En la posguerra española fue básico para sobrevivir: hoy muchos huirían si lo leen en la carta del restaurante
En la posguerra española, lo que se comía no era lo más sabroso ni lo más apetecible, sino lo que había. No se perdía nada y con las sobras de una comida se podía improvisar otra que llenara el estómago para seguir el día a día.
Había tortilla sin huevo, guisos sin carne, boquerones sin boquerones e incluso café sin café. En este caso se trata de una receta que se preparaba con lo que se arrancaba de la tierra y poco más. No era ningún manjar, pero sí cumplía su función. Hoy en día, si alguien la ve en un menú, es probable que se levante y se marche.
El plato humilde que era básico para sobrevivir en la posguerra pero que hoy nadie pediría
El gazpacho de amapolas fue uno de esos platos que sostuvieron a muchas familias cuando el campo daba poco y la despensa estaba vacía. También lo llamaban gazpacho de ababoles.
Durante los años más duros de la posguerra, conseguir tomates, pimientos o aceite resultaba complicado. El racionamiento marcaba la cocina y obligaba a mirar al suelo, literalmente. Allí crecían las amapolas silvestres, los ababoles. Antes de que florecieran, se recogían las hojas tiernas, las que brotan pegadas al suelo y con eso se armaba el plato.
No era una receta de ciudad ni se veía en tabernas. Se preparaba en casas humildes de campo, sobre todo en zonas de Castilla-La Mancha, Extremadura y partes del interior andaluz. Quien tenía un mortero, un trozo de pan duro y algo de vinagre ya tenía medio gazpacho hecho.
Amapolas en un cuenco no suena precisamente apetecible. Sin embargo, en aquella epoca nadie se permitía torcer el gesto. Era eso o acostarse con el estómago vacío.
Este gazpacho no se parecía al andaluz que ahora asociamos al verano. No llevaba tomate rojo ni pepino fresco. Tenía un tono verdoso, más apagado, y una textura ligera, casi de sopa clara. Aun así, refrescaba y engañaba al hambre durante unas horas.
Cómo se hacía este gazpacho de amapolas de posguerra
Para preparar este plato de posguerra no hacía falta mucho. Era humilde y no destacaba por su sabor, pero sí refleja cómo se vivía en aquellos años, cuando todo resultaba difícil.
Ingredientes:
- Un manojo de hojas tiernas de ababol, recogidas antes de que florecieran.
- 1 o 2 dientes de ajo.
- Un trozo de pan duro, mejor si era de centeno o cebada.
- Agua fría.
- Un chorro de vinagre.
- Sal.
- Un poco de aceite de oliva.
Procedimiento:
- Lavar bien las hojas de amapola para quitar la tierra. Picarlas muy finas sobre una tabla con cuchillo.
- Machacar en el mortero los ajos con la sal hasta dejarlos casi en pasta.
- Añadir el pan humedecido con un poco de agua y trabajar la mezcla hasta que quede densa.
- Incorporar las hojas picadas al mortero y seguir majando. La planta suelta su jugo y tiñe todo de verde. El olor resulta fuerte, algo amargo.
- Añadir el vinagre y, si se tenía, un poco de aceite. Remover con energía para que el aceite se integre y no quede separado.
- Verter agua fría poco a poco mientras se remueve hasta lograr una sopa ligera, con hilos verdes flotando.
- Servir en un cuenco grande y añadir trozos de pan cortados a mano.
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