Populismo: próxima parada Italia

Populismo: próxima parada Italia

¡Lo que nos faltaba a los italianos! No solo las encuestas vaticinaban ya un empate entre el ‘Si’ y el ‘No’ en el ‘referéndum harakiri’ de Matteo Renzi en Italia. Ahora, tras la elección de Donald Trump como nuevo presidente de los EEUU, los partidarios del ‘No’ a la reforma que abandera el primer ministro italiano han recibido el empujón definitivo.

Amenaza para Italia

El país transalpino es la primera parada europea del dominó populista que ha desatado Trump en América. Ya podemos hablar de ‘TRUMP-OLÍN’. Y es que las cosas, como se ve, se han puesto muy feas. En Italia no se habla de otro asunto, obsesivamente, más que del referéndum – el ‘Si’ contra el ‘No’- y de Renzi – pro y contra -, con una vehemencia digna de mejor causa y que ni en los tiempos del absurdo bunga bunga de Silvio Berlusconi había alcanzado semejante intensidad.

Nunca en los últimos años se había visto un clamor tan grande – y una tensión en las calles tal – a la espera de una cita electoral de la cual puede depender el futuro del actual primer ministro. Incluso el ‘Apocalipsis’ al que nos abocan la derrota de Clinton y las mil amenazas de Trump se quedaría corto en un país en el que hay en juego mucho más que una reforma constitucional. El fantasma de la crisis se ha apoderado ya de la Bolsa y de la economía italiana y, para echar más leña al fuego, todas las agencias de rating financiero pronostican que en el caso de una victoria del ‘No’ en Italia, su ya desastroso sector bancario caería en un abismo casi sin solución. Un verdadero chantaje moral y una ridícula amenaza contra una población que bastante tiene con haber vivido años de sacrificios y de retóricas criminales. Por otro lado, ya hemos visto lo que ocurre cuando los poderes fácticos se ponen a trabajar: el supuesto perdedor se presenta como víctima de mil y una conspiraciones y la población se pone de su parte. Solo falta que en Italia, como en los Estados Unidos, todas las estrellas de la canción se pongan a hacer campaña en pro de Renzi. ¿Qué os parecería? ¿Os imagináis a Pausini, Ramazzotti y Raffaella Carrà cantando para el atractivo Matteo? Pues ojalá que no se les ocurra. Visto lo visto en los Estados Unidos, ¡que se queden en casa! Lo que más indigna de las empresas —supuestamente objetivas— de rating financiero es que nunca informan de lo que ocurría en el caso de que ganara la otra opción, en este caso el ‘Si’. Por algo será, ¿No?

Divididos

La verdad es que este tipo de campañas tan duras no tiene sentido, dañan la democracia, laceran los países y los dividen en buenos y malos provocando rupturas innecesarias y muy complicadas de coser. Este referéndum no tendría que haberse dramatizado en la forma en la que se ha hecho. Renzi no tenía ninguna necesidad de dividir a Italia y a la oposición. No le hubiera hecho falta ser tan populista, evocando el fin de la democracia como el peaje a pagar en el caso de una victoria del ‘Si’. Pero ya sabéis que los italianos somos pasionales, más que los españoles si cabe, y nos pasamos de frenada en este tipo de acontecimientos. Sobre todo en un momento cumbre de la política internacional, donde el tupé naranja de Donald Trump, ha desatado la locura populista mundial. Los golpes bajos que estamos viendo en mi país durante esta campaña electoral no se habían vivido ni siquiera durante el histórico enfrentamiento entre Democristianos y Comunistas, entre Togliatti y De Gasperi. Estos se respetaban mucho más.

Compromiso histórico amenazado

Cierto es que la Constitución ha quedado ya anticuada y casposa. Nadie duda que tiene un tono paternalista que ha quedado anacrónico y que en ella no se refleja el sistema capitalista actual. Pero esa Carta Magna era un espejo para todo el país. En ella se reflejaban todas las almas diferentes de una Italia plural. Aquel compromiso fue útil y necesario. Hoy es necesario cambiar, pero no es posible presentar una reforma de la Constitución muy parcial, como si fuera el día del Juicio Final. Hoy, esta guerra absurda ha dividido Italia en tres: el país de los que no tienen ninguna confianza, que desde hace tiempo supone una mayoría muy importante, y luego las facciones del ‘Si’ y del ‘No’, de los detractores del primer ministro y de los que sostienen a Renzi mientras esperan el resultado del referéndum. En realidad son dos partidos trasversales, a nivel político y antropológico. El 4 de diciembre plasmarán su veredicto sobre el Gobierno y, por lo tanto, sobre Renzi. De esta forma, aprobando o no las reformas de la Constitución, estarán pidiendo unas elecciones anticipadas o confirmando la línea política del florentino. En ambos casos, el Primer Ministro habrá tenido razones para llamar a las urnas. Si gana el ‘Si’, para trasformar la victoria en este referéndum en una victoria parlamentaria y tener las manos libres para ajustarle las cuentas a sus enemigos dentro del PD. Si gana el ‘No’, para reducir los efectos de la derrota, sabiendo que nadie se podrá adueñar del éxito.

Efectos dispares

Las razones por las cuales las diferentes fuerzas de la oposición piden votar ‘No’ son diversas y por lo tanto, el efecto de una eventual victoria, sería diferente a si gana el ‘Si’. Ocurra lo que ocurra, ltalia perderá. Saldrá más dividida y los ciudadanos habrán pagado un precio económico enorme en esta absurda campaña electoral de ocho meses. Lo ideal es que, gane quien gane, lo haga por un puñado de votos. Puede parecer absurdo pero es preferible. Si el ‘Si’ ganara de una forma muy contundente, Renzi tendría la tentación de seguir con su omnipotencia y podría seguir usando un lenguaje  populista que no ayudaría a darle credibilidad. Si ganara de forma muy contundente el ‘No’, podría dar una idea errónea de una constitución inamovible. Si hubiera un empate, se daría la imagen de un país dividido pero con necesidad de una alianza entre moderados y reformistas.

Más que nunca, también en Italia se necesita incrementar los niveles de dialogo y rebajar el tono de un debate demasiado crispado que no ayuda a nadie. Esperemos que todos vayan a votar y que desde mi querido país tengamos una primera muestra de que el efecto Trump puede ser menos homicida para las democracias europeas de lo que en un principio se hubiera temido.

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