Antifascismo de hojalata

La denuncia del peligro fascista es un comodín que la izquierda se resiste a abandonar. Sólo hay que oír al enamorado Pedro Sánchez o a Antonio Llabrés, el profesor de derecho alternativo que pilota la OCB y que el pasado domingo se venía arriba para advertir a la presidenta del Govern. «O Prohens está con quien defiende el catalán o se arrodilla ante el fascismo».
Son cansinos estos antifascistas. En realidad, se les podría aplicar aquello de siempre habla quien no debe porque el antifascismo pronto se convertiría en disfraz y coartada de quienes se comportan como fascistas de verdad, ya sea arrogándose en primera persona la idea de la democracia para librarse de los pesos y contrapesos de los que se vale todo Estado de Derecho para limitar el poder del gobierno que para los liberales siempre será (el Estado) la mayor amenaza de la que resguardarse, ya sea manifestándose con la única finalidad de seguir manteniendo la exclusión de todos los usos administrativos y educativos de una de nuestras dos lenguas cooficiales.
Pese a su retórica antifascista, la OCB no puede quejarse del trato exquisito que siempre le han dispensado aquellos a los que señala como «fascistas», desde las autoridades franquistas hasta los gobiernos del PP balear. Tampoco respaldar a golpistas, forajidos separatistas o condenados por enaltecer el terrorismo supone ninguna carta de presentación especialmente brillante en términos democráticos, sí, por supuesto, en términos fascistas. Ideológicamente, por otra parte, no existe mayor contradicción para los nacionalistas que presentarse como antifascistas.
La Europa por la que suspira el Centro Internacional Escarré para las minorías étnicas y las naciones y el catalanismo político de esta tierra es, sin grandes variaciones, la Europa de Hitler. Lo que antes eran etnias o razas han sido sustituidas por culturas o lenguas. Pero el mapa es el mismo. Con todo, siguen apelando a la retórica antifascista para comportarse como verdaderos fascistas a la hora de pisotear los derechos lingüísticos individuales de más de la mitad de baleares, a mayor gloria de lo que ellos llaman «derechos colectivos». Todo por la lengua.
Pese a la derrota definitiva del fascismo y el nazismo en 1945, la retórica antifascista ha sobrevivido a la muerte del agente al que combatió con una salud envidiable. El espléndido ensayo El pasado de una ilusión de François Furet detalla la evolución de la idea antifascista y de cómo, sin perder un ápice de su influjo, el antifascismo fue convirtiéndose en la principal baza de la izquierda occidental para obtener una superioridad moral frente a la derecha. Y ahí siguen, ochenta años después, buscando fascistas y criptofascistas. La razón por la que continúan con esta retórica falaz y mendaz es que el antifascismo se ha demostrado profundamente eficaz ya que consigue cinco funciones: presentarse como moralmente mejores (pensar de una determinada manera te hace mejor), acoquinar a los acomplejados, blanquear el rosario de crímenes del comunismo, seguir juzgando a la izquierda por sus intenciones y nunca por sus hechos y desviar la atención ante los ataques del adversario.
El antifascismo fue inventado hace casi un siglo por la Internacional Comunista para alumbrar la estrategia de los frentes populares que tenían como principal objeto acoger al estalinismo al campo de los demócratas. En los años treinta, los frentes populares de Francia y España fueron una conjunción variopinta (y con intereses contrapuestos) de las fuerzas republicanas de izquierdas, los anarquistas, los socialistas y los comunistas, cuyo único nexo de unión era combatir el fascismo, fuera éste real o imaginario como en España donde había una derecha católica pero no fascista.
La pretensión de los frentes populares era integrar a los comunistas estalinistas en el campo de los demócratas, presentándolos como la vanguardia de las democracias, la libertad, la encarnación de los derechos humanos y la emancipación del hombre. La hipocresía no podía ser mayor. Mientras los comunistas estalinistas se presentaban al mundo como los adalides de la democracia y los derechos humanos, en el interior (en la Unión Soviética, pero también en la España frentepopulista después de tomar el control tras los sucesos de mayo de 1937) el terror estalinista estaba en pleno apogeo y los crímenes de Stalin superaban en mucho a los cometidos hasta entonces por Hitler, la cara más visible del fascismo al que se quería combatir.
Al abrigo de la idea antifascista, la Internacional Comunista desplegó una inmensa obra de mitomanía propagandística al servicio de un Stalin guardián de las democracias, reclutando para sus intereses a numerosos intelectuales, artistas y escritores occidentales de perfil progresista que se convirtieron en el mayor reclamo del movimiento comunista.
La dialéctica del antifascismo era muy simple. Quien critica a Stalin está a favor de Hitler. Quien critica la II República está a favor de Franco, diríamos ahora. «Como un judoka, Stalin aprovecha, invirtiéndolo, el odio manifiesto de los nazis a la democracia. El genio del georgiano (Stalin) consiste en haber hecho caer a tantos hombres razonables en esta trampa, tan simple como aterradora», señala Furet.
Al presentarse como la contracara de Hitler, el comunismo ya no se definía por lo que era en realidad (el país de la «mentira generalizada y obligatoria» en palabras del francés André Gide), sino por lo que se oponía a Hitler. La Unión Soviética era un infierno en el que no sólo se exigía la aprobación resignada ante la nomenclatura estatal, sino que esta aprobación debía ser «sincera y hasta entusiasta». La definición perfecta de un régimen totalitario. «Y dudo que en algún otro país de hoy, así fuera en la Alemania de Hitler, sea menos libre el espíritu, menos sometido, menos temeroso (aterrorizado), más avasallado», llegará a decir Gide de la Unión Soviética, de la que había sido antes compañero de viaje.
Desde sus inicios, como vemos, incluso cuando combatía a un fascismo real y no imaginario, el antifascismo nunca dejó de ser el exponente más brutal del cinismo en política. Ochenta años después de la derrota del fascismo y sólo con fascistas imaginarios a los que combatir, el antifascismo de hojalata sigue reuniendo a fariseos como Llabrés y Sánchez que, camuflándose de falsas víctimas, se terminan comportando como los fascistas a los que dicen combatir.
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