Noches tribales de Barcelona

Noches tribales de Barcelona
  • Valentí Puig

Ver como la bandera anarquista era agitada frente a la Jefatura Superior de Policía fue el envés del sabotaje antisistema a las puertas de la Sagrada Familia. En Barcelona cada noche ha superado a la anterior, con los encapuchados del “lumpen” codo a codo con los hijos de buena familia que lanzaban adoquines y se tomaban una birra u otras sustancias, más enardecedoras. Son los herederos de estamentos dirigentes que dimitieron hace tiempo de su responsabilidad pública. Por eso reaparece la dialéctica de aquel Georges Sorel que enseñó a fascistas y anarco-sindicalistas que sin violencia no hay política.

De eso padeció la Barcelona de los años treinta. Todo acaba siendo lo mismo: encapuchados, pillaje, destrozo, hogueras mientras los turistas intentan en vano pillar un taxi, los heridos llegan a urgencias y los analistas dilatan la casuística sobre si Pedro Sánchez debiera o no ponerse al teléfono. Pero para la paz civil importa mucho más restablecer el orden que especular sobre qué partidos saldrán beneficiados o perjudicados por la violencia tribal en las noches de Barcelona.

El pillaje era una consecuencia lógica de la impunidad incendiaria, del mismo modo que la divisoria entre independentismo pacífico y violencia zigzaguea desde antes de la sentencia del Tribunal Supremo, porque transgredir la ley y postular el desacato acaban generalmente induciendo al caos. Ahí está Quim Torra, asediado por los suyos, con sus llamadas escénicas a la Moncloa y no condenando la violencia en esa Barcelona en la que por las noches el desorden público solo ha tenido enfrente unos cuerpos de seguridad eficaces y pacientes.

En casos de esta naturaleza lo prioritario no es la proporcionalidad frente a la violencia sino la seguridad de la ciudadanía. Esa es la primera función de un Estado y si se piensa por un nanosegundo que el presidente de la Generalitat es el primer representante del Estado en Cataluña pronto se entiende todo. Torra iba en las marchas que turbaron la dinámica económica del transporte y el derecho a la libre circulación.

Fue su última actuación épica antes de regresar a su despacho en Barcelona y representar un vacío de poder sin límites o, dicho de otra forma, ilimitado por las tribus secesionistas y antisistema que han provocado el miedo en la amplia zona del Ensanche y en los cientos de miles de personas que miraban aquellas escenas en televisión, salvo los telespectadores de TV3, ese remedo goebbelsiano, de caverna pancatalanista, destructor del “fair play” que una sociedad requiere para deliberar sobre sus conflictos.

Al político que le tiemblen las piernas o no se defina ante estas circunstancias-límite más le vale dedicarse al corte y confección. Ni hay razón mínima para justificar la semana negra por la sentencia del Tribunal Supremo o por la actuación policial en el día del referéndum ilegal. Con los errores que fuere, la Policía Nacional y la Guardia Civil y ahora, a diferencia de entonces, el cuerpo de los Mossos actuaron en nombre de la ley y el Estado de Derecho. Es todo lo contrario de un anarquista o un independentista lanzando bolas de acero contra los agentes. Falta por ver si estas fechas aciagas pueden representar un punto aparte para quienes llevan demasiado tiempo jugueteando con terceras vías. Nunca se sabe.

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