Rosalía y el Santo Oficio

Opinión Rosalía
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Otra vez la Motomami de rodillas ante el altar de los ofendidos, pidiendo perdón por el pecado mortal de no haber leído el manual de instrucciones del buen progre antes de desayunar. Rosalía ha pasado por el confesionario 3.0 porque, actualmente, si no manejas un doctorado en la toxicidad de Pablo Picasso y otros señoros, no tienes derecho ni a cantar Despechá.

«Me equivoqué, tenéis razón, hablé sin saber». La artista se disculpa por haber dudado y por haber relativizado, desde la ignorancia, el peso de los testimonios de sus mujeres. Esa rectificación y esa humildad, sobre todo siendo quien es (es fácil perderse ante los aplausos), habla muy bien de esta mujer: reconocer que te faltaban datos y matiz es infinitamente más adulto que el dogma invariable de nuestras próceres moradas, que todavía no han pedido perdón, que yo sepa, por facilitar rebajas penales a violadores y pederastas ni por haber carbonizado la palabra feminismo hasta hacer refractario a todo el puñetero mundo normal. Resulta tierno, casi subversivo, ver a una estrella global admitir que no lo sabe todo. Qué contraste con nuestras vestales del Ministerio de la Bondad.

Picasso fue un maltratador como tantos hombres de su siglo, y de todos los siglos, con o sin genio. A la lista podríamos añadir sin despeinarnos a Caravaggio, que mataba; a Hemingway, que humillaba; a Miles Davis, que pegaba; a tantos machos de talento descomunal y afectos atrofiados en una cultura heteropatriarcal. La pregunta no es si el monstruo existe, está muerto, sino qué hacemos con su obra.

Pero el caso Rosalía-Picasso revela algo aún más siniestro que la vieja discusión sobre separar obra y autor: el pánico a no sonar exactamente como la cabeza colectiva exige, donde no hay feminismo (porque la masa no habla de feminismo), sino turba pseudo intelectual. La prueba está en el expediente de pecadora de la catalana: la han querido quemar por todo y por lo contrario. Por «robar» cultura gitana, por no decir Palestine en la cadencia correcta, por fumar un cigarro, por no convertir su feed en un mural militante sobre Gaza… La causa cambia, el mecanismo no.

Repito. No es feminismo, ni salud pública, ni geopolítica. Es autoritarismo y quiere controlar no ya lo que hacemos, sino lo que pensamos: la orgía de la cancelación convertida en deporte de masas, indignación profesional como pasto fresquito para el rebaño.

Lo intolerable no es el daño objetivo, sino el disenso. Vivimos atenazados por un catecismo obligatorio donde cada semana se elige una herejía nueva. Una orgía de dedos acusadores que sólo buscan el orgasmo de la superioridad moral. No son feministas, son inspectores de hacienda del pensamiento ajeno.

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