Padres que no sueltan a sus hijos adultos: no es por amor, esto es lo que opina la psicología
Todos conocemos al treintañero al que sus padres le siguen lavando la ropa, llevando el coche a pasar la ITV o al que vuelve los domingos a casa con todos los tuppers vacíos dispuestos a ser rellenados. Pues la causa de esta situación, según la psicología, es tanta culpa del hijo como de los padres; aunque no, el motivo detrás no es amor paternal.
Cuando los hijos llegan a la edad de independizarse —en España ronda los 30 años—, suele coincidir con la edad en que sus progenitores se acercan al fin de su etapa laboral. Esta situación hace que se vean en un limbo entre el merecido descanso de la jubilación y el estrés provocado por no hacer algo que llevaban más de 30 años haciendo diariamente. La casa vacía, el declive físico por la edad y la pérdida completa de identidad laboral de un plumazo forman un cóctel perfecto para que afloren las malas ideas. Estas ideas en muchos casos van dirigidas a no sentirse útil en ningún aspecto y focalizar su vida en querer ayudar a quienes llevan viendo crecer desde antes de nacer.
Es aquí cuando comienza la ayuda excesiva, y que en la mayoría de los casos no debería existir, hacia sus hijos ya adultos e independizados. La cesta de la colada, el aceite del motor, una ayuda mensual para el alquiler —en muchos casos no solicitada— son todos ejemplos de lo que podrían parecer unos padres cariñosos y atentos, pero según la psicología, todo lo contrario. Se trata de un mecanismo de defensa que usan nuestros progenitores para no lidiar con el silencio interior que supone la independencia de los hijos y/o la jubilación laboral. Además de no permitirse a uno mismo lidiar con la incertidumbre que genera esta novedosa situación, desarrolla en los hijos la incapacidad de sentirse completamente independientes y el temor a equivocarse ante cualquier acto cotidiano propio de la vida adulta.
Temas:
- Hijos
- Padres
- Psicología