FINAL MASTERS 1000 DE MONTECARLO: RAFAEL NADAL - KEI NISHIKORI

Nadal, príncipe y rey en Montecarlo

Nadal, príncipe y rey en Montecarlo

El glamouroso público del Masters 1000 de Montecarlo acudió un domingo de abril, un año más, a presenciar una final más en el Montecarlo Country Club. El lujo de las instalaciones, con vistas al mar y diferentes intereses selectos no es nada en comparación con el placer de ver jugar y ganar a su príncipe particular. Rafael Nadal ganó su undécimo entorchado en el Principado tras derrotar en el partido por el título a Kei Nishikori de forma directa y sencilla, pero a la vez brillante (6-3, 6-2), y de esa manera seguir haciendo historia en uno de los torneos que le convierten en un deportista único año tras año.

Llegaba Nishikori repleto de confianza, al verse de nuevo en una final de gran torneo tras superar un calvario de lesiones, pero con el tanque de gasolina en la reserva. Tener a Nadal, el jugador más duro de la historia en cuanto a intercambios, no ayudaba a los planes del japonés, así como tampoco su primer juego de saque, que pudo solventar tras más de diez minutos, pero teniendo que gastar una de las vidas que le quedaban antes de su game over particular.

La recompensa, en cambio, estaba a la vuelta de la esquina para el nipón, que encontró un break inesperado en el que su ineludible calidad y un errático Nadal se juntaron para darle la primera ventaja en el luminoso. Empezaba juguetona la final, y la ruleta no iba a parar a la hora de deparar sorpresas. Kei volvía con la cabeza alta del descanso, pero Nadal, sin comerlo ni beberlo, recuperaba la rotura con un break descafeinado y en el que la doble falta que lo confirmó sirvió para explicar el oasis que vivimos en lo que se presumía como un gran partido de tenis.

Rafa permanecía serio, concentrado, agazapado antes de pegar un zarpazo que iba a llegar pronto y dando un nuevo tumbo al partido. Castigador como ninguno, el manacorense volvió a romper el servicio de Nishikori en un juego parecido al anterior, con regalos del menudo e irregular jugador japonés, que se confió y bajó una marcha –quien sabe para poder competir más adelante– ante el menos indicado.

La ventaja medio regalada sentó bien a un Nadal menos dominante de lo que acostumbraba en el resto de partidos de la semana, pero que no pasó mayores apuros para mantener su servicio y cerrar así una primera manga que le colocaba más cerca de su undécimo entorchado en el Principado.

Once ‘Montecarlos’

Nishikori sufría entre el cansancio y la incomprensibilidad de algunas pelotas de Nadal que, como si de magia se tratase, rozaban la línea y sumaban un punto en su casillero. De nuevo el mismo guión que en el primer set: sufrimiento para mantener el primer servicio del parcial y en el segundo, rotura con una nueva pelota que borró la tierra de las líneas de la pista. Al fin y al cabo, Rafa estaba jugando en casa y con la suerte del campeón.

Un nuevo break daba paso al desenlace inevitable de casi toda final jugada en arcilla y con Nadal a uno de los lados de la pista. Después del 5-1 y el consiguiente arrebato de uno de los tenistas más talentosos del mundo, como es Nishikori, con su servicio antes de sucumbir ante el número uno del mundo, que lo seguirá siendo una semana más, y con un Montecarlo más en su haber.

Si alguien conoce la frustración en el deporte son aquellos jugadores que se miden, llegando en buena forma y racha, a la mejor versión de Rafael Nadal en tierra. Es llegar, verte bien, conectar varios golpes óptimos e incluso ver como enfrente, aparentemente, no hay un rival a tope. Pero al mínimo fallo, vuelta a la realidad. Porque Rafa te mata, te mata lentamente, y cuando te quieres dar cuenta, ya te ha dado la mano, ha levantado los brazos, saludado a sus seres queridos y está levantando el título con el que soñabas al entrar a la pista. Y así van once veces en Montecarlo, porque Rafa es rey, príncipe y lo que haga falta en ‘su’ tierra.

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