Carlos I y conocía con precisión milimétrica la impecable conducta ética de su sucesor. A uno le llegan antes que al común de los mortales esos rumores que normalmente representan la antesala de la noticia. Del heredero de Franco a título de Rey llevaba años escuchando toda suerte de multimillonarias tropelías corruptas, tropelías que acabamos probando en rigurosa primicia en OKDIARIO, todo lo contrario que su hijo, del que nunca, jamás, ni antes ni ahora, he recibido un chivatazo que ponga en cuestión su integridad legal y moral. Ni de él ni de su mujer. Con Don Juan Carlos quedó empíricamente demostrado el «cuando el río suena, agua lleva» del refranero español. Con el actual representante de la dinastía Borbón, también. En el primer caso había un pantano, en el segundo un secarral cuando no un desierto.
El caso Urdangarin, destapado también en primicia por un servidor y Esteban Urreiztieta, el elefantazo en Botswana y el consiguiente y no menos patético «lo siento mucho» dejaron contra las cuerdas a una monarquía cuya gran razón de ser, por no decir la única, es la ejemplaridad. La etapa Alfonsín al frente de la Casa del Rey constituyó un auténtico paseo triunfal. Heredaron un edificio en ruinas, plagadito de cargas en las escrituras, infestado con una aluminosis severa, lo apuntalaron sin prisa pero sin pausa y consiguieron que a día de hoy sea junto con la Policía, la Guardia Civil y las Fuerzas Armadas la institución mejor valorada.
Mérito de un Felipe VI provisto de un austero carisma y del hasta hace dos años jefe de la Casa del Rey, Jaime Alfonsín, el mejor servidor público que he conocido en mi vida. Nuestro monarca era por aquel entonces un personaje consciente de las limitaciones de su cargo, reina pero no gobierna, vamos, lo normal en una democracia moderna, pero no se cortaba un pelo a la hora de decir «no» al Gobierno de turno por razones legales, éticas e incluso estéticas. Lo certifica más allá de toda duda razonable la intrahistoria de ese 1-O del que algún día escribiré un libro.
La comparecencia de Felipe VI el 3 de octubre de 2017 multiplicó hasta el infinito el prestigio de la Casa Real en general y de su titular en particular
Aquellas jornadas que vivimos peligrosamente por culpa de un Gobierno que ordenó a la Policía no entrar en las naves de Barcelona donde escondían la mayor parte de las urnas, se suscitó el debate acerca de la conveniencia de que Felipe VI se hiciera un Juan Carlos I. Que hiciera un discurso televisado en prime time para hacer frente a los golpistas. Con la gran diferencia de que su padre paró un putsch que había incitado y no precisamente indirectamente y nuestro protagonista frenó en seco uno en el que obviamente no tenía arte ni parte.
El Gobierno Rajoy prohibió a Don Felipe, con buenas palabras eso sí, salir a dar la cara. Entre otras cosas porque el registrador santiagués dudaba si hacerlo él. El presidente del Gobierno deshojaba la margarita, la volvía a deshojar, Rajoy en estado puro, pero la casa continuaba sin barrer mientras los enemigos de la democracia campaban a sus anchas en medio de un ridículo internacional del que aún no nos hemos recuperado. Hasta que a Felipe VI se le acabó su sacrosanta paciencia y tiró adelante desoyendo los ruegos del jefe de gabinete de Rajoy, Jorge Moragas, para que no lo hiciera. Aquella comparecencia del 3 de octubre fue un éxito que multiplicó hasta el infinito el prestigio de la Casa Real en general y de su titular en particular.
Por eso, precisamente, continúo sin salir de mi asombro ante varios episodios protagonizados del verano a esta parte por el jefe del Estado. Ni entiendo ni comprendo que no felicitase a María Corina Machado tras ser galardonada con el Premio Nobel de la Paz el 10 de octubre. Zarzuela alegó que sólo lo hace cuando los premiados son españoles pero a alguien en Palacio se le escapó la elemental evidencia de que sí lo hizo con Barack Obama y con Juan Manuel Santos. Y que yo sepa ni el primer presidente afroamericano de los Estados Unidos nació en Chamberí ni el amigo de las FARC en Pamplona como yo. El mimetismo Zarzuela-Moncloa llamó poderosamente la atención. El gánster que preside España aseguró que «nunca» felicita premios Nobel pero, inmediatamente, las redes se inundaron de tuits de un sujeto al que se coge mucho antes que a un mentiroso o un cojo. Lo había hecho no menos de cinco veces.
El discurso del Rey la pasada Nochebuena nada tuvo que ver con la plausible contundencia que exhibió hace ocho años en plena era Rajoy
Don Felipe debería haber sido más sensible al reconocimiento a una demócrata que lucha por la libertad, la democracia y los derechos humanos en un país con 1.000 presos políticos, decenas de miles de ejecuciones extrajudiciales, un sinfín de desaparecidos que empequeñecen a Pinochet o Videla, torturas por doquier y 9 millones de exiliados. A una heroína que ganó las Elecciones Presidenciales por Edmundo González Urrutia interpuesto y a la que robaron el resultado con la complicidad de un Gobierno de España que puso nuestra Embajada al servicio de la ignominia. Felipe VI no debe olvidar que no es Pedro Sánchez y, por tanto, no puede ni debe situarse a su misérrima altura moral.
El discurso de Nochebuena nos atragantó el cordero a todos los españoles. Esencialmente porque en el speech más esperado del año no existía la palabra «corrupción» pese a que de lo único que se habla en nuestro país en los dos últimos años es de una mangancia, la del PSOE, que más que a la del tardofelipismo nos recuerda a la de la Tangentópoli de la Italia de primeros de los 90. Lo examiné por arriba y por abajo, del derecho y del revés, de la página 1 a la 6, y el término más tecleado en los móviles patrios ni estaba ni se le esperaba. A todo lo más que llegó fue a reclamar «especial ejemplaridad en el desempeño del conjunto de los poderes públicos». Una mención que lo mismo sirve para el PSOE, que para el PP, el Partido Humanista o Pacma. Nada que ver con la plausible contundencia que exhibió hace ocho años en plena era Rajoy cuando exigió implícitamente al entonces primer ministro «cortar de raíz y sin contemplaciones la corrupción». Un agravio comparativo de primera división teniendo en cuenta que la mayor parte del trinque de esa etapa era heredado y que el que se produjo es un juego de niños al lado del perpetrado por el sanchismo.
Igualmente incomprensible resulta que el 24 de diciembre hiciera suyo el palabro «crispación», maquiavélicamente empleado por el PSOE para intentar frenar las noticias sobre su elefantiásica corrupción. El mantra de la «crispación» era el pan nuestro de cada día con Felipe y lo vuelve a ser con Sánchez. Entonces se acusaba de crispar la convivencia a los periodistas decentes y ahora se repite la historia.
La preocupante clonificación Sánchez-Felipe de Borbón alcanzó su cénit la semana pasada cuando el primero de los españoles se refirió a los presos políticos de la narcodictadura venezolana como «ciudadanos retenidos». «A todos debe alegrarnos la liberación de cinco compatriotas y otros ciudadanos que se hallaban retenidos», afirmó textualmente como si se tratase de conductores a los que la Guardia Civil ha dado el alto en una autovía y no deja continuar su camino porque no llevan encima el carné de conducir o el permiso de circulación. «Retenido» es mucho menos que «detenido» y está a años luz de la condición de «preso». De primero de perogrullo.
No creo que Felipe VI esté «secuestrado» por Sánchez, pero sí creo que tiene miedo a una izquierda podemizada y ‘etarrizada’ hasta la náusea
Lo que encendió definitivamente todas las alarmas fue el tan indudable como acongojante hecho de que ese mismo «retenido» era el concepto que había empleado el miserable del marido de la pentaimputada Begoña Gómez para referirse a los reclusos de conciencia que mantiene en su poder su amiga Delcy Rodríguez en El Helicoide, en Ramo Verde y en ese infierno en la tierra que es La Tumba.
Sus aplausos y su «enhorabuena» la semana pasada a ese acuerdo de la UE con Mercosur que constituye una auténtica puñalada trapera a nuestros agricultores tampoco invita a la esperanza. No creo que el Rey de España esté «secuestrado» por Pedro Sánchez como argumenta Vox, ni mucho menos, pero sí albergo la terrible convicción de que tiene miedo a una izquierda podemizada y etarrizada hasta la náusea. El pavor a que se revivan esos episodios de abril de 1931 cuando quienes perdieron esas elecciones municipales convertidas en un plebiscito monarquía-república dieron un golpe de Estado en toda regla que acabó con Alfonso XIII tomando un barco en Cartagena rumbo al exilio. A nadie medianamente informado se le escapa el incontrovertible hecho de que como Sánchez repita en Moncloa el referéndum está servido.
Felipe de Borbón y Grecia no puede ni debe perder el favor de los suyos, de sus incondicionales, incluso de quienes creen en este modelo de Estado pese a no ser intelectualmente monárquicos, so pena de incurrir en un auténtico suicidio. Si los suyos le dejan de lado quedará al albur de esa panda de totalitarios que quieren destruir no sólo nuestra monarquía sino la España constitucional enterita, en resumidas cuentas, a los pies de los caballos ante quienes anhelan pasar página al mayor periodo de paz de nuestra historia para transportarnos a Venezuela sin salir de Europa Occidental. Y aunque sólo sea por no repetir el resultado de nuestros dos experimentos republicanos, sobra recordar cómo terminaron, espero que aguante la embestida zurda y vuelva por sus fueros. Los del que todos esperamos que acabe pasando a la historia como el mejor Rey de todos los tiempos. Corona, sí; Wokorona, no.