Cuando Sánchez se mira en el espejo ve a Craxi
El 29 de abril de 1993, el Parlamento italiano denegó el suplicatorio para que el líder socialista, Bettino Craxi, pudiera ser juzgado por la financiación ilegal de su partido. Al día siguiente, una multitud esperó su salida en el hotel de la piazza Navona donde se hospedaba. Entre gritos de «¡ladrón!», los italianos concentrados le arrojaron monedas. Las imágenes dieron la vuelta al mundo.
La algarada acabó con Craxi, un político hábil que, con apenas el 11,4% de los votos, había logrado convertirse en el primer socialista presidente del Gobierno de la historia de Italia.
Su caída llevó a la disolución del Partido Socialista un año después, tras quedarse sin votantes. Pasó del 20% al 2% de los votos en Milán. Craxi escapó a Túnez para evitar la cárcel. Murió como un fugitivo.
No hay Parlamento serio en el mundo que asista impertérrito a todo lo que ya se conoce de las tramas corruptas que se desarrollan en torno al presidente del Gobierno, desde Koldo a Zapatero, donde las putas con sueldo público de Ábalos, las compras de Paqui en El Corte Inglés y el alijo de joyas en la oficina del ex presidente son anécdota.
Escribió Guizot que la democracia necesita creer en la superioridad moral de sus jefes. En España, Sánchez y sus socios la tienen secuestrada. Han eliminado todos los resortes que el sistema tiene para garantizar el principio básico de que el Gobierno gobierna porque tiene detrás una mayoría parlamentaria que le respalda.
Sánchez carece de ella (no ha logrado aprobar unos Presupuestos en toda la legislatura), pero disfruta de una mayoría puntual para abortar cualquier intento de moción de censura. Y no se atreve a someterse a la cuestión de confianza, la otra herramienta que la democracia tiene para testar el respaldo del Gobierno en situaciones de crisis, por miedo a que Junts y el PNV le dejen en la estacada, obligado a convocar elecciones.
García-Page, que ve lo que se le viene encima, ha exigido a Sánchez que convoque elecciones o se someta a la cuestión de confianza. Cree que «éste es el momento de mayor riesgo para el PSOE en toda la democracia» y ha descubierto la pólvora: «No siempre los intereses de un partido coinciden con los de sus dirigentes».
En eso está Sánchez, precisamente. Intentando desde el poder no acabar como Craxi cuando el escándalo escale a financiación irregular del PSOE o se demuestre sin margen de dudas que el rescate de Plus Ultra por su Consejo de Ministros fue el resultado de un tráfico de influencias del que se lucró el líder moral de la izquierda española.
Que el PSOE termine como el socialismo italiano es ya para Sánchez una preocupación secundaria.
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