Adamuz convierte la península en una suelta de toros

Adamuz, Pedro Sánchez, Paula Ciordia
Paula Ciordia

El Gobierno de Pedro Sánchez y sus bandidos han convertido la península ibérica en una suelta de toros tras Adamuz, donde la bestia puede salir de cualquier estación de ferrocarril. Yo veo un tren y pienso en un morlaco bravo atravesando la dehesa. Estoy en el andén, y me cuadro como ante San Fermín en Pamplona. Y cuando estoy abordo, me siento que corro por sus callejuelas empedradas pasando por la curva de Mercaderes hasta llegar a la MECA.

Para no gustarles los toros y quererlos quitar, los comunistas han apostado por matarnos a todos de miedo. En estos momentos, según la percepción generalizada, en nuestro país es más fácil morir en un trayecto de tren, que delante de un toro. Que se dice pronto.

Y las muestras de condolencias a nivel internacional –con portadas en los principales medios–, han servido para viralizar ese miedo en tantos países como turistas recibimos al año. La polémica instantánea de una parte del chasis inferior de un tren de Adamuz –que según la Guardia Civil fue localizada el lunes–, pero publicada con perplejidad y horror por The New York Times, ha dado la vuelta al mundo.

Cualquiera de los 46 fallecidos y de las decenas de víctimas podíamos ser nosotros –los que todavía no nos ha tocado, habiéndose convertido el tren en el metro de España–. Un altísimo porcentaje de los viajeros recordamos algún episodio reciente de temblor. Todos hemos sufrido retrasos en los últimos años hasta normalizarlo. Por no hablar de los pésimos controles de pasajeros para acceder al convoy, que un día tendrá como respuesta otra tragedia más.

Insisto: los mismos que nos dicen que ir a una plaza de toros es violento y que los menores no deben ir porque aprenden a naturalizar la violencia, son los que nos tratan peor que a ganado, llevándonos al matadero con su ineptitud. Ya vale. J’accuse al Gobierno de Pedro Sánchez de hacer terrorismo de Estado: una pandemia terrorífica, una DANA catastrófica, un apagón tercermundista, unas infraestructuras que se han vuelto en una atracción de feria…

Y en medio del dolor y el sufrimiento sin consuelo en el que están sumidas estas familias que viajaban injustamente en aquellos trenes –para los que no llegan los impuestos latrocidas que se van por el sumidero de la corrupción– brotan –por sorpresa y por doquier– testimonios de los supervivientes que están dejando a los periodistas boquiabiertos.

Las víctimas hablan en directo de Dios y sus milagros. Hablan del cielo y de la eternidad. Hablan con rabia, pero con esperanza. Huelva huele a flores desde Irún porque a la Virgen de los Remedios se le ha colmado de rosas, y el aroma colorado de sus pétalos une a la España auténtica, la que no muere, la que siempre resiste, la que permanecerá. «¡Huelva es mariana!», gritan al luciferino presidente.

«Los heridos están en manos de la Virgen. No se puede hacer un funeral laico», le advierten. En contraste, hay políticos que ya han roto el consenso ateo, y se santiguan y rezan por las víctimas. Unámonos en ese gesto, con ese rito. Como cuando las banderas salieron del armario para engalanar los balcones. En mi retina tengo la esfinge de los legionarios ceutíes, despidiendo a un novio que va al encuentro de su novia ante el Cristo de la Buena Muerte.

Y, por eso, en esta vigilia que padezco desde el luctuoso pasado domingo, cuando Adamuz convirtió la península en una suelta de toros –como se demostró en los Rodalíes– me digo que el principio del final de todos ellos está muy cerca. Con la puerta del desolladero esperándoles.

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