Ronda desde la mesa
Ronda se planta en lo alto con orgullo antiguo. El Tajo dicta ley, la serranía protege, el horizonte corta como navaja limpia. La ciudad mira hacia dentro y conversa con su tierra. Aquí no hay espuma de ola. Hay piedra, huerta, ganado. La cocina nace de ese pulso seco y fértil. Aceite con carácter, quesos de sierra, carnes con memoria. La estación marca el compás y el paisaje sostiene la mesa.
Ese aislamiento relativo ha sido escuela. Ronda ha conservado una identidad sin disfraz. El trazado urbano cuenta siglos, las plazas guardan conversación, la arquitectura respira campo. La despensa serrana manda sobre el discurso gastronómico. Hortalizas de huerta, caza cuando toca, quesos artesanos, AOVE con nervio, vinos de altura. En los últimos años han llegado proyectos que dialogan con esa raíz. Respeto, técnica, ambición. Nada de ruido. Territorio, producto, verdad.

Bardal ocupa el centro de la escena. No solo por las dos Estrellas Michelin y los dos Soles Repsol. También por una idea nítida de alta cocina de interior. Benito Gómez dirige con pulso firme. Su cocina parte de la tradición local y la hace avanzar sin piruetas. El restaurante no busca aplausos fáciles. Busca sabor, medida, profundidad. La sala acompaña el gesto con serenidad. El conjunto tiene criterio y oficio.

El relato se articula en dos menús. El Menú Bardal muestra el paisaje con pases precisos. El Gran Menú Bardal lo amplía y afina la curva. Setas de sierra que saben a umbría limpia. Trucha que devuelve el agua fría y la piedra. Queso Payoyo con orgullo de ladera. Hortalizas que llegan con huella de tierra. Todo se ordena en tríos claros: producto, sazón, cocción. Fondos con hondura, acidez vigilada, grasa justa. La técnica aparece cuando hace falta y desaparece cuando estorba.

Hay cuidado en los ritmos. Bocados de entrada con guiños salinos, platos centrales con brasa y cuchara, cierres que refrescan sin artificio. El pan tiene miga con intención. La bodega mira a la serranía y al mundo con equilibrio. Blancos tensos, tintos con estructura, alguna alegría burbujeante para limpiar el paladar. El servicio mantiene el tono sin bulla. Se explica, se sirve, se retira. La modernidad aquí es método. Medir, probar, ajustar. Tradición afinada sin nostalgia vacía.

Finca La Donaira propone otra vía. Un retiro de lujo ecosostenible en un cortijo centenario y en una parcela agrícola de 700 hectáreas. Nueve habitaciones entre suites y yurtas deluxe. Spa con hammam y sauna.

Piscina de agua de manantial. Jardín medicinal con 350 especies botánicas. Centro ecuestre con burros y caballos lusitanos. Granja y huerto orgánicos que sostienen la cocina.

Nerea Ortiz y Manuel Vargas firman una propuesta sencilla, honesta, muy saludable. Pan propio, AOVE propio, huevos propios. Hortalizas al frente, carnes de vaca y oveja, algunos vinos naturales.

En la serranía el ibérico tiene capítulo propio. Dehesa Monteros es una empresa familiar fundada por Chelo Gámez. Trabaja con cerdos 100 por 100 ibéricos en los valles del Genal y del Guadiaro. Su sello es una premontanera de castaña un mes antes de la montanera de bellota. Ese paso aporta dulzor reconocible, profundidad y una textura precisa. El ejercicio en montes adehesados, con pendientes exigentes y alta pluviometría, se nota en boca. Jamón, paleta, lomo, presa, cabecero, chorizo, salchichón. Alto nivel y carácter serrano.

El vino completa la escena. Ronda es singular para la vid por altitud, suelos arcillosos y contraste térmico. Hay microclimas que sostienen variedades diversas. A mil metros, rodeada por la Sierra de las Nieves, la Sierra de Grazalema y el Alameda del Tajo, Bodega Doña Felisa levanta un proyecto familiar con 50 hectáreas. Cultiva Tempranillo, Syrah, Garnacha. Chardonnay y Sauvignon Blanc. Petit Verdot y Tintilla de Rota. La adaptación es seria. Los vinos acompañan chacinas, verduras y guisos con temple.

Quien quiera entender Ronda puede hacerlo desde la mesa. Bardal enseña la alta cocina que habla con acento de serranía. La Donaira muestra el ciclo completo de la granja al plato. Dehesa Monteros recuerda que el ibérico puede oler a castaña y a bellota. Doña Felisa confirma que la altura da identidad. Bar, plato, bodega. Una trilogía que explica un territorio sin levantar la voz. Aquí la tradición y la modernidad trabajan juntas y el paisaje firma cada bocado.
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