El 88 cumpleaños de Juan Carlos

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  • Jaime Peñafiel
  • Periodista político y del corazón. Experto en noticias sobre la aristocracia y la familia real. Ex redactor jefe de la revista ¡Hola! y fundador del diario El Independendiente y La Revista. Escribo sobre la Casa Real.

El pasado 5 de enero hizo, nada menos, que ¡88 años! que en el ABC de Sevilla se podía leer una noticia de 10 líneas que decía textualmente: «En Roma ha dado a luz con toda felicidad un hijo varón la princesa doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, esposa de don Juan de Borbón». La noticia ni el nombre del niño, que 37 años después sería rey de todos los españoles, daba. El nacimiento se produjo «dos meses antes de lo previsto». «¡Debía tener mucha prisa por llegar aquí!», según reconoce el propio don Juan Carlos al comienzo de sus Memorias Reconciliación (Planeta 2025).

Ningún otro periódico prestaba la más mínima atención a aquel nacimiento. Poco o nada debía interesar la noticia a aquella España dividida y en guerra civil. Tampoco a su padre, que se encontraba de cacería a 200 kilómetros de Roma mientras la madre daba a luz, en solitario, en la Clínica Angloamericana de la capital italiana, a las 13.15 horas en un día tan frío como el del aniversario de este año.

Siempre he reconocido que prefiero al hombre que al rey que se convirtió aquel infante. También me seducía mas Juanito, aquel niño traído, llevado, aconsejado, mimado, obedecido, sacrificado y engañado, que Juan Carlos, el hombre calculador, paciente, indiscreto, infiel, frívolo, ingrato y desagradecido.

Cuando niño, sólo era Juanito. Juanito para sus padres y sus hermanos. Juanito para su familia y sus amigos; don Juanito para sus profesores. A lo largo de su vida también recibiría otros nombres y apodos: «S.A.R.» en la academia militar; el «borbón» y el «fabiolo» en la universidad y el «Breve» entre la gente corriente.

No se puede negar que don Juan Carlos ha sabido siempre poner en acción las tres facultades de todo hombre, según Platón: la razón que esclarece y domina, el coraje para actuar y los sentidos que obedecen.

El 22 de noviembre de 1975, este hombre se convertiría en rey de todos los españoles porque Franco así lo quiso, instaurando una monarquía, una nueva monarquía surgida del 18 de julio en la persona de quien, tarde o temprano, hubiera sido rey en tanto que heredero de su padre, quien, siendo hijo de rey y padre de rey, nunca fue rey.

De no haber sido rey

De Juan Carlos puede decirse que es lo único bueno que dejó el Generalísimo. ¿Qué hubiera sido don Juanito de no haber sido rey? «Dios me ha colocado en este puesto y no puedo elegir. No ser abogado, ni economista ni ingeniero porque tenía que ser… rey. Nunca he podido responder en concreto a preguntas como ésta. Quizás hubiera sido marino o aviador, o ingeniero, no estoy seguro. Acaso lo que quiero decir es lo que me hubiera gustado hacer, que no se si es lo que hubiera hecho».

Durante mucho tiempo no tuvo claro su futuro. Y mucho más antes de su proclamación como príncipe de España.

«Estoy cansado de esta situación. Quiero saber de una vez y para siempre qué voy a hacer. Estoy aburrido», me dijo en uno de nuestros encuentros en Zarzuela con motivo del cumpleaños, ¿del príncipe?, ¿de alguna de las infantas?, a los que yo acudía provisto de máquina y de… tarta. Todavía recuerdo la bronca que me echó doña Sofía por llegar tarde con la tarta que estaban esperando para que la infanta pudiera apagar las dichosas velas.

No se escandalicen los lectores si les cuento que don Juanito nunca hubiera sido rey de haber tenido que pasar una oposición, ya que era un mal estudiante. No lo digo yo, sino su primer profesor, don Eugenio Vegas, quien le amonestaría por su falta de aplicación.

Todo esto no significa que el rey de hoy sea, como fue ayer, «un amor de niño hecho visible». Lo que ocurre es que aquel niño (y a todos los niños), como a los años, nunca más se les vuelve a ver.

Sorprende conocer hoy que don Juanito, dotado de un espíritu crítico impropio de su edad y nada ingenuo, no se tragaba fácilmente lo que se le decía ni tampoco se callaba. En una ocasión, siendo alumno del colegio marianista Ville-Saint-James en Friburgo, interrumpió al profesor de religión a propósito del Ave María…

«Qué tonterías se dicen al rezar. ¿Por qué eso de ‘bendito es el fruto de tu vientre’?», preguntó. «Unos dicen que los niños vienen de París, otros que los trae la cigüeña y otros que se encuentran en un repollo… pero nada de eso es cierto…». Entonces Juanito tenía ocho años recién cumplidos.

Resulta curioso que a cientos de kilómetros de allí, una princesa llamada Sofía de Grecia manifestaba poseer el mismo espíritu crítico que don Juanito cuando tenía muy pocos años más. Durante una de las clases, cuando el profesor explicaba que los niños recién nacidos también tienen sentimientos eróticos, Sofía se puso en pie e interrumpiendo al profesor le replicó: «Me gustaría saber qué bebé le ha contado ese cuento».

El día que perdió la libertad

En cierta ocasión, el escritor Víctor Salmador le preguntó al entonces príncipe Juan Carlos qué etapa de su vida recordaba con más cariño y añoranza. Sin dudarlo un momento le respondió: «La de Estoril, donde pasé buena parte de mi niñez. Y las horas más libres de mi adolescencia. Vistas ahora aquellas jornadas en las que vivía, naturalmente, sin preocupaciones, me parecen años maravillosos. O dicho de otra manera, aparecen en mi mente vinculadas a lo más agradable que tiene esa peripecia humana que es vivir en libertad».

Posiblemente nada representa más elocuentemente el sentido de esa libertad tan añorada hoy por don Juan Carlos, que una cometa, una simple cometa: «Recuerdo la primera vez que viajé desde Friburgo, en cuyo colegio suizo de los marianistas estudiaba, a Estoril, donde vivían mis padres. Entre mis manos llevaba un paquete del que no me separé ni un momento en todo el viaje. Nada más llegar a casa, deshice el paquete y desplegué su contenido: una cometa que mi abuela, la reina Victoria Eugenia, me había regalado. ¡Quién pudiera volver a sentir aquella ilusión de izar una cometa y percibir en la mano el tirón del hilo, ver la frágil cometa allá arriba, en busca de la libertad! Aquellos tiempos fueron la edad de oro de mi vida. Quizá por eso sea saludable tratar de conservar algo infantil dentro de nosotros. El hombre al que los años no logran matar la mente ingenua, crédula, siempre dispuesta para la maravilla de los tiempos de su niñez, tiene mas probabilidades de disfrutar de eso que llaman felicidad».

Pero en septiembre de 1948 termina esta vida en libertad de un niño como cualquier otro. «Aquí todo el mundo me dice que voy a estudiar a España. Papá me lo ha dicho porque ha hablado con el generalísimo Franco».

Hasta entonces, Juanito había tenido tan solo un preceptor. Se trataba de un monárquico exiliado, Eugenio Vegas Latapié, que gozaba de toda la confianza, tanto de don Juan como de la reina Victoria Eugenia. Pero cuando conoce la decisión que ha tomado el conde de Barcelona, de acuerdo con Franco, de que el príncipe se traslade a España para iniciar su formación como heredero, el bueno de Eugenio sabe que no podrá continuar encargándose de la formación cultural y espiritual del niño.

La carta que deja a Juanito es de lo más triste y dramática: «Si alguien se atreviera a decir a V.A. que le he abandonado, sepa que no es verdad. No han querido que yo siguiera a su lado y me tengo que resignar… Que sea muy bueno, que Dios le bendiga y que, alguna vez, rece por mí».

Desde ese momento, Juan Carlos ya no estará nunca, jamás, solo. Ni siquiera para sus correrías de joven o de hombre. Siempre tendrá que contar con la complicidad celestinesca de alguien porque siempre estará condenado a vivir bajo el control, la vigilancia, el cuidado y la mirada de tutores, preceptores, ayudantes de servicio que se turnarán durante las veinticuatro horas para no abandonarlo ni como príncipe ni como rey, para que nunca pueda hacer lo que le dé la real gana, para vivir una vida que a ningún hombre puede hacerle feliz.

«Lo que siento es no haber tenido y no tener al mismo tiempo que mi vida oficial otra vida corriente, una vida normal como la de tantos y tantos hombres», me dijo en cierta ocasión.

Ese día de septiembre de 1948 comenzó a saber que no era posible esa doble vida, que no era posible «tetas y sopas». La corona real tiene espinas y su vida ha de ser ejemplarizante. Porque así, solo así, se justifica la Institución. Y, a veces, ni siquiera así. Desgraciadamente, no lo fue, no lo ha sido, porque está llena de luces y sombras.

Chsss…

Me ha sorprendido que la revista de mis amores y mis dolores, tan monárquica ella, no recoja en el número de esta semana absolutamente nada, sobre el 88 cumpleaños del rey Juan Carlos (sí, el rey).

Una fecha, un hito de crecimiento para reflexionar sobre el pasado, agradecer el tiempo vivido, planificar el futuro y honrar su vida misma.

Con tal motivo se ha reunido en Abu Dabi no solo el núcleo duro de sus amigos como Pedro Campos, los empresarios Vicente Boluda, Vicente Dalmau, Miguel Arias, Javier Corsini, Vicente Cebrian, Jerónimo Páez, Carlos Cutillas, así como los doctores Eduardo Anituz y Manuel Sánchez y la ilustre dama Esther Koplowitz.

También y, por supuesto ,sus amadísimas hijas, las infantas Elena y Cristina, y hasta los seis nietos, Victoria Federica y su hermano Froilán, los hermanos Urdangarin, dos de ellos junto con sus parejas Johanna Zott, Olympia Beracasa, y Sophia Khan.

Nunca como en esta ocasión se ha echado en falta la presencia de la reina Sofía.

¿Tanto le odia?

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