No conocéis al autócrata que tenéis enfrente

Pedro Sánchez

El socialismo no tiene principios, tiene intereses. Y sobre ellos, se articula todo un programa de ocurrencias basadas en el buenismo y en la extracción moral y económica de quienes compran el pack completo de la farsa. Desde que Marx pidiera a terceros poner negro sobre blanco cómo vivir de lo ajeno sin escrúpulos y nutrirte de lo que odias, toda la izquierda del mundo ha seguido parámetros de obediencia a causas barnizadas de nobleza y ejecutadas con siniestralidad evidente. Muchos entendieron, el primero Gramsci, que la política era irrelevante si controlabas todo lo demás, desde la prensa hasta la academia, desde las instituciones hasta la educación. De ahí que su ejército de acólitos siga insistiendo, siglo y medio después, que el socialismo es una vía redentora cuando hay millones de muertos que atestiguan lo contrario. No ha habido en la historia una ideología que base tanto su supervivencia en el robo como la que canta la Internacional.

Por eso la mayoría de líderes socialistas devienen tiranos, porque son conscientes, una vez tocan poltrona y manejan medios y boletines oficiales del Estado, del poder que ejerce una buena propaganda en mentes adulteradas previamente en las aulas y condicionadas por el titular de un periódico. Mas esas formas antiguas, carcomidas hoy por el contexto, se rinden ante las nuevas plataformas y votantes que ya no se dejan seducir de la misma manera, por lo que el autócrata en ciernes o consolidado necesita de una nueva ingeniería social para seguir mandando, esto es, alterar de manera sibilina y progresiva las estructuras democráticas de una nación, empezando por su texto constitucional y acabando por el plebiscito que legitima un gobierno. Y en ello está Sánchez.

Ahora que ha perdido legitimidad para gobernar, sin presupuestos, sin apoyo social y con las instituciones colapsadas de corrupción, se siente más legitimado que nunca para hacer lo que considere para seguir en el cargo. Y eso incluye la creación de un clima de excepcionalidad social basada en la violencia que le permita excusar la no llamada a las urnas, o ejercitar como opción plausible el plebiscito a modelo de referéndum vinculante: ultraderecha o democracia, Vox o él, Constitución o libertad. Y los sucesivos resultados en diferentes autonomías sólo le refuerzan en su idea de bunkerizar Moncloa y atrincherarse, utilizando para ello instituciones como el Tribunal Constitucional, medios públicos como el BOE o privados como la horquilla de mercenarios que componen el infausto e infecto equipo de opinión sincronizada y subvencionada. Y con todo ello, las condiciones de pobreza y dependencia perfectas que luego arreglarán con dinero gratis a cambio de permanencia. Y si con todo eso no le alcanza, impulsará el conflicto, esto es, la España de trinchera, machete, fusil y cuneta: la que soñó y propició su referente soviético, Largo Caballero.

¿Qué impide a alguien que ha traspasado toda frontera legal y moral, y que no ha recibido castigo punitivo por ello, repetir las mismas acciones? ¿Qué puede frenar a quien limitó las garantías democráticas en su propio partido, ejecutando un presunto pucherazo en unas primarias, para no efectuar el mismo proceso con las elecciones generales de su país? A quien ha usurpado funciones de jefe de Estado, ha llenado las instituciones de subalternos corruptos y tiene a medio partido y familia con la justicia pisándole los callos, ¿qué muro ejercería de límite ético ante sus ambiciones desaforadas?

Todo parte de un axioma cada vez más evidente y que explica el pendulazo sociológico de los últimos años. Gran parte de la población europea cuestiona sin perdón los liderazgos tradicionales, el wokismo iletrado impuesto y las decisiones que le afectan y para las que no le pide opinión. El pueblo se ha cansado de ser el cajero automático de las élites que deciden por él. Y han advertido que, para que funcione lo público, hay que echar primero a los que viven (bien) de lo público.

Esa reforma sólo será posible si asumimos que la involución democrática es un hecho; con la mitad del país en estado narcoléptico, esperando que el Estado, creador de sus problemas, le otorgue soluciones, y la otra mitad, sesteando, por vía democrática, y confiada en que el cambio y la alternativa se produzcan de forma natural. Pero no hay normalidad democrática en el PSOE y en Sánchez. Si no conocemos al autócrata que hay enfrente, aún no sabemos lo que nos espera.

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