Arqueología

Los arqueólogos no saben dónde esconderse: la cabeza de una momia estuvo 100 años mal identificada en un museo suizo

Momia, Bolivia, arqueología
La cabeza momificada procedente de Bolivia. Imagen: Abegg et al. 2025, International Journal of Osteoarchaeology; CC BY 4.0.
  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Analizar los restos del pasado es una de las cuestiones que más ayuda a entender cómo se ha desarrollado la humanidad hasta nuestros días. Pero que sea una tarea compleja no quiere decir que esté exenta de errores, y en los museos esos fallos pueden quedarse años sin que nadie los revise.

En este caso, el foco está en la cabeza de una momia que durante más de 100 años estuvo mal identificada en un museo suizo. Primero se pensaba que era inca, procedente de Bolivia, pero la realidad, según las pruebas recientes, es que pertenecía a un hombre del pueblo aymara, del altiplano boliviano.

Descubren que una cabeza de momia estuvo mal identificada en un museo suizo

La pieza, catalogada como Y-001, se conserva en el Museo Cantonal de Arqueología e Historia de Lausana. Llegó allí en 1914 como parte de una donación realizada por un empresario suizo que había viajado por Bolivia a finales del siglo XIX. En la etiqueta original se leía «cráneo de inca boliviano», una definición que durante décadas nadie cuestionó.

El error ha salido a la luz cuando el museo impulsó un programa de revisión de restos humanos antiguos. El estudio, publicado en agosto de 2025 en el International Journal of Osteoarchaeology y liderado por la antropóloga Claudine Abegg, de la University of Geneva, revisó tanto la biología del cráneo como su historia documental.

Según indican los expertos, la morfología no encajaba con un origen inca. El cráneo presenta una deformación artificial muy marcada, lograda en la infancia mediante ataduras continuas. Ese tipo concreto de modificación coincide con prácticas del altiplano boliviano vinculadas a poblaciones aymaras, no con los patrones asociados a la élite inca en época tardía.

Además, los investigadores documentaron una trepanación incompleta en el parietal derecho. El hueso muestra señales claras de cicatrización, lo que indica que el hombre sobrevivió al procedimiento durante un tiempo. También apareció un absceso dental severo en el maxilar superior, una lesión que debió causarle dolor y complicaciones.

Cómo lograron saber que la momia no era inca

Para aclarar la identidad de la cabeza Y-001, el equipo combinó antropología clásica con tecnología médica. Utilizaron tomografías computarizadas que permitieron observar el interior del cráneo sin tocar el tejido. Gracias a estas imágenes, los científicos confirmaron tanto la deformación craneal como la naturaleza de la trepanación y el alcance del absceso.

Asimismo, revisaron los archivos del museo y la correspondencia del donante. Ahí apareció el origen del problema, y es que la etiqueta de «inca» no se basaba en un estudio, sino en una suposición del propio coleccionista. En aquel momento, esa palabra daba prestigio y valor a cualquier resto procedente de los Andes.

Según explican los autores del estudio, la combinación de datos biológicos e históricos permite situar al individuo como un varón adulto, de al menos 350 años de antigüedad, probablemente enterrado en una chullpa, las torres funerarias típicas del altiplano aymara. El clima frío y seco habría favorecido la momificación natural.

Por qué este hallazgo sobre la cabeza de la momia tiene tanta importancia

Durante décadas, la cabeza Y-001 fue tratada como una curiosidad «inca», sin identidad propia. Hoy se reconoce como los restos de una persona concreta, perteneciente a una cultura viva, y ese cambio no es menor.

Además, el estudio refleja cómo el coleccionismo europeo del siglo XIX distorsionó el pasado indígena. La costumbre de llamar «inca» a cualquier resto andino simplificó la historia y borró a otros pueblos, como el aymara, que tuvieron un papel central en la región.

Por otro lado, esta identificación abre la puerta a debates actuales sobre ética y restitución. Según señalan los científicos, conocer el origen real es el primer paso para decidir el futuro de estos restos y para dialogar con las comunidades de las que proceden.

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