El problema no es el burka, es la islamización

El problema no es el burka, es la islamización. Haber dejado entrar a gente que va con burka o con nicab porque nunca se integrará.
Hace tiempo ya tuve este debate con el que fuera líder de EUiA, Jordi Miralles (1964-2015), tras una rueda de prensa en el Parlament. Le pregunté qué había que hacer en estos casos y me soltó un rollo de tres minutos sobre la «mediación».
Imposible, pensé: ¿Cómo va a mediar alguien con una mujer que lleva nicab? Habría que convencerla no sólo a ella, sino también al marido y a los hijos. Para que vean en qué parámetros se mueve la izquierda en estos asuntos.
A pesar de ello, tenía buena relación personal con él. Siempre me pareció un buen tío. Aunque es lo que suele decirse de los fallecidos. Murió un día de sopetón. Y, desde luego, antes de hora. Me dolió su muerte.
Jordi estaba al frente del último partido comunista de Cataluña: Esquerra Unida i Alternativa. En una ocasión, me leí los estatutos y, en efecto, entonces todavía se definían así oficialmente.
Cuando Montilla llegó al poder, lo nombraron secretario tercero de la Mesa del Parlament (2006-2010), un premio de consolación. Fue el único que no tocó poder. Porque el tripartito, en realidad, eran cuatro partidos: PSC, ERC, Iniciativa y el citado EUiA. A este último, un poco la muleta de los ecosocialistas, le dieron un cargo honorífico.
En las elecciones de 1999 habían concurrido solos: no salieron, pero los 40.000 votos que se llevaron impidieron a Maragall llegar cuatro años antes a la Generalitat. Era honesto. Cuando dejó la política, volvió a su oficio de cartero. Hasta salió fotografiado en La Vanguardia repartiendo la correspondencia. Debe ser duro pasar del coche oficial —yo lo había visto bajar de un Audi— al carrito de las cartas.
Pero si le planteé aquella pregunta es porque el debate del burka había empezado en Cataluña en el 2010. O sea que llevamos más de quince años de retraso. Ya saben que, en materia de inmigración, tenemos porcentajes superiores al resto de España. Sobre todo por lo que respecta a inmigración magrebí. Una herencia de Pujol.
Quizá hay que aclarar que burka y nicab no son exactamente lo mismo. El burka es una prenda originaria de Afganistán en la que ni siquiera se ven los ojos de la mujer. Van ocultos detrás de una rejilla. En el segundo se ven al menos las pupilas, que tampoco es un gran consuelo. Pero de haberlos, haylos. A los que dicen que no hay —como algún periodista de El País— les recomiendo que viajen un poco, que salgan de su burbuja político-mediática.
Yo vi uno el 1 de junio del 2023, a las ocho y media de la mañana. Estaba en un tren de Rodalies y subió en la estación de Sants una mujer vestida de negro de arriba abajo. Iba hasta con guantes. No dejaba ninguna superficie corporal a la vista. Supongo que, en teoría, para evitar tentaciones del otro sexo.
Unas semanas antes, 15 de mayo del mismo año, pasadas las siete de la tarde, también vi a un grupo de media docena de mujeres en pleno Paseo de Gracia. Iban acompañadas de un hombre que, por supuesto, iba más ligero de equipaje. Sólo camiseta. Igual eran turistas de alto poder adquisitivo porque hay algún hotel de lujo por la zona. Pero impresionan igual.
En Martorell (Barcelona), localidad en la que resido, también he visto más de una vez. No en vano los municipios colindantes nos llaman «Martorruecos». Creo que no hace falta decirles por qué. El alcalde, un postconvergente, confesó el otro día en una entrevista radiofónica que hay un treinta y pico por ciento de población extranjera. Muy por encima, desde luego, de las estadísticas oficiales, que la rebajan a un 16,5%. Para que luego te fíes.
La primera vez, ya hace años, cerca de casa. Se lo dije a un concejal de Esquerra, Adolf Bargués, ahora refugiado en Colombia, que, dicho sea de paso, tampoco me hizo mucho caso. En esa época, CDC y ERC formaban equipo de gobierno. El pacto municipal que suscribieron, de más de treinta páginas, no había mención alguna del tema de la inmigración.
O en la Rambla de las Bóbilas, la principal zona de paseo, y cerca de la antigua Pastelería Conesa, que ahora es un establecimiento marroquí. El dueño me seguía; le mando recuerdos desde aquí.
En fin, ahora la existencia de nicabs en España no la niega ni Gabriel Rufián, que lo admitió el martes en su acto junto al diputado autonómico de Más Madrid Emilio Delgado. Lástima que lo dijera 24 horas después —hubo hasta aplausos entre el público— de que votara en contra.
Es como la proposición de Junts. En febrero del 2021, en pleno covid, se manifestaron con su entonces presidenta al frente, Laura Borràs, para pedir el cierre del CIE de la Zona Franca. De manera que no tienen ninguna credibilidad en inmigración. Todo lo que hacen ahora es por Aliança.
De hecho, la regularización que nos ha endilgado Sánchez es culpa de Puigdemont. Los de Podemos dijeron que, antes de traspasar las competencias, había que aprobar la legalización de 500.000 inmigrantes.
Por eso andan sacando pecho con la Ley de Multirreincidencia, para tapar la otra metedura de pata. Aunque, por cierto, tampoco serán medio millón. Serán muchos más: entre 1,5 y dos millones de personas porque incluye a los hijos menores y toda familia musulmana tiene mínimo tres.
Me quedo con unas declaraciones que hizo Ignacio Garriga, el número dos de Vox, el pasado martes tras la votación del Congreso. La propuesta de Míriam Nogueras, a su juicio, es «descafeinada» porque «elimina cualquier referencia al islamismo, se carga el régimen sancionador e incluye la delegación de competencias a la Generalitat» de tapadillo. Una vez más, gato por liebre.