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España es eterna

España es eterna
Guillermo Sáez

La selección española de baloncesto se ha proclamado campeona de Europa por cuarta vez en su historia. Pasan los años, pasan los jugadores, y España siempre campeona. En su campeonato más difícil, con una plantilla llena de novatos y ante selecciones más poderosas sobre el papel, Sergio Scariolo y sus chicos lo han vuelto a hacer. Con un celestial Juancho Hernangómez (27 puntos y 7/9 en triples) al mando de las operaciones, ha dominado desde el pitido inicial la final contra Francia (88-76) y ha escrito su enésima página de gloria en el Berlín Arena. Una leyenda inagotable.

Lorenzo Brown (14), Willy Hernangómez (14) y Jaime Fernández (13) se sumaron a las tareas ofensivas en una selección que controló la final en todo momento, supo aguantar la calma cuando más apretaba el rival y volvió a amargar a Francia, como ya ha repetido en tantas ocasiones a lo largo de su historia. El esfuerzo de Evan Fournier (23) y Thomas Heurtel (16) fue insuficiente.

España entró en la final con la veteranía que en realidad no tiene. Las consignas estaban claras: mucha solidaridad defensiva y poner el ataque en manos de los hermanos Hernangómez. A Willy le tocaba bailar con la más fea y su rendimiento ante Rudy Gobert fue digna de estrella de la NBA. Frenó al pívot de los Timberwolves y también prendió la mecha del ataque con 8 puntos en el primer cuarto.

Al arreón inicial también se sumó Jaime Fernández aprovechando el exceso de atención sobre Lorenzo Brown y hasta Alberto Díaz se atrevía con un exitoso step back. Francia se obcecaba con el triple y no encontraba grietas en la sólida defensa pergeñada por Scariolo. Un triple de Rudy Fernández dejaba a España con una buena renta al final del primer cuarto  (23-14) antes de que Juancho irrumpiera en la final con una metralleta cargada de puntos.

Fue un éxtasis, un arranque de puro genio, un arrebato de inspiración divina. Cómo llamar si no a la serie de seis triples consecutivos que anotó en seis minutos el menor de la saga Hernangómez. Un segundo cuarto para la historia, 18 puntos casi consecutivos que dispararon a la selección española en el marcador (47-26, min.18).

El récord de triples de Juancho en su carrera eran seis -dos veces lo hizo con Denver Nuggets- y lo igualaba en medio cuarto. En el banquillo español todo el mundo se echaba las manos a la cabeza. Incredulidad, carcajadas, euforia. Evan Fournier se encargó de cortarlo de raíz. El escolta de New York Knicks lideró el parcial de 11-0 que devolvió a Francia a la final. España llegó al descanso dando las gracias por el pitido del árbitro, pero con un resultado que hubiera firmado mientras se escuchaban los himnos (47-37).

Juancho y Alberto, mágicos

Pero el tiempo en los vestuarios no cambió la peligrosa inercia que había cogido la final. Francia tenía el tranquillo cogido a la defensa española y Yabusele era quien mejor lo leía, encontrando tiros cómodos de media distancia con los que dejaba el marcador al borde del equilibrio (49-46). Scariolo pedía tiempo muerto para frenar el chaparrón. Esta vez la arenga sí surtía efecto.

Las piernas volvían a correr rápidas en defensa y Francia recaía en las pérdidas de la primera mitad. Lo peor había pasado, al menos por el momento. El ataque volvía a ser productivo con nuevos pellizcos de Jaime y Juancho, quien demostraba que también sabía anotar de dos. El horizonte de España se pintaba otra vez de dorado (61-48, min.26). Francia hacía la goma, se iba, volvía a la carga, pero llegaba al último cuarto todavía lejos de la faena (66-57).

La tensión alcanzaba temperatura de ebullición con un error grosero de los árbitros en contra de España, a la que privaron de una posesión. A Scariolo se lo llevaban los demonios y los colegiados encima le pitaban técnica por protestar. Reír por no llorar. Cualquier polémica quedaba reducida a minucias con la reaparición de la divina muñeca de Juancho. Su séptimo triple permitía a la selección superar un nuevo bache (71-61, min.34).

La final entró en un intercambio de canastas que España no desdeñó, mientras Francia se ponía en manos de Fournier, un genio que también es capaz de sufrir llamativos apagones. Llegó el momento de Alberto Díaz, imprescindible durante un rato en todos los duelos eliminatorios. El base del Unicaja anotó dos triples fundamentales. El segundo llegó a falta de un minuto y medio para la conclusión y fue el último clavo en el ataúd francés (85-70).

La anchura del resultado permitió a Scariolo una licencia que confirma su grandeza como entrenador y que ya hizo en la final del Mundial 2019, meter en la cancha a los jugadores que no habían contado, en este caso Joel Parra y Sebas Saiz. Un equipo con mayúsculas, ganador juegue quien juegue, un tormento para todos sus rivales. El dictador de Europa en el siglo XXI. Que siga la fiesta.

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