Los investigadores estudian a los bebés de las guarderías y el hallazgo cambia todo lo que se sabía de la herencia
Un estudio revela que las interacciones sociales son un factor clave en la formación del microbioma
Estos son los 3 meses en los que nacen los niños más inteligentes que el resto, según la ciencia
Ni enero ni mayo: si tu hijo ha nacido en uno de estos 3 meses va a ser más inteligente, según la ciencia

Durante años, la ciencia ha defendido que el microbioma de los bebés, que es esa comunidad inmensa de microorganismos que coloniza el intestino, dependía casi por completo de la madre. De este modo, siempre se ha tenido la creencia de que el parto, la lactancia y los primeros cuidados conformaban el gran pilar de esa herencia biológica. Sin embargo, un estudio internacional publicado en Nature acaba de añadir una pieza inesperada que cambia por completo todas las ideas que se tenían: las guarderías, y las relaciones entre los propios bebés, tienen un peso mucho mayor del que se pensaba.
El trabajo, desarrollado durante un año con 134 participantes, ha seguido a bebés de unos 10 meses en tres centros infantiles, además de a sus padres, hermanos y educadores. Los investigadores recogieron más de mil muestras fecales, semana a semana, para observar cómo evolucionaban las bacterias intestinales de cada pequeño. El enfoque no se limitó a medir qué especies estaban presentes, sino que bajó al detalle molecular, analizando qué cepas exactas se transmitían entre ellos. Y con esa precisión se ha cambiado el marco interpretativo, ya que lo que se consideraba una herencia casi exclusivamente vertical, de padres a hijos, aparece ahora complementada por otra vía igual de impactante: la transmisión horizontal entre bebés que conviven a diario en las guarderías.
Los investigadores estudian a los bebés de las guarderías y el hallazgo cambia todo
El equipo científico detectó que, sólo un mes después de empezar la guardería, los bebés ya compartían una cantidad significativa de cepas microbianas entre sí. De hecho, las cepas adquiridas en la guardería llegaban a representar una proporción del microbioma equivalente a la que procedía del entorno familiar al final del primer trimestre, dejando de lado la creencia hasta la fecha de que las cepas pasaban de la madre al bebé ya fuera en el parto o la lactancia.
Y lo más sorprendente de todo para los científicos, es que la cifra no dejaba de crecer: cuanto más tiempo pasaban juntos los bebés en la guardería, más se enredaba la red de intercambio microbiano. Y además, no se trataba de intercambios aislados. Algunas cepas se propagaban con especial eficacia dentro del grupo, colonizando cada vez a más niños en un patrón sorprendentemente parecido al de una pequeña epidemia benigna, donde en vez de un virus circulan bacterias beneficiosas. Otras cepas seguían trayectorias más complejas, con bebés que actuaban como receptores y donantes según avanzaba el curso.
Un detalle revelador: cuando se amplió el seguimiento al segundo trimestre, la proporción de nuevas cepas adquiridas entre compañeros superó a la procedente del propio hogar. Incluso después del parón de verano, una parte importante de esas bacterias seguía instalada en el intestino de los niños.
Lo que cambia para la ciencia: la herencia ya no es sólo cosa de familia
El hallazgo central es claro: la herencia microbiana del bebé no depende únicamente de la madre ni del entorno familiar, como se había asumido durante décadas. El microbioma infantil se moldea también de forma intensa a través de las interacciones sociales tempranas, especialmente en contextos como la guardería, donde el contacto es continuo.
Los investigadores señalan además varias observaciones que matizan este proceso:
- Los hermanos amortiguan la influencia de la guardería.Los bebés con hermanos mostraron mayor diversidad microbiana inicial y adquirieron menos cepas de sus compañeros. Su microbioma, más rico desde el principio, parece “menos disponible” para nuevas colonizaciones.
- Los antibióticos abren la puerta a nuevas bacterias. En los bebés tratados con antibióticos, el intestino perdía parte de sus cepas previas y se volvía más permeable a nuevas adquisiciones. Tras un tratamiento, la entrada de nuevas cepas se disparaba, mucho más que en los adultos del estudio.
- Algunas especies son especialmente transmisibles. Ciertas bacterias beneficiosas, como Bifidobacterium breve o B. longum subsp. infantis, circulaban con facilidad entre los bebés. Son especies clave en el desarrollo del sistema inmune y, según los autores, podrían considerarse marcadores de salud microbiana en la primera infancia.
Una mirada distinta a la crianza y a la salud futura
El estudio no tiene un enfoque alarmista; al contrario, plantea una lectura positiva. La guardería no sólo aporta socialización, rutinas o estímulos cognitivos: también actúa como un ecosistema biológico que enriquece el microbioma infantil. Esa biodiversidad interna tiene efectos conocidos sobre el desarrollo inmunitario, el riesgo de alergias y la maduración metabólica.
Los autores sugieren que este hallazgo obliga a revisar la idea clásica de herencia. No desaparece la influencia de la madre, que sigue siendo determinante en los primeros meses, sino que se completa con una dimensión más social: los bebés heredan también de otros bebés. La conclusión del estudio de Nature lo expresa con claridad: «Las interacciones en la primera infancia no sólo moldean la conducta y el aprendizaje, sino también la arquitectura microbiana que acompañará al individuo durante años».