Es el mayor mamífero carnívoro terrestre de la historia y uno de los más enigmáticos: solo se conoce un cráneo suyo
Entre los grandes depredadores del pasado abundan las historias difíciles de encajar. Este es el caso de un mamífero del que hoy tenemos más preguntas que respuestas. Los paleontólogos lo conocen como Andrewsarchus y durante décadas lo presentaron como el «mamífero carnívoro terrestre más grande de la historia».
Lo descubrieron en 1923 en Mongolia y, más de un siglo después, sólo conservamos su cráneo. Ese único fósil condiciona todo lo que sabemos y obliga a reconstruir su aspecto y su comportamiento a partir de comparaciones con otros mamíferos y revisiones constantes.
Este es el mamífero que desconcierta a los paleontólogos y del que sólo se conoce un cráneo
El equipo del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York recuperó el cráneo en junio de 1923 durante una expedición al desierto del Gobi. Kan Chuen Pao localizó la pieza en la formación de Irdin Manha, en la actual Mongolia Interior. El entonces presidente del museo, Henry Fairfield Osborn, describió el género en 1924.
El cráneo mide 83 centímetros de largo y 56 de ancho. Carece de mandíbula inferior, pero conserva dientes grandes y robustos, con superficies pensadas más para triturar que para cortar.
Durante años, los investigadores calcularon que, si el cuerpo guardaba proporciones similares a otros mamíferos de su tiempo, el animal pudo alcanzar cerca de cuatro metros de longitud y rondar la tonelada de peso.
Muchos manuales colocaron al Andrewsarchus por encima de cualquier otro carnívoro terrestre conocido. Sin embargo, el propio cráneo plantea dudas. Los dientes aparecen desgastados y algunas zonas clave, como el oído interno, están dañadas o cubiertas por antiguas técnicas de restauración. Con tan poco material cada interpretación puede cambiar el conjunto.
Cómo era el mamífero más grande del Eoceno
Las primeras reconstrucciones mostraban a Andrewsarchus como un lobo gigantesco, pero la ciencia ha corregido esa imagen. Hoy, la mayoría de estudios lo sitúan dentro del orden Artiodactyla, el grupo que incluye a hipopótamos, camellos o ciervos. En términos evolutivos, estaba más cerca de un hipopótamo que de un lobo.
Los paleontólogos comparan su cráneo con el de los entelodóntidos, conocidos popularmente como «cerdos del infierno». Géneros como Entelodon o Daeodon compartían mandíbulas potentes y pómulos ensanchados para alojar grandes músculos masticadores y Andrewsarchus presenta rasgos similares.
Si esa relación es correcta, el animal no tenía garras afiladas, sino pezuñas. Su cuerpo sería robusto, con patas relativamente largas y una cabeza desproporcionada respecto al tronco. La longitud del hocico supera en una vez y media la base del cráneo, una proporción que refuerza la imagen de un animal especializado en morder con fuerza.
La comparación con depredadores actuales ayuda a poner cifras en contexto. El cráneo duplica en tamaño al de un oso pardo grande y triplica la longitud del de un lobo del Mackenzie. Aun así, el tamaño corporal sigue siendo una hipótesis. Sin esqueleto postcraneal confirmado, nadie puede fijar medidas definitivas.
Cómo era la vida de Andrewsarchus hace 40 millones de años
El entorno del Eoceno medio en Asia central combinaba llanuras costeras y zonas abiertas próximas al antiguo mar de Tetis. En ese escenario, Andrewsarchus convivió con brontoterios, pequeños camélidos y cetáceos primitivos.
Sus dientes ofrecen la pista principal sobre su dieta. No presentan filos cortantes como los de un felino especializado, sino cúspides gruesas y redondeadas. Ese diseño encaja mejor con un omnívoro oportunista que con un cazador exclusivo de grandes presas. Podía romper huesos, triturar caparazones de tortuga o aprovechar carroña marina varada en la costa.
Algunos investigadores proponen que dominaba su territorio por tamaño y potencia, desplazando a depredadores menores. Otros creen que su parecido con los entelodóntidos responde a una evolución convergente y no a un parentesco directo.
La historia detrás del nombre de este mamífero
El nombre Andrewsarchus combina el apellido Andrews con el término griego archos, que significa gobernante. Osborn quiso rendir homenaje a Roy Chapman Andrews, líder de la expedición que organizó el hallazgo.
El nombre completo de la especie es Andrewsarchus mongoliensis. El epíteto mongoliensis hace referencia a Mongolia, la región donde el equipo encontró el cráneo en 1923.