CARRERA ESPACIAL

Lo que pasó cuando la NASA envió 3.300 abejas al espacio en el Challenger: en siete días fabricaron 200 cm² de panal casi igual al de la Tierra

El estudio publicado en 1985 midió unas 800 celdas por decímetro cuadrado, como en la Tierra, aunque las celdas no siempre se inclinaron hacia abajo, y contó solo unas 120 abejas muertas.

En 1984, la NASA envió 12,5 millones de semillas de tomate al espacio; en 1990 tuvieron que ser traídas de vuelta a la Tierra y se plantaron en 40.000 escuelas de 40 países

La NASA cultivó pimientos picantes en el espacio durante 137 días: 26 frutos y unos tallos que crecieron rectos

El astronauta James van Hoften sostiene la caja del experimento que llevó abejas al espacio a bordo del Challenger en 1984
El astronauta James van Hoften sostiene la caja del experimento que llevó abejas al espacio a bordo del Challenger en 1984
Adrián Villellas

El 6 de abril de 1984, a las 8:58 de la mañana (hora del este de Estados Unidos), el transbordador Challenger despegó de la plataforma 39A del Centro Espacial Kennedy con cinco astronautas y una caja de aluminio llena de abejas. «Además de la tripulación de cinco astronautas, el Challenger llevará a bordo otros 3.300 pasajeros vivos», anunciaba el dossier de prensa de la NASA para aquella misión.

La misión, llamada STS-41C (en algunos documentos de la época aparece como STS-13), tenía dos tareas principales: soltar en órbita la plataforma de experimentos LDEF, la misma que llevó al espacio 12,5 millones de semillas de tomate, y reparar en órbita el satélite Solar Max. Entre la carga secundaria figuraba un experimento estudiantil con una pregunta muy concreta: si las abejas melíferas serían capaces de construir panal sin gravedad.

Según el artículo científico que se publicó en 1985, las abejas sobrevivieron con una mortalidad baja, volaron dentro de una pequeña cámara y fabricaron unos 200 centímetros cuadrados de panal, en el que llegaron a almacenar jarabe de azúcar.

La idea de un estudiante de Tennessee

El experimento lo propuso Dan Poskevich, a quien el dossier de la NASA describe como un estudiante del Instituto Tecnológico de Tennessee. En el artículo científico, Poskevich figura con la filiación del Waverly Central High School, y los autores agradecen a su profesor de ciencias del instituto, Andrew S. Hendrix, la ayuda que le prestó «en las primeras fases» del trabajo.

La propuesta entró por el Shuttle Student Involvement Program, un programa que la NASA gestionaba junto a la Asociación Nacional de Profesores de Ciencias de Estados Unidos para que estudiantes jóvenes pudieran llevar sus experimentos al transbordador. Un panel de expertos revisaba las propuestas y elegía a los ganadores, y la empresa Honeywell patrocinaba varios de esos proyectos.

En este caso, la empresa Honeywell, con sede en Minneapolis, patrocinó el proyecto y le dio apoyo técnico, según el dossier de la NASA. El objetivo, según la NASA, era «comparar cuantitativamente el tamaño, la forma, el volumen y la estructura de las paredes» de los panales construidos en órbita y en tierra.

El dossier explicaba también el interés de fondo: la celda hexagonal de las abejas «no solo contiene más miel que una triangular o una cuadrada», sino que además se refuerza con el contacto de las celdas vecinas.

Una caja de aluminio con 3.400 abejas en la cubierta media

Según el artículo científico, el 5 de abril de 1984 se introdujeron unas 3.400 obreras, alrededor de 0,45 kilos de abejas, y una reina enjaulada en cada uno de dos módulos idénticos. El dossier de la NASA hablaba de unas 3.300, y la cifra de 3.301 que circula hoy no aparece en ninguno de los dos documentos.

Cada módulo era de aluminio, con una tapa de plástico transparente, y medía unos 11,75 por 38,10 por 45,72 centímetros. Dentro había un comedero, tres marcos de madera, una pequeña cámara de vuelo, un orificio de ventilación, un ventilador y dos sondas de temperatura.

El alimento principal era una mezcla de agua, azúcar y agar, una sustancia que se obtiene de algas. El agar le daba una consistencia semisólida, «necesaria para 0 g», escriben los autores, porque un líquido suelto flota en ingravidez.

Uno de los módulos viajó en el Challenger. El otro se quedó en el Centro Espacial Johnson, en Houston, como grupo de control, y se centrifugó brevemente el día del lanzamiento para imitar las fuerzas del despegue.

Lo que vieron los astronautas en órbita

El artículo científico describe cómo se adaptaron en órbita. El 9 de abril algunas abejas chocaban contra las paredes de la cámara, pero el 13 de abril ya hacían vuelos dirigidos y evitaban esos choques. La temperatura del racimo de abejas pasó de unos 26 °C al principio a cerca de 31 °C.

Un panal con celdas de la misma medida que en la Tierra

El Challenger aterrizó el 13 de abril en la base aérea de Edwards, en California, tras 6 días, 23 horas y 40 minutos de misión. Al abrir el módulo se contaron unas 120 abejas muertas, frente a unas 350 en el módulo de control que se quedó en Houston.

El trabajo lo firmaron J. D. Vandenberg y H. Shimanuki, del Laboratorio de Abejas del Servicio de Investigación Agrícola del Departamento de Agricultura de Estados Unidos en Beltsville (Maryland), D. R. Massie, del laboratorio de instrumentación de ese mismo centro, J. R. Peterson, de Honeywell, y el propio Poskevich.

Los investigadores midieron seis piezas de panal. Las construidas en órbita tenían unas 800 celdas por decímetro cuadrado, la misma densidad que las de tierra, salvo una pieza que llegó a 860. Los diámetros interiores medios iban de 4,76 a 5,12 milímetros y el grosor medio de las paredes, de 0,36 a 0,60 milímetros.

La diferencia apareció en el ángulo de las celdas, que en un panal normal se inclinan unos pocos grados, todas en el mismo sentido. En órbita, las celdas «no se inclinaron de forma constante hacia abajo», según el resumen del artículo: en una de las piezas, las de una cara apuntaban hacia la tapa de la caja y las de la otra, hacia el suelo.

La gravedad también marca la orientación en otros seres vivos, como se vio con los pimientos cultivados en la Estación Espacial Internacional, cuyos rabillos crecieron rectos en vez de curvarse.

«Estas abejas fueron capaces de funcionar de forma aparentemente normal a 0 g, como demuestran su comportamiento y su supervivencia», escriben los autores. «Sin embargo, se observó cierta desorientación durante el vuelo».

La reina puso unos 35 huevos en las celdas nuevas. Ninguno eclosionó tras el traslado a una colmena normal cerca de Houston.

Para qué servía estudiar un panal en órbita

Según el dossier de la NASA, Poskevich pensaba que comparar los panales hechos con y sin gravedad permitiría sacar conclusiones aplicables a otros himenópteros, el grupo de insectos que incluye abejas, avispas y hormigas.

Las abejas, de hecho, siguen dando sorpresas en tierra, como muestran los estudios sobre la química de su cerebro y su forma de aprender.

Lo que el experimento no pudo demostrar

Fue un único vuelo. «Aunque no pudimos replicar estos experimentos», advierten los autores, algunas conclusiones sí podían extraerse de los datos. Además, las abejas del módulo de control apenas construyeron panal, probablemente porque su racimo se quedó entre 21 y 29 °C, por debajo de lo que necesitan para segregar cera, así que la comparación se hizo con una prueba previa en tierra de septiembre de 1983 y con panal de una colmena normal.

Las obreras tenían unos 15 días y quizá ya habían construido panal antes del vuelo, algo que, según los autores, pudo influir en la orientación de las paredes. Tampoco se pudo estudiar el desarrollo de las crías en ingravidez, porque los huevos no sobrevivieron.

Los investigadores propusieron repetir la prueba durante más tiempo, con el alimento más cerca de la cera y una cámara de vuelo mayor, aunque admitían que la ocasión de volver a volar el experimento «puede ser poco probable».

Dos años después, el 28 de enero de 1986, el Challenger se desintegró a los 73 segundos del despegue. Entre los siete fallecidos estaba Dick Scobee, que en abril de 1984 había sido el piloto de la misión de las abejas.

Los resultados se publicaron en 1985 en la revista Apidologie.

Crédito de la imagen: NASA.

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