Un zoco de la peor morería

Begoña Gómez
  • Carlos Dávila
  • Periodista. Ex director de publicaciones del grupo Intereconomía, trabajé en Cadena Cope, Diario 16 y Radio Nacional. Escribo sobre política nacional.

La España de ahora mismo es un país postrado ante camanduleros de la peor especie, donde todo se compra y se vende, como se ha demostrado con la estafa que Sánchez ha perpetrado para adquirir -no se sabe por cuánto tiempo- los votos de los delincuentes del golpe de Estado de 2017. Decía un general galo, tras su Revolución del XVIII, que en su Nación ya sólo cabían tres tipos de personas: los golfos de nacimiento, los golfos por maduración y los golfos adquiridos. O sea, el retrato fiel de esta España. En cualquier demarcación exterior decente, sólo el hecho mismo de sus fechorías descubiertas serviría para dos cosas: la primera, para expulsar del poder a los implicados, la segunda, para llevar directamente a Sánchez al banquillo y a la cárcel. Aquí no; aquí el gentío ha reaccionado a este caso con el meme puesto en el ordenador. No existe indignación por los desmanes, a lo más la gente se hace cruces y comparte chistes sobre los sucesos conocidos. Así está dejando España Pedro Sánchez. Lo peor, encima, es lo que le queda a este individuo por hacer. Por lo pronto, su mozo de espadas, el artificiero Bolaños, le ha preparado una ley ad hoc para que Begoña, la señora del presidente (otra que lo ha comprado y lo ha vendido todo desde los aledaños del poder) se aproveche de un ingenio legalicida y quede libre de toda pena antes, muy antes, del verano.

Begoña es el ejemplo de esta España donde todo se compra y se vende como si fuera el mercado más arrastrado de la morería. Una Nación hibernada que asiste perpleja, pero resignada, a la disolución por la vía de la vergüenza. Los peores triunfan en una sociedad que se toma a broma lo que está sucediendo, mientras, día a día, el gerifalte monclovita juega con nuestro dinero, riega las arcas de una Ucrania en la que no cree, y esquilma a los contribuyentes españoles que cuando reciben una carta con la «A» de Hacienda, tiemblan como si fueran afectos del baile de San Vito. El libro más solicitado de los que circulan por el país en estos momentos no es ni siquiera el último Planeta, el del doctor Segarra que nos está mandando a todos a entrever la otra vida, o el de la receta más reciente de Arguiñano, una coliflor al horno que el cocinero presenta como una hazaña gastronómica sin precedentes. No, la obra más requerida en círculos íntimos y también públicos, es el gran informe de todas perversidades que se pueden cometer con el dinero público, sin medida, sin límites. Ahí pueden escoger.

Y mientras, continúa la contaminación de la atmósfera general con nuevas revelaciones, propias o adquiridas, a cada cual más repugnante. Envolverán de nuevo la verdad que gotea en esta España asombrada en mil circunloquios, pero siempre se sospechará que saldrá de las rapiñas que ha consumado el ayudante del que fue ministro de todo. Curiosamente en nuestra España, la que duerme el sueño de los estúpidamente entregados, importan mucho más las piruetas de los afectados que las continuas extorsiones a que someten al Gobierno central los golpistas del 17 o los aprovechados independentistas de Vitoria, lo de Gasteiz es un invento atrabiliario. Estamos para hacer pero acogemos como natural, habituales en nuestro país, los hechos que revelan una acometida al Tesoro público.

Y a lo que íbamos: y mientras nos estafan, con la ministra de Hacienda al frente, sacándonos el dinero a los españoles en general para premiar a los dispensadores de Cataluña. Montero ya se ha igualado con Montoro, lo cual ya es decir, según manifiesta, la casi totalidad de los confiscados por aquel ministro de Rajoy de infausta memoria. En el mercado de arrastre español del dúo Zapatero-Sánchez cabe todo, pero aún más está por hacerse, por ejemplo, la concesión del concierto económico para Cataluña, la cesión de todas las facultades de inmigración o, claro está, la llegada del catalán a Bruselas algo por lo que lloran en Letonia y Dinamarca, donde están esperando el Bon dia con auténtica fruición. Sánchez, según parece, se ha ya asegurado los escaños de los golpistas catalanes y de los proetarras vascos hasta el 27. Lo ha hecho con nuestros dineros y contra nuestros votos y no disimula un rumor que ya va creciendo hasta por la meseta castellana: el hecho de que, manejando argumentos espurios cocidos a la sazón en La Moncloa, esté urdiendo la posibilidad de extender esta legislatura hasta más allá del año 27 de nuestra era. No se diga que esta ocurrencia es imposible de cumplimentar porque ya se hizo alargando en un momento dado de la pandemia de la maldita Covid, los comicios de Galicia y el País Vasco.

Todo es posible en la España de este pimp (no confundir con Pimpinela) que nos gobierna. El mercado nacional es el gran edificio donde ya caben todas las instituciones del país, todas las que durante estos siete años han venido abordando y domeñando Sánchez Pérez-Castejón. Todas, desde este Tribunal Constitucional que se dispone antes de verano a confirmar la legalidad de la amnistía a los delincuentes del 17, hasta el Parlamento donde ya mandan inequívocamente los barreneros que pretenden romper la Nación constitucional en no se sabe cuántos trozos. La España de estos sujetos es algo más que una ocurrencia festiva para risas tabernarias de fin de semana, es una realidad brutal plena de despojos en la que toda indecencia es posible. ¿La última? Quédense con este adelanto: como saben, el 14 de abril está cerca, pues bien, para ese día la comisión de peones albañiles que ha constituido Sánchez para desenterrar de nuevo a Franco puede apostar por la instalación de la III República. La pregunta del cronista es ésta: ¿conoce la Corona lo que están tramando esos tipos/as, lo que le están preparando? Claro es que difícil es que lo sepa porque es casi la única entidad, con el Tribunal Supremo, que no participa directamente en la compraventa de votos y voluntades que ha instalado Sánchez en esta España que es lo más parecido a un zoco de la peor morería maloliente.

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