Morir degollada en tu ciudad
No quiero ni imaginar el terror de esa mujer de 42 años, de nacionalidad china, a la que un monstruo, que nunca tuvo que estar ahí, atacó por sorpresa con un cuchillo hace tres días en Esplugas de Llobregat, a plena luz del día. La víctima, que llevaba sólo un año en España, fue apuñalada en el cuello, tórax y abdomen mientras se dirigía a un restaurante del que era socia junto a otras personas de origen chino. El agresor, de origen marroquí, hirió también a un vecino de 58 años que intentó intervenir. Según numerosos testigos, gritaba «Allahu Akbar» mientras cometía el crimen. Las autoridades descartaron rápidamente la violencia machista y, como es habitual, mantuvieron «todas las hipótesis abiertas». Sin embargo, el silencio inicial sobre la identidad y los antecedentes del detenido fue notable. El agresor ya había sido detenido en Burgos en 2022 por atacar a la policía mientras profería gritos islamistas. Pese a ello, la consellera Núria Parlon y otros responsables insistieron en atribuirlo principalmente a un «brote psicótico».
Pero no es tan simple. Existen importantes indicios de que en muchos atentados islamistas se utilizan sustancias como el Captagón (una anfetamina) para desinhibirse y cometer actos de extrema violencia. Sabiendo esto, no se trataría necesariamente de un brote psicótico natural o espontáneo, sino del efecto de una preparación química para matar combinada con la sucia motivación ideológica habitual. Gritar «Allahu Akbar» mientras se degüella a una desconocida en la calle no parece un episodio aleatorio de locura; más bien un acto terrorista en toda regla, aunque las instituciones se empeñen en hablar de trastorno para no valorar una realidad que incomoda. Lo que más desalienta, no es sólo la brutalidad del crimen, sino la respuesta institucional por defecto: evitar a toda costa vincularlo a una inmigración más preocupante de lo que quieren transmitir. Mientras en redes y medios menos acomplejados circulaba la información (incluidas las imágenes del agresor), los grandes medios y los comunicados oficiales tardaron en afrontar unos hechos tan incómodos. Un gran error porque esta cautela selectiva erosiona la confianza de la ciudadanía y alimenta la polarización que supuestamente se quiere evitar.
El alcalde socialista de Esplugas, Eduard Sanz, apeló a la «prudencia» y la «convivencia». Sin embargo, durante la concentración de duelo frente al ayuntamiento -a la que asistieron unos 300 vecinos juntamente con representantes de la comunidad china y familiares de la víctima- se le criticó duramente por no salir a dar el pésame personalmente ni mostrar empatía suficiente. Y, como guinda del insensato pastel, militantes de la CUP y otros grupos de izquierda increparon a los asistentes llamándolos «fascistas» y acusando a algunos (entre ellos algún simpatizante de Vox) de aprovechar de forma oportunista el momento de indignación. Es deprimente que la izquierda parezca más preocupada porque no avance esa terrible «extrema derecha» que porque se degüelle a la gente en la calle.
No todas las culturas son igualmente compatibles con la sociedad occidental en términos de valores, derechos individuales y convivencia pacífica. Los fundamentos teocráticos de ciertos islamismos chocan frontalmente con la democracia liberal y la secularización. La integración no es automática: requiere asimilación de normas, no una mera yuxtaposición multicultural que sólo genera barrios paralelos (no-go zones), aumento de la delincuencia en ciertos colectivos y episodios de violencia. Las élites europeas han promovido durante años la inmigración masiva y el multiculturalismo como un bien incuestionable, silenciando a los críticos con etiquetas de xenofobia o islamofobia. El resultado constatado es fractura social, inseguridad y erosión de la cohesión. La respuesta habitual -más censura y rechazo a los discursos incómodos- sólo empeora las cosas, y desplaza los debates legítimos hacia los márgenes. La integración es posible y deseable en casos individuales; muchos inmigrantes aportan esfuerzo y vitalidad. Pero, a escala masiva y sin mirar los problemas objetivamente, el precio es más inseguridad, excesivo coste económico y pérdida de una confianza mutua indispensable en nuestras sociedades Crímenes como el de Esplugas exigen un debate urgente sobre los límites de la inmigración, las exigencias de la asimilación y una defensa sin complejos de la cultura occidental y la seguridad de los ciudadanos.