Arquitectura

En 1859 construyeron en una remota isla el faro más aislado de la historia de España: 116 años después se marchó el último farero y hoy sólo lo pisan los científicos

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Faro. Imagen de Pixabay.
  • Manuel Morera
  • Periodista y fundador del pódcast V9, el programa de F1 más escuchado de España. Universidad de Valencia y Radio 3. Anteriormente en ElDesmarque, Levante TV y Las Provincias.

España está repleta de grandes obras de ingeniería, aunque algunas han cambiado para siempre. El faro de Columbretes es un ejemplo de ello. Antiguamente era el símbolo de una vida de aislamiento, y ahora se usa con fines científicos.

A unas 34 millas náuticas de Castellón, las familias de los fareros compartían una isla sin escuela, con poco espacio y con un horizonte que también marcaba la distancia hasta cualquier ayuda.

La luz se encendió por primera vez el 30 de diciembre de 1859, en lo alto de la Illa Grossa. Comenzaba una etapa de 116 años de residencia de fareros y familiares que terminó en 1975. Ahora la torre sigue funcionando y el edificio tiene hoy usos científicos.

El faro que construyeron en 1859 en una isla remota llena de serpientes

Las obras del faro comenzaron en 1856 sobre un terreno volcánico, lo que obligó a trasladar por mar trabajadores, herramientas y materiales. El proyecto incluía una torre de unos veinte metros y viviendas para tres torreros, como se denominaba entonces a los encargados del alumbrado.

La instalación incorporó una linterna francesa Sautter con un aparato óptico de primer orden, cuyo coste ascendió a 66.316 pesetas de la época. Con ello querían convertir una pequeña isla alejada de la costa en una referencia reconocible para los navegantes que cruzaban el mar.

Una vez inaugurado en 1859, la vida no fue especialmente fácil para los habitantes del faro. En los primeros años tuvieron que convivir con las serpientes. De hecho, para eliminarlas tuvieron que quemar vegetación e introducir cerdos para que acabasen con ellas.

Cómo era la vida de los fareros de Columbretes en el siglo XIX

El trabajo de farero continuaba cuando los barcos ya habían pasado. Durante la noche había que vigilar el alumbrado y, de día, limpiar y mantener los equipos.

Alrededor de esas obligaciones transcurría la vida de las familias, con niños que aprendían de sus padres porque no había una escuela a la que acudir.

La falta de espacio llevó a ampliar el edificio con una segunda planta en 1926. Lo curioso es que entre quienes trabajaron allí hubo también fareros que buscaron soluciones propias para hacer más llevadera la estancia.

Por ejemplo, uno instaló un sistema de espejos para observar la luz desde la cama; otro construyó una radio de galena para escuchar noticias durante la guerra.

Aunque hoy poca gente se acuerda de estos trabajadores, el faro conserva un pequeño cementerio donde fueron enterrados los fareros, algunos familiares y, por desgracia, algún niño.

Qué queda del faro de Columbretes: el uso científico

En 1975 terminó la residencia de los fareros, pero la señal marítima siguió prestando servicio. Actualmente funciona con energía solar y el antiguo edificio se utiliza para investigación, divulgación y actividades vinculadas a la conservación.

Además, la Illa Grossa también admite visitas limitadas, acompañadas por personal de la reserva. El recorrido comienza en las escaleras del puerto de Tofiño y asciende hasta el faro, atravesando el lugar donde aquellas familias pasaron buena parte de su vida.

Nuestra recomendación es que reserves el plan para un fin de semana, ya que se necesitan entre una y dos horas para completar el itinerario, y llegar en barco desde la costa puede llevar bastante más.

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