La soledad de Groucho Sánchez

Sánchez Constitución

Pedro Sánchez viene eligiendo por sí mismo desde hace tiempo los hitos de su mandato por los que sería o le gustaría ser recordado. Ya expresó en una ocasión su convencimiento de que pasará a la historia por haber cumplido solícitamente el deseo de Franco de ser enterrado en el cementerio de Mingorrubio, junto al Palacio del Pardo, el más notable servicio prestado al dictador por un presidente de Gobierno desde su muerte en 1975.

También afirmó que le gustaría figurar en la memoria de los vivos como «el presidente que arregló la economía». Con una deuda pública que viene aumentando a razón de 200 millones de euros al día desde que gobierna, no cabe ninguna duda de que su gestión merece que se vaya a tomar en consideración por los futuros anales, valga la expresión.

Más allá de su afán caudillista por prefigurar la pose escultórica con que cruzará las puertas de la historia, Sánchez se viene descubriendo a los ojos del mundo entero como un pelele en manos de su propia ambición. Hasta el punto de que su figura arroja sobre el pavimento no una sola sombra, sino dos: la de un Sánchez empeñado en dar gusto a su ansia de poder y la de un Sánchez esclavo de esa misma ansia. Lo que aparentemente le fortalece, en realidad le debilita. Lo que le convierte en supuesto líder a la vez le reduce a simple siervo.

La vergonzosa sesión del Congreso celebrada la pasada semana en el Senado tuvo la virtud de consagrar la extrema soledad de Sánchez y sus sombras. La sombra del presunto líder es incapaz de someter a la del siervo, mientras no es descartable que la sombra del siervo vaya a terminar deshaciendo a la del líder artificialmente construido. Y mientras lo consigue va quedando la vacía carcasa de un jefe de Gobierno resignado a las migajas que sus socios, los auténticamente poderosos, le concedan rebañar de su mesa.

El único proyecto político que Sánchez ha sido capaz de poner en pie es el de hacer insaciable la voracidad de sus aliados, tan atentos a cualquier votación en las Cortes como cocodrilos con las fauces abiertas al sol, esperando a que las manadas de ingenuos ñus y cebras, léase Bolaños y Cerdanes, crucen el río en busca de pasto o, mejor dicho, de pasta en el bolsillo de los contribuyentes.

La suerte está echada al otro lado del muro, y consiste en convertir al resto de España en una colonia de una clase política que, decidida a explotar sin freno el negocio del nacionalismo, no le basta con saquear su propio presupuesto al servicio de sus intereses supremacistas y xenófobos. Por ello pretenden que todos los españoles costeen los cheques en blanco que les libra Sánchez en pago por el apoyo a su estancia en La Moncloa.

Es esa una de las imágenes de Sánchez que finalmente perdurará para la historia y para la historieta: con manguitos, visera de contable, en actitud resueltamente entreguista al modo del empleado de banco que encarnaba José Luis López Vázquez -«un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo»- en Atraco a las tres, de José María Forqué.

Pero, por encima de todas ellas, la figuración del dirigente socialista que va camino de convertirse en símbolo por excelencia de su Gobierno es su retrato frente a un paisaje de tierra quemada, con ocasión de su visita a un incendio forestal en Zamora. Esa imagen es la quintaesencia del vacío que Sánchez está dejando en derredor. La que retrata la soledad del pagador al que todos se arriman por conveniencia, una soledad tan profunda como la del embaucador, capaz de sostener una verdad y su contraria y decir sin pestañear que ambas son la realidad.

Todo le sirve a Sánchez para mantener vivo el fuego que va devorando la España que hasta aquí habíamos conocido: el vampirismo de las instituciones hasta dejarlas exangües de neutralidad y solvencia; el desarme del Estado de derecho, vía acoso y derribo del poder judicial, frente a sus enemigos declarados, convictos y confesos; la asunción de los relatos de sus socios para justificar sus ataques contra los derechos y libertades de los españoles; la lucha sin cuartel contra la prosperidad y el bienestar generales con una política fiscal extractiva conducente a ampliar los privilegios de sus aliados mientras los españoles están cada vez más empobrecidos; la instauración de la impunidad contra delincuentes corruptos que se jactan, no de apoyarle, sino de exprimirle como un limón a cada votación en las Cortes…

Lo próximo será el referéndum y después, o antes quizá, el indulto o la amnistía para los etarras, que ya vimos cómo todos sus sostenedores señalaban a Sánchez el nauseabundo camino de la glorificación de los asesinos el pasado sábado en Bilbao.

Ya no queda mucha más madera para la quema, salvo la que sostiene la propia estructura del Estado, su andamiaje competencial, desmontado a hachazos en cada ocasión que haga falta para que el sanchismo se mantenga en el poder.

Así hasta acabar como el tren de la mítica escena de los hermanos Marx, deshechos sus vagones por la furia destructora de un Harpo Bolaños, obediente al designio de Groucho Sánchez: más madera para el viaje a ninguna parte de una España desorientada, frustrada y mísera, justamente como la que han pretendido siempre sus socios.

Ya nos sabemos muy bien el guion de la España fracasada, que siempre acaba revolviéndose contra sí misma. Creíamos haberla visto enterrada definitivamente bajo los cimientos desde los que se levantó la Constitución de 1978, que ha sido la historia de un éxito de libertad, convivencia y bienestar, superadora de atavismos, que nos ha hecho partícipes plenos en el concierto de las grandes democracias mundiales.

Concierto al que aspiramos a seguir perteneciendo los comunes de los mortales frente al malhadado destino que implacablemente tratan de imponernos Sánchez, Puigdemont, Otegi, Junqueras y demás endiosados e incansables plagiadores de la destrucción y la nada.

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