Pakistán y Afganistán, la guerra que faltaba

Pakistán, Afganistán
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Trump no pierde oportunidad, a tiempo y a destiempo, de postularse para el Nobel de la Paz con la cantinela de que ha evitado o cerrado ¿seis guerras? ¿siete?, pero el mundo está ahora más caliente de lo que lo estaba a la llegada a la Casa Blanca.

Ahora, cuando el mundo contenía la respiración ante el anunciadísimo choque de Estados Unidos con Irán, Pakistán decide bombardear la capital de su vecino talibán, Kabul, un inesperado giro de guion en el área contigua a Irán.

Lo que hasta hace poco eran choques fronterizos esporádicos o acusaciones mutuas de apoyo a militantes se ha transformado en una escalada bélica de consecuencias imprevisibles entre Pakistán y Afganistán, dos vecinos islámicos que comparten una historia compleja marcada por tensiones étnicas, seguridad y rivalidades regionales.

El pasado 27 de febrero de 2026, el ministro de Defensa de Pakistán calificó abiertamente la situación como «guerra abierta» luego de que su país lanzara bombardeos sobre posiciones militares del gobierno talibán en Kabul, Kandahar y Paktia, un gesto sin precedentes en las relaciones directas con las autoridades afganas desde la caída del régimen talibán en 2021 y su posterior retorno al poder. Las autoridades pakistaníes dijeron haber matado a más de 130 combatientes talibanes y herido a otros 200, mientras que el régimen afgano afirmó haber causado decenas de bajas pakistaníes y capturado posiciones, aunque estas cifras no pudieron ser verificadas de forma independiente.

El detonante inmediato de esta crisis ha sido la acusación de Islamabad de que Kabul protege y da refugio a militantes del Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP), un grupo extremista que ha intensificado ataques suicidas y emboscadas en el noroeste paquistaní en los últimos años. Islamabad sostiene que Afganistán no ha cumplido con su compromiso de impedir que esos grupos operen desde su territorio, lo que ha llevado a una acumulación de incidentes en la extensa frontera de 2.600 km conocida como la Línea Durand, cuya legitimidad es disputada por Kabul desde hace décadas.

Es un conflicto que lleva larvándose hace tiempo. Desde 2024 ha habido combates intermitentes en zonas fronterizas y operaciones transfronterizas, incluyendo bombardeos previos en territorio afgano por parte de Pakistán con argumentos similares de seguridad, así como ataques suicidas en ambos lados de la frontera que han intensificado la desconfianza.

En Afganistán, al menos un campamento de refugiados cerca del cruce de Torkham fue impactado por los combates, con civiles heridos, incluidos mujeres y niños, obligando a evacuaciones. Los pasos fronterizos permanecen cerrados desde finales de 2025, interrumpiendo el comercio y los suministros esenciales en una región ya frágil.

Afganistán es un Estado «gamberro» (rogue) y diplomáticamente casi aislado cuyo alejamiento de la civilización alcanza extremos ridículos y que ha estado en guerra casi ininterrumpidamente desde la intervención de Estados Unidos en 2001 tras los atentados del 11-S, con la consecuente resistencia insurgente, retirada occidental y retorno talibán en 2021 que dejó una estructura estatal inestable y dependiente de su propia lógica de poder.

Ante esta escalada, actores internacionales como la ONU, China, Irán, Turquía y Arabia Saudí han hecho las habituales llamadas a la desescalada y mediación, conscientes de que una guerra sostenida entre dos Estados vecinos con capacidad nuclear —Pakistán posee arsenal nuclear— podría desestabilizar aún más una región que se ha convertido en el más probable kilómetro cero de una hipotética guerra mundial.

Aunque algunas voces políticas occidentales describen el fenómeno como «guerra abierta», lo que realmente está ocurriendo es la cristalización de tensiones de larga data en un ciclo de acción-represalia que amplifica mutuamente las acusaciones de apoyo a militantes, viola la soberanía territorial y bloquea vías de solución pacífica. La frontera entre Pakistán y Afganistán podría estar convirtiéndose en un teatro de confrontación prolongada, cuya resolución, si existe, pasa por acuerdos multilaterales complejos más que por simples ventajas militares.

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