El Comunismo 25 años después

El Comunismo 25 años después
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El presidente Reagan afirmó en 1987 que “un comunista es alguien que ha leído a Marx y a Lenin. Un anticomunista es alguien que ha entendido a Marx y a Lenin”. No se trató de un comentario baladí. Ponía de manifiesto lo que ha supuesto para la humanidad la ideología comunista, que el pasado 26 de noviembre cumplió 25 años de su desaparición. Ante las llamadas “nuevas políticas” y una cierta nostalgia de que el comunismo esté todavía presente en ciertos países, es necesario analizar una ideología que no esconde sino la más cruel de las formas de represión surgidas en el siglo XX y de lo que ésta supuso para el ser humano, empezando por negar su condición de tal.

El comunismo supuso la violación masiva de los derechos del hombre. Antes de que finalizara la década de los ochenta, el número de personas que vivía bajo régimen comunista era de más de mil millones. Para acaparar su poder, fueron más allá de los asesinatos individuales y de matanzas e integraron los procedimientos criminales en sus sistemas de gobierno. Según cifras independientes, el número de asesinados por los regímenes comunistas fue, en la Unión Soviética, de 20 millones, China, 65 millones, Corea del Norte, 2 millones al igual que Camboya, Vietnam 1 millón, lo mismo que en la antigua Europa Oriental, mientras que en todo África fueron 1,7 millones las personas asesinadas y más de 150.000 en Iberoamérica.

No fueron crímenes aislados de gobiernos individuales. Fueron el resultado directo de la teoría de la lucha de clases que imponía la necesidad de “eliminar” la categoría de personas consideradas como inútiles para la construcción de una sociedad nueva. Hoy esos “inútiles” serían la “casta” y aquéllos que desde nuestra sana crítica a elementos del sistema estamos dentro de éste. Económicamente, los regímenes comunistas llevaron a sus ciudadanos al hambre, a la pobreza y a la miseria. La desastrosa asignación del capital se perpetuó por decisión de un Comité, cuyos miembros eran los únicos que vivían en la opulencia. Los efectos se mantuvieron durante generaciones, mientras el atraso y el agigantamiento del gasto creaba más pobreza. En caso de existir contestación y descontento, se acudía a la represión. Se crearon constantes planes de “crecimiento” estatal, nuevamente más gasto y se amplió la deuda hasta el infinito. Baste como un dato de Alemania Oriental —groseramente denominada ‘Alemania Democrática’—, donde el retraso con respecto a Alemania Occidental era tan brutal que en 1990 el PIB per cápita en el Oeste era de 22.000 euros comparado con los 9.400 en el Este. El comunismo convirtió la planificación, negación de la libertad individual y el progreso, en un dogma para perpetuarse en el poder y garantizarse el control político a costa de todo, destruyéndose cualquier atisbo de prosperidad, calidad de vida, futuro y libertad.

Concentró el poder en manos de un pequeño número de dirigentes sin que éstos rindieran cuentas ni respetaran una mínima primacía del derecho. Se negó al hombre como tal, su capacidad individual y su ahínco por el progreso y la mejora. Los únicos derechos eran los “derechos políticos de toda la sociedad y clase trabajadora”, donde el hombre dejaba de existir y quedaba reducido a su calidad de miembro del Estado. Utilizó la violación de los derechos del hombre a gran escala. Hay grandes coincidencias con los efectos de otra ideología del siglo XX, el nacional socialismo, si bien hoy en día encontramos una notable diferencia. Si el carácter criminal y condenable del régimen nazi ha permanecido desde 1945 y sus ideólogos y dirigentes han rendido cuentas ante la justicia, los regímenes comunistas no suscitaron reacción comparable. Queda un cierto halo romántico que conviene desenmascarar. Demostraremos sobre todo a las jóvenes generaciones que no puede ser, el comunismo, un sustituto a nuestro sistema de libertades. Justificar tal ideología comprometería gravemente a éste… por muchos fallos que tenga.

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